Guadalajara en un llano… sísmico
Guadalajara en un llano, México en una laguna. La laguna es lo que hace a la Ciudad de México tan vulnerable a los sismos. Gran parte de la Ciudad de México está sentada literalmente sobre lodo, lo que amplifica la onda sísmica, mientras que Guadalajara lo está en un valle sobre suelos arenosos y de jal. Para entender esta pequeña diferencia pensemos en esta metáfora inspirada en los ejemplos del ingeniero Salvador Chávez Gómez: pongamos sobre una charola, que en este caso equivale al subsuelo rocoso por donde viaja la onda sísmica, una gelatina y un pastel. El primero representa el suelo lodoso y el segundo el arenoso. Finalmente coloquemos encima de cada uno un objeto. Al golpear o sacudir bruscamente la charola el objeto que está sobre la gelatina tendrá un efecto mayor, pero eso no significa que el que está sobre el pastel saldrá ileso. Depende por supuesto de la altura del pastel (profundidad del suelo) y de la manera en que el objeto esté anclado a la gelatina o al pastel (cimiento).
Guadalajara está en una zona sísmica. En sus 475 años de historia ha sido objeto de un sismo de consecuencias mayores al menos cada siglo, el último fue el de 1932 que afectó a Jalisco y Colima. Fue un terremoto de entre 8.1 y 8.4 grados con epicentro a 60 kilómetros de profundidad frente a Cihuatlán. El saldo reportado fue de al menos 300 muertos. La barranca, que limita Guadalajara al Oriente y al Norte, es una falla sísmica que representa también un riesgo para la ciudad. El año pasado nos sacó un buen susto: fue un temblor ligero pero por la cercanía lo sentimos literalmente como en casa. En 85 años no hemos vuelto a tener un sismo de consecuencias desastrosas en Guadalajara, pero lo más seguro es que lo volveremos a tener.
De acuerdo con datos del Centro Nacional para la Prevención de Desastres (Cenapred), 11 de los 75 sismos mayores a 7 grados o que tuvieron consecuencias de pérdida de vidas humanas en el país sucedieron en las costas de Jalisco, Colima y Nayarit, o su origen fue el volcán de Colima. Dicho de otro modo: 15 de cada 100 sismos devastadores afectan a Jalisco y por supuesto a la Zona Metropolitana de Guadalajara.
En días pasados el secretario de Educación Jalisco, Francisco Ayón, señaló que urge una alarma sísmica en las escuelas. De acuerdo, pero no solo en las escuelas. La alarma sísmica funciona porque la luz viaja más rápido que la onda telúrica. Poner una en la falla de San Andrés frente a las costas de Jalisco y Colima podría salvar muchas vidas. En el caso de la falla de la barranca, desde Tesistán hasta el cerro de Ceboruco en Nayarit, serviría de muy poco, pues la diferencia de tiempo es tan pequeña que la alarma sonaría casi al comenzar el temblor, como sucedió en la Ciudad de México el 19 de septiembre en el que el epicentro fue a solo 110 kilómetros de la ciudad.
Un temblor como el de 1932 en estos momentos multiplicaría por cuatro o por cinco en número de muertos en la Zona Metropolitana de Guadalajara. Lo que cueste esa alarma sísmica es barato. Por más noble que sea nuestro suelo, comparado con otros, vivimos en un llano sísmico.