El día que me ajeró y ajeré a la Policía estatal
El sábado pasado, como “El Canelo”, perdí lo invicto por partida doble: cociné una pasta oriental que no sólo me quedó mala, además me hizo daño, y me detuvo la Policía.
Mi amigo Héctor me aconsejó no escribir sobre el tema: “Quedarás como un lord y ellos como unos puercos”. Otra amiga, Victoria, me dijo que debía contarlo: “Por qué andan ocupados con conductores que se pasan un alto cuando los verdaderos delincuentes andan sacando estudiantes de su domicilio”.
Seré breve. Tras emplear fallidamente esa técnica de la cocina oriental consistente en verter aceite hirviendo adentro de un bowl para sazonar los ingredientes, comencé con malestar estomacal. Eran como las 10 de la noche cuando decidí correr a la farmacia por el tradicional Pepto.
Adolorido y apresurado por razones biológicas, antes de clavarme en el estacionamiento de la Farmacia Guadalajara me despaché el semáforo en rojo de Avenida Américas y Pedro Moreno. Justo cuando me bajaba, una patrulla de la Policía estatal me alertó con la sirena y descendió un oficial.
-¿Sabes lo que acabas de hacer? -el tono y la manera como se acercó a mi rostro, y luego se inclinó sobre mí, estaba en el límite entre el regaño y la acusación grave.
-Pues me pasé el alto -respondí a la defensiva.
-Tu licencia…
Saqué mi cartera. Empecé a rebuscar cuando se me ocurrió hacerme el listo:
-Oiga, ¿pero usted me puede multar? Según yo, sólo Vialidad…
Allí perdió la compostura. Ahora sí enfureció. El tono de su voz se elevó. Al escucharlo, cualquier externo creería que teníamos una discusión acalorada o metía en cintura a un delincuente. Me advirtió que si él así lo disponía, le llamaba a Vialidad y me multaba, pero quería ver mi licencia.
Y la maldita licencia no aparecía entre 10 mil tarjetas, papeles y escasos billetes arrugados. “Tu licencia”, me insistía.
Empecé a estresarme, entonces cometí una falta más cuando lo increpé con estas palabras: “¿En verdad en esto se ocupan? Fíjate cómo me estás hablando, cabrón”.
Después de decir esa palabra, me di cuenta de mi error, pero era muy tarde. “¿Cómo me dijiste?”, me gritó a dos centímetros de la cara, colocó su mano derecha en la pistola y me exigió que se lo repitiera con su aliento inundándome la nariz.
Pensé: la regaste, campeón, agresión a la autoridad, una calentada y a los separos si bien te va. Le pedí disculpas dos, tres veces. Mientras él se regodeaba, traté de serenarme y comencé a temblar. Su chaleco antibalas, a pesar de que el oficial era más bajo, me pareció inmenso y por encima de mí. Me enfoqué en su rostro, pero no dejaba de sentir la presencia de la pistola en su cintura.
Agaché la cabeza y recibí su regaño temblando. Se dio cuenta que ya ni siquiera podía maniobrar con la cartera en las manos. La licencia no apareció. “Llámele a Vialidad, por favor -le supliqué- que me multen o se lleven el carro, me pasé el alto porque me duele la panza y vine por un Pepto”.
La verdad, como dice Maluma, a partir de ahí borré caset. No sé si lo conmovió mi malestar, mis disculpas postradas ante su pistola o que no le ofrecí una “mordida”, pero me dejó ir. Esa noche concilié el sueño pasada la una de la mañana.
No me gustan las moralejas. Rehúyo de los blancos y negros sin matices. Estoy lejos de ser un ciudadano ejemplar. Pero yo sólo me pasé un alto porque me dolía la panza.