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AMLO y el misterioso robo del bote de basura

Mi amigo César considera un a bsurdo que el próximo Presidente de México viaje en aviones comerciales. Son falsos ahorros, dice. Y en efecto, parece ilógico que el líder del país vaya a pasarse cinco horas entre traslados al aeropuerto, esperas y demoras para ir y venir a Monterrey o a Mérida, en lugar de un recorrido en helicóptero al aeropuerto y un vuelo de 45 minutos en el avión presidencial. Si fuera el CEO de una gran empresa, los accionistas considerarían inadmisible la improductividad de tantas horas que podrían usarse en beneficio de una mejor gestión empresarial. Y si añadimos a la ecuación la promesa de Andrés Manuel López Obrador de hacer una Presidencia itinerante y no desde la capital, podemos asumir que el desperdicio será de miles de horas a lo largo del sexenio. Por no hablar de vuelos retrasados o cancelados que podrían provocar la suspensión de reuniones de trabajo con el costo que implica el tiempo de muchas otras personas.

Pero luego de escuchar a César, recuerdo la nota publicada en estos días sobre la manera en que legisladores y personal de las cámaras legislativas arrasaron con lo que pudieron antes de despedirse. Y no me refiero a las indemnizaciones y bonos escandalosos con los que se premiaron, que ascienden a miles de millones de pesos. Hablo de algo más pedestre pero en el fondo aún más triste. Más de mil objetos (muebles y equipo) desparecieron de las oficinas de la Cámara de Diputados. Teléfonos, cafeteras, televisiones, impresoras, botes de basura, percheros, archiveros o utensilios de limpieza. Uno podría entender que un “vivillo” quiera cambiar la televisión de su casa con cargo al erario, pero ¿cómo explicar que alguien se haya encariñado de tal manera con el bote de basura de su escritorio que decide robárselo?

El tema no es simplemente la inmoralidad; también es la cultura de apropiación de la cosa pública que está detrás de este saqueo. Por inmoralidad se puede uno llevar un cenicero o una toalla de un hotel en el que se hospeda una noche. Pero no arrasamos con las sábanas y las cortinas. Se entiende que el alquiler de una habitación por una noche no nos hace propietarios de lo que exista en ella. Pero por alguna razón los burócratas asumen que al tomar posesión de una oficina todo lo que contiene pasa a formar parte de su patrimonio. ¿Por qué lo va a dejar cuando se retira? Usos y costumbres de la burocracia tan arraigadas como la tanda de la quincena o el puente del 16 de septiembre.

¿Cómo romper con eso? Desde luego, ayudaría una mejor política de controles que combata la impunidad de la que gozan estos pequeños hurtos, pero sobre todo un cambio en la estructura de valores. Lo cual nos lleva de regreso al tema del avión presidencial.

Las cinco horas que tomará López Obrador para ir y regresar de Guadalajara en una gira de trabajo, serán cinco horas invertidas en ese cambio de valores. Y si en algo ayuda a modificar la actitud del empleado federal frente a los bienes públicos, serán, entonces, cinco horas muy bien invertidas.

En ese sentido no se trata de un acto de rusticidad o una ocurrencia simplista. López Obrador desea poner en marcha, mediante el ejemplo, un haz de valores radicalmente distinto de la práctica social basada en “el que no transa no avanza” o “político pobre es un pobre político”.

Solemos admirar, no sin un dejo de incredulidad y sorpresa, al ministro sueco que llega en su propio auto a la oficina, se prepara el café o sale al mediodía a la escuela a recoger a sus hijos. Parecería también una inversión de tiempo irracional, en detrimento de las valiosísimas horas que exige el ejercicio de gobierno. Pero justamente, eso es parte de un ejercicio de gobierno a favor de los gobernados y no a favor del interés de los gobernantes.

¿Cómo darle la vuelta esa religión de los burócratas que convierte a los bienes públicos en patrimonio personal? Justamente así: viajando como el común de los mortales o evitando el uso de choferes y ayudantes de la nómina como si fueran sirvientes.

No será fácil romper los círculos viciosos, pero es esperanzador que el ejemplo de López Obrador obligué a secretarios, subsecretarios, directores y subdirectores a un uso más discreto de los recursos que hasta ahora han usado como si fueran los muebles de su casa.

Y por lo demás, si consideramos que Peña Nieto terminó encerrado en su propio mundo, completamente aislado de la manera en que el hombre y la mujer de la calle llevan sus vidas, no está mal el inevitable roce con otros pasajeros que producirá hacer cola para entrar en un avión o recorrer los largos pasillos de un aeropuerto. Está por verse si López Obrador terminará siendo un mejor o un peor Presidente, pero no tengo dudas de que será un Presidente mejor informado de lo que piensa y siente la gente. Bien mirado, las horas que “desperdicie” al no usar el avión de lujo oficial podrían contarse entre las mejor empleadas de su agenda. No serán horas perdidas sino ganadas. ¿No crees?

@jorgezepedap

www.jorgezepeda.net

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