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Amador y el Congreso: ausencias y sinceridad

La elección de 1997 fue un parteaguas. Los votantes le quitaron el histórico control del Congreso al PRI, que no acató de buena gana el mandato de las urnas e intentó sabotear el nuevo reparto. No lo logró, y México pensó que inauguraba una era.

Eso ha terminado. Y no hay mejor imagen que las comparecencias de Édgar Amador, secretario de Hacienda, la semana pasada y este martes en las cámaras. Esas sesiones exhiben un presidencialismo exacerbado que daña al Congreso, pero también al gabinete.

Cuando el PRI perdió el dominio del Legislativo se abrió una posibilidad que para entonces solo existía en el papel. México podría transitar de una nación con fachada de división de poderes a una con equilibrios y contrapesos frente al Ejecutivo.

El presidente en tiempos del PRI decidía la hora y si las hojas se movían o no. En el Congreso, sobre todo a partir de 1988, la oposición fue más ruidosa y respondona: pero así ganaran debates, perdían toda votación. 1997 supuso una oportunidad para la política.

Si a Salinas le alcanzó con el “ni los veo ni los oigo”, tras el 97 una oposición empoderada obligó al PRI-Gobierno a negociar: se volvían irrelevantes los levantadedos porque no alcanzaban para aprobar lo que el sistema necesitara. Y las comparecencias de los secretarios de Estado se tornaron citas obligadas para ajustar cuentas: el peso del Legislativo tenía que ser revalorado por funcionarios y presidente.

¿Qué pasa cuando el Congreso ya es -como ahora- solo una oficialía de partes? Pues no exactamente lo mismo que antes de 1997, sino algo peor.

Por un lado, sabedor de que no le moverán ni una coma a lo que envíe, la Consejería Jurídica de Claudia Sheinbaum peca de chambismo y mandan errores que se aprueban tal cual. Y por otro, de tanto simular, en algunas ocasiones los legisladores terminan por sincerarse: como ocurrió en Cámara de Diputados con Edgar Amador, cuando lo desairaron porque saben que Hacienda no manda.

El modelo de gestión de Sheinbaum, en términos generales, anula a su gabinete. Pero si en un área ha resultado particularmente clara esa imposición de la mandataria es con Amador. Los diputados morenistas no fueron a su comparecencia porque ya traen la cabeza en la reelección que decenas de ellos buscarán, pero también porque saben que las iniciales de la titular de Hacienda son C, S, P.

Si fueran otros tiempos, o si el “estilo personal de gobernar” fuera otro, ¿creen que un diputado o diputada de Morena no quisiera estar en el pleno para saludar al titular de Hacienda y de paso abogar por cosas de sus electores, por proyectos en su distrito o estado?; ¿que no quisieran tener orientación directa de qué decir ante la depreciación del peso, o los subsidios a los combustibles?

Sheinbaum es la titular de Hacienda y en las mañaneras dice lo que hay que decir sobre esas dudas; y, sobre todo, ella y nadie más que ella decide toda inversión, pronóstico, política, diagnóstico y hasta decretos, normas y réplicas económicas. Ella leyendo a Mazzucato. Los diputados no fueron groseros con Amador (quién puede tener algo personal con él, que es atento y gentil), simplemente fueron realistas.

La presidenta invita a otros funcionarios, como Raquel Buenrostro, a ver cosas de Hacienda… e impide que la UIF investigue a Olán&pejefriends…. La presidenta con mayoría absoluta en el Congreso vive en los setenta, pero sin un gabinete como los de aquellos tiempos, porque ahora ni eso creen que necesitan, gente que les ayude así sea advirtiéndoles los riesgos.

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