“La guerra de los últimos”: Nadie sobrevive solo al fin del mundo
Jacob Elordi protagoniza junto a Josh Brolin el nuevo thriller posapocalíptico del director Ridley Scott
Hay algo profundamente cinematográfico en imaginar el mundo después del último día. Las calles sin nadie, los edificios convertidos en esqueletos, los paisajes que alguna vez estuvieron llenos de vida y ahora permanecen en silencio. El cine apocalíptico ha regresado una y otra vez a ese escenario porque, detrás de las ruinas y la supervivencia, hay una pregunta que nunca pierde vigencia: cuando todo se derrumba, ¿qué nos queda para seguir siendo humanos?
En ese territorio se instala “La guerra de los últimos”, el nuevo thriller épico de Ridley Scott, director de Alien, Blade Runner y Gladiador, que vuelve a mirar hacia un futuro devastado para contar una historia en la que el peligro no está únicamente en lo que aguarda afuera, sino también en lo que ocurre cuando el mundo obliga a los seres humanos a vivir aislados.
La nueva película de 20th Century Studios está basada en “The Dog Stars”, el bestseller de Peter Heller, y coloca a Jacob Elordi en el centro de un paisaje donde la supervivencia se ha convertido en rutina y la esperanza parece una idea demasiado peligrosa para conservar. La propia producción resume su universo con una premisa contundente: aquí, sobrevivir es un instinto, pero la humanidad es una elección.
Elordi interpreta a Hig, un joven piloto que ha conseguido construir, junto a Bangley, un militar experto en supervivencia interpretado por Josh Brolin, un refugio eficiente pero aislado en medio de un mundo posapocalíptico. Es un lugar pensado para resistir, una pequeña fortaleza en la que ambos han encontrado una manera de mantenerse con vida mientras el exterior se convierte en un territorio cada vez más hostil.
Hig tiene además a su perro como compañero. Su vida transcurre entre la vigilancia, el aislamiento y la necesidad de proteger ese reducido espacio que todavía puede llamar hogar. Afuera, el paisaje está marcado por las ruinas y por la presencia de carroñeros errantes, supervivientes peligrosos que recorren el territorio y convierten cualquier incursión más allá del refugio en una apuesta por la vida.
En ese mundo, mantenerse a salvo significa no bajar la guardia y, sobre todo, no aventurarse demasiado lejos. Hasta que una voz rompe el silencio.
Una misteriosa transmisión de radio llega hasta Hig y altera el equilibrio que había conseguido construir. No sabe quién está al otro lado ni qué encontrará si decide seguir aquella señal, pero la posibilidad de que todavía exista algo más allá del horizonte resulta suficiente para despertar una inquietud que parecía dormida.
La transmisión se convierte así en una especie de llamada. Y Hig decide responder.
Su viaje lo llevará a abandonar la seguridad del refugio y aventurarse en lo desconocido, siguiendo el rastro de aquella señal en busca de algo mucho más difícil de encontrar que un lugar seguro: la posibilidad de que todavía exista esperanza y de que la humanidad no haya desaparecido por completo.
Pero salir significa exponerse. Significa dejar atrás las paredes que lo protegen y enfrentarse a un territorio donde cualquier encuentro puede convertirse en una amenaza. Los carroñeros son parte de ese nuevo mundo: hombres y mujeres que, como Hig y Bangley, sobrevivieron al colapso, pero que representan una versión mucho más oscura de aquello en lo que puede convertirse la humanidad cuando desaparecen las reglas.
A bordo de su Cessna de 1956, Hig se interna en lo desconocido siguiendo únicamente el rastro de la estática que emite aquella misteriosa transmisión. Cada kilómetro supone alejarse de la protección que construyó junto a Bangley y acercarse a un mundo impredecible. Pero también representa la posibilidad de encontrar aquello que creía perdido.
Así, el viaje deja de ser únicamente una aventura de supervivencia y se convierte en una búsqueda íntima: descubrir si todavía existe un futuro por el que valga la pena arriesgarlo todo.
Ese es uno de los elementos que distingue a “La guerra de los últimos”: el apocalipsis no funciona únicamente como espectáculo. Es el punto de partida para hablar del aislamiento, la esperanza y la necesidad de conexión. El mundo ya cambió; la verdadera pregunta es qué harán quienes todavía permanecen en él.
La película reúne a Elordi y Brolin con Margaret Qualley, Guy Pearce, Benedict Wong y Allison Janney, en un reparto que acompaña a Scott en esta adaptación de la novela de Heller. El guion corre a cargo de Mark L. Smith, basado en la obra de Peter Heller, mientras que la producción está encabezada por Ridley Scott, Michael Pruss, Mark L. Smith y Cliff Roberts.
La elección de Scott para llevar esta historia al cine resulta especialmente significativa. El director ha construido buena parte de su legado alrededor de mundos extremos, personajes enfrentados a fuerzas que los superan y relatos en los que la supervivencia suele tener un costo. En “La guerra de los últimos”, ese interés se traslada a un mundo en el que la amenaza ya no consiste solamente en sobrevivir al desastre, sino en decidir qué hacer con la vida que queda después de él.
