Agua sucia e industrialismo
Ellos fueron los pioneros. Fueron los primeros en detectar agua en mal estado en sus hogares, contaminación y daños a su salud debido a esta agua sucia y contaminada. Me refiero a los pobladores de El Salto y Juanacatlán que vieron cómo la cascada conocida como el Niagara mexicano, que antes era espacio de vida y esparcimiento, se convirtió en un chorro de contaminación y mal olor. Un olor tan penetrante, a huevo podrido u óxido, que los hacía vomitar, doler la cabeza y enfermar del estómago. Además de que la espuma que producía la cascada, aunque se viera como un espectáculo bonito, les enfermaba la piel.
Paulatinamente vieron el deterioro desde comienzos de la década de 1970 hasta que a fines de 1990 el daño ya era contundente y, hasta ahora, irreversible. De la conciencia de que vivían en un entorno de un río Santiago extremadamente contaminado provocado por el desarrollo industrialista, pasaron a la acción organizada para denunciar esta contaminación y exigir al gobierno y a los dueños de las empresas que revirtieran la situación.
Nacieron así hace más de 30 años, organizaciones como Un Salto de Vida y Grupo Ecologista El Roble de Juanacatlán, quienes tienen décadas denunciando que los males que padecen en sus comunidades son producto de la contaminación industrial y de la desidia y la corrupción gubernamentales. El Salto y Juanacatlán son hoy, lamentablemente, sinónimo de desastre ambiental y emergencia sanitaria producida por la contaminación del agua, tierra y aire debido al desarrollismo industrialista en Jalisco. Es decir, el secular daño que dejan las externalidades asociadas al desarrollo capitalista.
Hace 18 años los pobladores organizados de El Salto realizaron una gran manifestación aquí en Guadalajara para denunciar la contaminación del río, del aire y de la tierra y exigiendo que se declarara una emergencia ambiental para que las autoridades pusieron fin a esta devastación, a este infierno ambiental como lo llamara Víctor Toledo, ex secretario federal de Medio Ambiente. Y de manera consciente y firme, los pobladores de El Salto nos decían a los tapatíos que ese entorno contaminado en el que vivían (y viven) también era problema de los habitantes de la metrópoli. Y 17 años después su advertencia ya se hizo realidad para millones de habitantes de la Zona Metropolitana de Guadalajara que recibimos agua contaminada por metales pesados y otras suciedades.
Recientemente no se ha puesto suficiente énfasis en la responsabilidad del desarrollismo industrialista en el problema de la mala calidad del agua que el SIAPA está entregando a los tapatíos. El énfasis se ha puesto en una infraestructura obsoleta o en la necesidad de construir un acueducto cerrado desde Chapala para que el agua no se ensucie durante su traslado. O se habla de tuberías añejas y plantas potabilizadoras que necesitan ser modernizadas o ampliadas.
Pero Sofía Encizo, del colectivo Un Salto de Vida lo dijo el sábado en una mesa de diálogo entre organizaciones de la sociedad civil y académicos: “En El Salto, a más de 600 industrias no las veo colocando el tema de que les hace falta el agua. En El Salto el agua de buena calidad no está en las casas. Pero está en la industria produciendo automóviles, autopartes. Está ahí el agua de mejor calidad, extrayéndose de pozos subterráneos para la producción industrial, en una cadena de suministros que se saca del país, que se termina de producir en otro lugar. Y que al final termina colocándose la mala calidad del agua en nosotros, en nuestros barrios, en nuestras comunidades”, dijo Sofía Enciso. Algo semejante puede decirse de la agroindustria, con la producción de berries, aguacate y agave con agua de buena calidad que de alguna manera termina exportándose al extranjero.
Algo semejante dijo a EL INFORMADOR, Cindy McCulligh, investigadora del CIESAS (Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social). Señaló que las autoridades de los tres niveles de gobierno deben enfocar el saneamiento del Río Santiago en el control de las descargas de aguas residuales de origen industrial, ya que son las que más aportan metales pesados al cauce. El problema, señaló, es la escasa supervisión de esas descargas. “Lo importante de tener en el foco son las descargas industriales que sabemos que hay un muy bajo nivel de control, de inspección y vigilancia de esas descargas” (EL INFORMADOR, 18 julio 2026). El problema, como ya lo remarcó Jonathan Lomelí en su columna en este mismo diario, que solo hay tres inspectores para toda la cuenca Lerma-Santiago-Pacífico, lo que demuestra que de parte del Estado no hay voluntad para someter a las empresas contaminantes.
Y estas empresas con sus descargas contaminadas de metales pesados y otros no hacen sino confirmar que el modelo de producción capitalista produce graves externalidades ambientales de las cuales no se hacen cargo porque de hacerlo no obtendrían las ganancias esperadas para sus inversiones de capital. Hasta ahora ningún gobierno, con independencia del partido que tenga el poder, ha querido poner remedio a las descargas contaminantes del industrialismo. Ya hace tiempo el Estado mexicano nos dejó en claro que entre el capital y la vida, prefieren el capital.