¿Por qué evitamos el dolor y cómo esto prolonga la tristeza?
Descubre cómo los mecanismos de evitación prolongan el sufrimiento tras una separación y por qué la psicología humanista propone abrazar el dolor para sanar
Terminar una relación genera un vacío que parece imposible de superar. Hoy, en un mundo que exige bienestar constante, entender por qué nos estancamos en la tristeza es vital. La respuesta no radica en el tiempo, sino en cómo evitamos el sufrimiento para no aceptar la nueva realidad.
El peso de la evitación
Cuando una persona enfrenta una separación amorosa, la mente busca instintivamente protegerse del impacto emocional. Según los principios fundamentales de la Terapia Gestalt, este instinto de supervivencia a menudo se convierte en una trampa emocional.
En lugar de transitar el duelo de manera natural, las personas recurren a los llamados mecanismos de evitación. Estas barreras psicológicas, estudiadas ampliamente en la psicología, impiden que el individuo conecte verdaderamente con su angustia.
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Al huir del dolor a través de distracciones o negación, el sufrimiento no desaparece, sino que se encapsula en el inconsciente. Esto genera la falsa creencia de que el estado de tristeza profunda será eterno.
Quienes atraviesan este proceso sienten que no hay salida posible porque, irónicamente, están huyendo de la única puerta disponible: la aceptación del propio dolor.
El ciclo de la experiencia interrumpido
Para entender este fenómeno a profundidad, es necesario observar el ciclo de la experiencia. Este es un concepto central desarrollado por Fritz Perls, el reconocido psiquiatra y creador de esta corriente terapéutica.
Este ciclo describe cómo surge una necesidad en el organismo, cómo tomamos acción para satisfacerla y cómo, finalmente, cerramos esa etapa. Una ruptura amorosa exige un cierre definitivo, una asimilación real de la pérdida.
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Sin embargo, al evitar el sufrimiento, el ciclo queda abruptamente abierto. La persona se queda atrapada en la fase de contacto con la pérdida, pero sin llegar a la retirada o asimilación.
Esta interrupción constante es lo que produce la sensación de estancamiento crónico. El individuo gasta toda su energía vital en no sentir la ausencia, lo que paradójicamente perpetúa la melancolía y el agotamiento.
Aceptar el vacío para sanar desde la Terapia Gestalt
La solución que propone esta rama de la psicología humanista es contraintuitiva para la mayoría de las personas: hay que sumergirse en el dolor. No se puede sanar aquello que no se reconoce abiertamente.
El proceso terapéutico actual, aplicado en consultas psicológicas de todo el mundo, invita a mirar el sufrimiento de frente. Aceptar que la relación terminó es el primer paso indispensable para desarmar la resistencia interna.
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Al permitirnos sentir la tristeza sin juzgarla, sin reprimirla y sin bloquearla, el dolor comienza a fluir. La emoción cumple su función biológica y psicológica natural y, eventualmente, pierde su intensidad.
Comprender esta dinámica cambia por completo la perspectiva sobre las rupturas amorosas. El miedo paralizante a no salir de la tristeza profunda es, en realidad, solo una ilusión creada por nuestra propia negativa a experimentar el duelo.
Al final, la Terapia Gestalt nos enseña que el sufrimiento es temporal si lo abrazamos. Evitarnos a nosotros mismos es el verdadero motivo por el cual el desamor parece no tener fin.
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OA