Y quizá ahí reside la mayor fuerza de la película: en lugar de comenzar con el apocalipsis, comienza cuando el mundo ya ha cambiado. Lo que interesa no es únicamente contemplar las ruinas, sino preguntarse qué hacen quienes todavía caminan entre ellas.
Para Hig, la respuesta puede estar en el aire. Una frecuencia perdida. Una voz desconocida. Una señal que atraviesa el silencio. Y la posibilidad de que, al otro lado, todavía quede alguien. La guerra de los últimos llegará a los cines de México el 27 de agosto.
Los mundos al límite
Pocos directores han convertido los mundos extremos en una marca cinematográfica tan reconocible como Ridley Scott. Desde “Alien” (1979), su mirada ha explorado territorios donde la supervivencia siempre está ligada a una amenaza mayor: una nave perdida en el espacio, civilizaciones al borde del colapso, sociedades atravesadas por la violencia o personajes obligados a enfrentarse con fuerzas que los superan. En Alien, Scott llevó el terror y la ciencia ficción al espacio profundo a través de una tripulación que responde a una misteriosa señal y termina encontrándose con una amenaza desconocida.
Su cine también ha transitado por otros tiempos y geografías. En “Gladiator” (2000), Scott convirtió la antigua Roma en el escenario de una historia de poder, esclavitud y venganza protagonizada por Maximus, un general obligado a convertirse en gladiador. Décadas después, regresó a ese universo con “Gladiator II”, retomando la épica histórica y el enfrentamiento por el poder.
Pero la ciencia ficción sigue siendo uno de los territorios fundamentales de su filmografía. En “Prometheus” (2012), Scott regresó a sus orígenes en el género con una expedición de científicos y exploradores que viaja hasta los confines del universo en busca del origen de la vida humana y encuentra, en cambio, un mundo amenazante. Más tarde dirigió “Alien: Covenant” (2017), otro viaje espacial en el que una tripulación descubre que el supuesto paraíso que ha encontrado es, en realidad, un lugar oscuro y peligroso.
Esa fascinación por colocar a sus personajes frente a mundos hostiles encuentra un nuevo escenario en “La guerra de los últimos”. Esta vez no hay una nave espacial ni un imperio romano: hay una Tierra devastada, un refugio aislado y una señal que llega desde algún lugar desconocido. El punto de partida cambia, pero permanece una constante en el cine de Scott: personajes que deben aventurarse más allá de los límites de aquello que conocen para descubrir qué los espera al otro lado.
En ese sentido, la película conecta de manera natural con una trayectoria que ha hecho de los espacios amenazantes, la supervivencia y la exploración de lo desconocido algunos de sus territorios más reconocibles. “La guerra de los últimos” lleva esa mirada hacia un mundo después del colapso, donde la amenaza ya no viene de las profundidades del espacio ni de un campo de batalla histórico, sino de un planeta que los protagonistas alguna vez llamaron hogar.
Y quizá por eso el viaje de Hig resulta especialmente afín al universo de Scott: cuando el mundo conocido deja de ser seguro, mirar hacia lo desconocido puede ser la única forma de encontrar una respuesta.
Los sobrevivientes
Tras sobrevivir al colapso de la civilización, un grupo de personajes enfrenta un mundo marcado por el aislamiento, la desconfianza y la lucha por mantenerse con vida. En este escenario, Hig, Bangley y otros sobrevivientes cruzan sus caminos mientras una misteriosa señal de radio abre la posibilidad de que aún exista algo más allá de los límites que conocen.
Jacob Elordi es Hig, un joven piloto que sobrevive en una granja aislada junto a Bangley, en un mundo devastado. Su rutina cambia cuando una misteriosa transmisión de radio lo impulsa a aventurarse más allá del territorio seguro que ambos han construido. La señal despierta en él la posibilidad de que todavía existan esperanza y humanidad en algún lugar.
Josh Brolin interpreta a Bangley, un militar experto en supervivencia que comparte el refugio con Hig. Disciplinado, desconfiado y siempre alerta, Bangley ha convertido la cautela en una forma de vida. Su experiencia es clave para mantenerlos a salvo en un mundo donde cualquier amenaza puede estar a la vuelta del camino.
Margaret Qualley da vida a Cima, una mujer marcada por un pasado trágico que encuentra en Hig una conexión inesperada. Su presencia introduce una nueva dimensión en la búsqueda del piloto y en su necesidad de recuperar un vínculo humano en medio de la devastación.
Allison Janney interpreta a Darlene, una excéntrica azafata que Hig conoce en Grand Junction. Su personaje forma parte del extraño mosaico de sobrevivientes que habitan este mundo después del colapso.
Benedict Wong es Aaron, el silencioso pilar de una comunidad menonita que permanece oculta mientras lucha por preservar su forma de vida en un mundo pospandémico devastado. Su comunidad representa otra manera de enfrentar el aislamiento y reconstruir un sentido de pertenencia.
Guy Pearce interpreta a Pops, el padre de Cima, un hombre protector con su hija y profundamente escéptico ante Hig. Su desconfianza añade tensión a la relación entre ambos y obliga al protagonista a demostrar cuáles son realmente sus intenciones.