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"Los calorones"

Los tapatíos, nacidos y agregados somos una bola de quejumbrosos, aquí es tierra de marcas cuya validez es sólo regional, así es que en nuestro crudo cierzo invernal -que en cualquier lugar del mundo sería considerado como muy benigno-, aquí consideramos y gritamos que ha hecho un frío espantoso, que las heladas han estado como nunca, ese “como nunca” es un sistema absolutamente tapatío de medición, válido solamente aquí y pasa lo mismo con las otras estaciones del mundo son lo mismo y así mientras en el norte del país se deshacen de calor nosotros a los 30 grados ya estamos manifestando que está haciendo un calorón, claro, como nunca.

Pero tradicionalmente en esta bella ciudad que soñó doña Beatriz con el rey por gallo (y que no sé si se incluya en los actos fijados por los mandos superiores de la otra doña Betty, dentro de los actos del perdón solicitado, porque a la mejor después del perdón desfundamos la ciudad y la refundamos, que creo vamos avanzados) pero aquí siempre el tiempo se dividía en dos: tiempo de aguas y tiempo de secas.

Las aguas, cuando llueve con furia bíblica y los modernos afirman se trata de “ lluvias atípicas” cuando según yo son precisamente las típicas, recuerdo aquellas corrientes de agua que formaban maravillosos ríos donde los niños nos bañábamos en ellas, para después poner tablas para que las señoras pudieran pasar la calle sin mojarse en la corriente y que te dieran en gratitud cinco centavos (moneda desaparecida para los jóvenes lectores que no sabrán de que hablo) que comenzaban por el día de San Antonio y las últimas por ahí de la llevada. Curiosamente verano es cuando no llueve y aquí como somos un planeta diferente es cuando llueve, por los ciclones. Nos gusta ser particulares.

El otro tiempo era el de secas, con calor “como nunca” en ciertos actos como en la tradicional visita a las siete casas del jueves santo, que actualmente muchos irreverentes designan como la visita de las siete empanadas. Que por cierto es de los pocos actos tumultuarios que el gobierno, tan gandaya como es, no se ha querido o podido apropiar.

Personalmente me gusta más el sistema tradicional -explicado que dada mi tierna edad- y creo que es porque no entiendo tanta sabiduría con la que nos han tratado de explicar lo infelices que éramos sin tanta modernidad, cuando según ellos vivíamos a lo menso.

A muchos no les gusta el sistema tapatío, pretenden que seamos más universales, allá cada quien, pero no sé si será algún gen propio de muchos de los habitantes de esta tierra o como muchos creemos que la maravillosa alimentación regional no hace vivir una digestión común.

Por cierto la pasada semana  mi solitario lector Edmundo Gómez Muro me hizo el favor de comunicarme un sitio, por desgracia ya extinto, de comidas para formar un “atlas del buen tragar en tierras jaliscienses” que sería de gran valor para nosotros.

@enrigue_zuloaga

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