Ideas

Abundancia en el mercado, enfermedad en la mesa

Ir a comprar fruta y verdura en México es una experiencia inigualable. Mercados famosos como el Mercado de Abastos en Guadalajara o el Mercado de la Merced en Ciudad de México no son simples espacios de compraventa, sino escenarios vibrantes de cultura.

Los mercados anteriormente mencionados albergan a miles de comerciantes que han hecho de la venta de fruta y verdura una tradición generacional. Entre los pasillos pueden escucharse los gritos de pregoneros que ofrecen su mercancía al mejor precio, conversaciones de compradores que regatean, el apilar de cajas, las ruedas de los diablitos, música y risas. Estos sonidos son parte de la experiencia sensorial que acompaña una visita al mercado, pero lo más sorprendente de todo es la explosión de colores que se encuentra en los estantes.

El verde intenso con vetas claras de la cascara de las sandías contrasta con el rojo salpicado de sus semillas negras. Apenas apartas la vista, para encontrar una pirámide perfectamente organizada de mandarinas con un naranja brillante, pitahayas con interiores púrpuras y los mangos picados y listos para comerse lucen un amarillo llamativo y jugoso. Más allá de los colores vibrantes, lo que asombra es la amplitud de productos que ofrece cada pasillo.

México goza de una tierra rica y climas variados que permiten el crecimiento de una gran diversidad de frutos que el resto del mundo no puede evitar envidiar. Aguacate, mamey, guayaba, jícama, chicozapote, pitahaya, papaya, tejocote y capulín por mencionar algunos. Y lo más impresionante de todo es que cada uno de estos productos que el suelo ofrece tiene un sinfín de beneficios para el cuerpo humano. Es como si el Jardín del Edén hubiera sido en realidad el centro de México. Dentro de las bondades de nuestro campo, se encuentran vitaminas, minerales, electrolitos y compuestos bioactivos que podrían prevenir y sanar una variedad de enfermedades.

La guayaba, por ejemplo, es una de las mayores fuentes de vitamina C en el mundo, ¡contiene cinco veces más que la naranja! El aguacate, fruto sagrado de Mesoamérica, aporta grasas saludables que protegen el corazón y ayudan a la absorción de otros nutrientes. El mamey y el chicozapote son ricos en carotenoides, que fortalecen la vista y la piel. La jícama, fresca y crujiente, es fuente de fibra y prebióticos que favorecen la flora intestinal. Incluso frutos menos conocidos como el tejocote o el capulín han sido utilizados en la medicina tradicional por sus efectos en el sistema respiratorio y digestivo. Cada pieza en los estantes es un pequeño botiquín natural.

Sin embargo, muchos mexicanos han decidido desaprovechar la abundancia de la cosecha y sustituir el botiquín por pequeñas dosis de sustancias que van desgastando silenciosamente al organismo. Se sustituye el rojo de la sandía por aquel de los rollitos de maíz fritos sabor “fuego”, la acidez de la piña por la de un refresco burbujeante, y el amarillo del mango por el de un helado de vainilla ultraprocesado. No debe sorprender, entonces, que México figure entre los países con mayores índices de obesidad y enfermedades crónicas en el mundo.

Algunos de los ingredientes más utilizados en alimentos ultra procesados son: el jarabe de maíz de alta fructosa, un endulzante poco costoso que se asocia con resistencia a la insulina, hígado graso y obesidad. Este podemos encontrarlo mayormente en bebidas azucaradas como refrescos y jugos industrializados, productos de panificación como pastelitos y galletas, salsas como cátsup, dulces y gomitas.

Otros ingredientes que suelen pasar desapercibidos por su poca cantidad son los colorantes artificiales como Amarillo-5, Rojo-40 y Azul-1, que se han vinculado con un aumento en alergias y problemas de la conducta en niños. ¿Es realmente necesaria una paleta de hielo tan brillante?

Y si los colorantes engañan a los ojos, las grasas hidrogenadas lo hacen al paladar. Este ingrediente, útil para las grandes empresas de alimentos, pero dañino para el cuerpo, cumple la función de mejorar la vida útil y textura de galletas y pasteles. Se encuentran en la margarina que no se derrite a temperatura ambiente y aportan una sensación untuosa y cremosa que los aceites líquidos no siempre dan. Sin embargo, lo que para la industria son ventajas de producción, para el consumidor se convierten en una factura que se paga con mayor riesgo de padecer enfermedades del corazón y un aumento en los niveles de colesterol. Por eso, países de primer mundo como Japón o ciertos miembros de la Unión Europea, han decidido prohibir totalmente algunas de estas sustancias.

Hablando de Japón, ¿sabías que hay mangos que se venden por más de 100 dólares? Imagínate, un mango de más de dos mil pesos mexicanos. Mientras en México los mangos se apilan en montañas a la vista de todos en el mercado, en Japón, las condiciones para cultivarlos son limitadas y costosas. Son, muchas veces, los mangos mexicanos los que viajan hasta allá, convertidos en un lujo que alcanza precios sorprendentes. Recorrer un mercado en México es opulencia en sí misma, y aún más poder acceder a estos ricos productos de la naturaleza por precios accesibles durante todo el año.

Queda en nosotros decidir si queremos continuar soportando las consecuencias de un país enfermo, que desaprovecha los regalos que le ofrece su tierra solo por intercambiarlos por productos con empaques brillantes y componentes nocivos. Cada mordida de un alimento ultra procesado no solo impacta nuestra salud inmediata, también refleja una decisión colectiva que nos conduce hacia más enfermedades crónicas, más dependencia de fármacos y menos vitalidad en la vida diaria.

Pero no todo está perdido: basta con regresar al mercado y recordar lo que ahí nos espera. Con una sola pieza de fruta fresca podemos obtener lo que ningún paquete promete: vitaminas que fortalecen el sistema inmune, minerales que nutren los huesos y antioxidantes que nos defienden del envejecimiento. Redescubrir nuestras frutas y verduras es volver a un origen que todavía está vivo, esperando en cada puesto de colores y aromas.

Toma poco tiempo buscar nuevas formas de disfrutar lo que ya tenemos: preparar una ensalada de jícama con chile y limón, licuar una papaya con leche, inventar un postre con mamey o llevar un puñado de guayabas en la mochila. La diferencia no está en la dificultad, sino en la decisión. La pregunta, entonces, no es qué tan atractivos son los empaques de lo que encuentras en la tiendita, sino si nos atrevemos a recuperar lo que siempre ha estado en nuestras manos: una salud más fuerte, un país más consciente y una vida que sabe, huele y se siente mejor.

@luciachidan

Temas

Sigue navegando