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Lo peor de la agonía del PAN

Acción Nacional sigue en coma. La reunión de su Consejo Nacional, el sábado pasado, no ha sacado del letargo al partido que lleva mes y medio sin encontrar la forma de superar la derrota del 1 de julio. En ese encuentro sabatino hubo un poco de todo, salvo señales de que los liderazgos del panismo tengan sentido de la urgencia, y sentido de la responsabilidad frente a lo que ocurre desde el triunfo de Andrés Manuel López Obrador.

El PAN estaría llamado a ser la fuerza que haga contrapeso a AMLO. Mientras al PRI se le ve de lo más cómodo en la transición, a los blanquiazules la derrota no les resta nada de legitimidad si pretendieran retomar su histórico papel de vigías de la democracia.

La duda es si los panistas quieren volver a los orígenes, o si se impondrá alguna de las agendas marcadas por ambiciones individuales de tan prematuro, como obvio, futurismo. La interrogante es si en el PAN triunfará un “nosotros” (el partido ante todo, y frente al Gobierno de Andrés Manuel), o el “yo” de aquellos, particularmente Marko Cortés y Rafael Moreno Valle, que hoy más que la unión pretenden consolidar posiciones sectarias.

López Obrador ha avanzado día con día desde el 1 de julio. Lo que le dieron las urnas es mucho, pero lo que ha logrado a la hora de adueñarse de la agenda es más. Ni modo de culparlo si le han despejado el camino para que él se sienta a sus anchas.

AMLO decidió convertirse en el factótum varios meses antes de recibir la banda presidencial. Su voluntad expansiva ha tenido como fantástica comparsa la disminución de Enrique Peña Nieto. En ese panorama, de aparente connivencia desde Morena hacia el priismo, los engranes tradicionales del PAN serían ideales para defender algunos de los avances de las últimas décadas. Entre esos avances por supuesto que se deben anotar la creación de ciertas instituciones, pero no solo eso, sino también una forma de hacer política que a pesar de todo, a pesar de intentos de agandalle o de chantaje, tanto de mayorías como de minorías, tuvo en el diálogo una válvula permanente.

El PAN estaría llamado a ser la fuerza que haga contrapeso a AMLO. Mientras al PRI se le ve de lo más cómodo en la transición, a los blanquiazules la derrota no les resta nada de legitimidad

El PAN podría reclamar esa interlocución. Mas la maquinaria azul está desbielada. Sus operadores llevan mes y medio sentados sobre la caja de herramientas que, en una de esas, podría echar a andar de nuevo al panismo.

No es seguro que el “PAN de antes” pueda revivir. Sin duda, “refundarse” implicaría traumas a la hora de reconocer errores y prácticas dañinas desde las bancadas federales, desde los congresos estatales, desde las gubernaturas, desde Los Pinos.

Acción Nacional debe recordar que más peligroso que procesar una derrota electoral, así haya sido una durísima como la de 2018, sería perder la identidad. De las derrotas hay muchos que se reponen, pero del extravío de quién se es, y para qué se es, no se repone nadie.

Lo peor de la agonía del PAN es que no ha terminado, no tiene para cuándo, pero sobre todo que no sabemos qué partido saldrá de ese proceso, y si los panistas estarán a la altura de plantarle cara al Presidente López Obrador.
 

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