Más preguntas que respuestas
Tenía ocho años recién cumplidos. Nunca había leído a Platón e ignoraba todo sobre la náusea existencial de Sartre. Mi padre enfrentaba la vida a bordo de su antiguo Datsun blanco. Yo enfrentaba la resignación de otro día de escuela.
Justo en un tope, solté la pregunta:
-Papá, ¿tú por qué te levantas cada mañana?
Mi padre frenó en seco. Lo recuerdo súbitamente pálido, encorvado, como si tratara de retener el oxígeno que se le escapaba, con los puños trenzados en el volante. El frenón a medio tope casi nos estrelló contra el parabrisas. El Datsun se detuvo por completo.
-¿Por qué me levanto cada mañana? -repitió mi pregunta.
-Sí -respondí sorprendido del poder de mis palabras.
Sólo siete palabras alineadas en forma de pregunta, ¿cómo podían convertir una mañana en un acontecimiento? En el fondo, con cierto temor, no sabía si esperar una respuesta o un regaño. Al mismo tiempo tenía la sensación de libertad de quien, sin pensarlo mucho, se lanza a cruzar un río a nado con la sola intuición de que al otro lado algo te espera.
Mi padre bufó. Parecía remasticar la pregunta en su mente. Quizá esperaba que el claxon del auto de atrás, o la bocina del repartidor del gas, rompieran el hechizo. Sólo hubo silencio.
-Buena pregunta -cortó en seco. Recolocó la palanca de velocidades, hundió el acelerador y diez minutos después yo estaba parado frente a las puertas del colegio.
Ese año pasé a tercero de primaria. Luego a cuarto, quinto, sexto. Me gradué con honores, estudié literatura, leí a Platón, Sartre y otros más. Entré a un periódico como reportero nocturno en la policíaca y allí conocí especímenes que aún deambulan por la madrugada, dejé el periodismo, regresé al periodismo, me hicieron jefe, me casé, me divorcié, hice radio, la radio se deshizo de mí, hago entrevistas en televisión, trabajo 15 horas diarias (los fines de semana sólo cinco o seis), y mi día consiste, obsesivamente, en hacer preguntas (a veces leo horas enteras en busca de una buena pregunta).
Tengo claro a qué hora debo levantarme para que todo ocurra: cuatro cuarenta y cinco de la mañana. Por supuesto, no sé por qué. Evito detenerme; odio los topes.
Mi padre y yo nunca volvimos a hablar del tema.