“El infierno de la inocencia”: cuando el dolor no cabe en un reportaje
Una entrevista realizada en 2003 reveló a Diego Petersen Farah los límites del periodismo para narrar el sufrimiento de una familia. Más de veinte años después, aquella experiencia encontró su lugar en su nueva novela
Durante treinta años, una familia guardó silencio sobre la muerte de su hijo, un joven que había participado en la guerrilla de los años setenta. Sus padres desconocían las circunstancias de su muerte y habían aprendido a vivir sin hablar de ella. Gracias a una investigación periodística que reconstruyó lo sucedido, pudieron contar su historia
Diego Petersen Farah los entrevistó en 2003 y encontró en aquel encuentro algo que, según comprendió entonces, difícilmente podría trasladar a las páginas de un reportaje: la dimensión íntima del dolor.
De esa experiencia nació la primera intuición de “El infierno de la inocencia”, la novela más reciente del escritor, que tardó más de dos décadas en adquirir su forma definitiva debido a la diversidad de personajes, momentos históricos y dramas personales marcados por el silencio y la memoria. La historia de aquellos años de violencia política terminó por extenderse hacia el pasado, hasta convertirse en una narración sobre varias generaciones de una familia y sobre la ciudad de Guadalajara, donde las convicciones religiosas, las disputas ideológicas y los secretos domésticos se entrelazan con los acontecimientos del siglo XX.
“Ahí me di cuenta, durante una entrevista con los padres de una persona que participó en la guerrilla y que murió, de que había algo que no podía narrar ni en una columna ni en un reportaje: el dolor”, recuerda Petersen Farah en entrevista con EL INFORMADOR.
En la novela, ese pasado comienza a revelarse cuando Ernesto, el protagonista, regresa a Guadalajara después de la muerte de su abuela. Debe vaciar la casa familiar y enfrentarse a una pérdida que pronto lo conduce hacia otras ausencias. Entre papeles, recortes y recetarios, y a través de un inesperado reencuentro con su madre, Lucía, descubre el caleidoscopio conformado por las historias de sus antepasados: migrantes alemanes y libaneses que atravesaron los mares, familias francesas que nunca más regresaron a sus tierras, religiosas enamoradizas, revolucionarios empedernidos y hombres que participaron en la clandestinidad política. El resultado es una reconstrucción de Guadalajara desde finales del siglo XIX hasta las últimas décadas del XX, contada a partir de las vidas de quienes habitaron sus calles, llegaron a ella desde otros países o heredaron conflictos cuyo origen apenas conocían.
“Es una historia de Guadalajara. Te diría que es una historia del mundo, o de México, vista a través de Guadalajara, porque justamente muestra cómo van cruzando todos los momentos históricos del país por la ciudad”, explica el escritor.
En sus páginas, Guadalajara cambia de dimensiones, recibe a familias de distintas procedencias y se convierte en escenario de confrontaciones ideológicas que alcanzan su expresión más violenta durante la década de 1970. Para el autor, esa historia también está marcada por una tensión que considera fundamental para comprender la identidad tapatía. De esa convivencia entre tradiciones surge uno de los conflictos centrales de la novela: las convicciones que una generación transmite a la siguiente, incluso cuando desconoce su origen. “Guadalajara es muy conservadora, pero siempre ha tenido un núcleo liberal con mucho peso. Ese pequeño núcleo liberal es lo que ha equilibrado a Guadalajara respecto de otras ciudades igual o más conservadoras”, agrega.
Lo que heredamos sin saberlo
Petersen Farah comenzó a imaginar esta historia después de realizar una investigación periodística sobre la guerrilla en Guadalajara. Durante el reporteo entrevistó a familiares de víctimas y de integrantes de los movimientos armados. Uno de aquellos encuentros terminó por modificar su manera de pensar las posibilidades de la escritura. Conversó con los padres de un joven que había participado en la guerrilla y había muerto. Durante treinta años, la familia no había podido hablar abiertamente de lo sucedido. Fue después de una publicación periodística sobre las circunstancias de su muerte cuando los padres conocieron detalles que habían permanecido ocultos y aceptaron contar su experiencia.
La experiencia permaneció con él durante años. Sabía que quería escribir sobre aquel periodo, pero todavía desconocía la forma que tendría la novela. Con el tiempo, la historia de la guerrilla comenzó a extender sus raíces hacia las generaciones anteriores, como si para comprender las decisiones de aquellos jóvenes fuera necesario conocer primero las creencias, las pérdidas y los conflictos de sus antepasados. “Por eso pensé que la manera de explicar lo que hace Lucía con su hijo Ernesto era mostrar cómo se conforma la ideología, de dónde vienen las ideas. Y vienen de historias familiares”.
Para Petersen Farah, una familia transmite mucho más que apellidos y parentescos. También hereda formas de comprender el mundo, prejuicios, lealtades y convicciones cuyo origen puede remontarse a acontecimientos que dejaron de mencionarse. “Muchas veces nuestras convicciones son producto de algo que se calló”.
El escritor recuerda una frase que escuchaba durante su juventud: “De eso no se habla”. Bajo esa prohibición podían permanecer ocultas tragedias, diferencias políticas, rupturas afectivas y acontecimientos que, pese al silencio, continuaban influyendo en las generaciones posteriores. Pero la memoria también encuentra refugio en elementos cotidianos. En la novela, los recetarios tienen una importancia semejante a la de los documentos históricos. Los sabores permiten reconstruir otra genealogía, hecha de migraciones y costumbres que sobrevivieron al paso del tiempo.
“En cada familia hay un platillo particular que viene de una historia que nadie nos contó. Simplemente, ahora sí que nos comimos la historia”, reflexiona.
Una ciudad hecha de llegadas
Algunas anécdotas de “El infierno de la inocencia” proceden de la propia historia familiar del escritor. Entre ellas aparecen los antepasados llegados de Hamburgo, una bisabuela relacionada con la historia de una monja enamorada y un migrante que encuentra en Guadalajara la posibilidad de comenzar otra vida. Sin embargo, Petersen Farah insiste en que esta historia no es una representación literaria de su familia. “Hay muchas anécdotas de mi familia o anécdotas que tienen que ver conmigo, pero no los personajes. Los personajes deben respirar solos”.
La novela combina esos recuerdos con historias de otras familias y personajes inventados. Para construirlos, el autor investigó rutas marítimas, barcos, haciendas, ciudades europeas y movimientos sociales. También reunió planos antiguos de Guadalajara para reconstruir los desplazamientos de sus personajes por calles que cambiaban conforme avanzaba el siglo. Esa precisión responde a una idea de la ciudad como resultado de innumerables desplazamientos humanos. El autor observa que las ciudades se forman tanto por las familias que llevan generaciones habitándolas como por quienes llegaron desde otros países o regiones buscando seguridad, trabajo y una nueva pertenencia; en la novela los personajes cargan con lugares que dejaron atrás, idiomas, costumbres y pérdidas. Algunos intentan conservar su identidad de origen; otros buscan desprenderse de ella. Todos participan, de alguna manera, en la transformación de Guadalajara.
“Guadalajara, como todas las grandes ciudades, crece por migración, no por reproducción. El migrante solamente compra boleto de ida. El viajero compra de ida y vuelta”.
La paciencia de una novela
La escritura de “El infierno de la inocencia” comenzó en 2018, aunque su origen se remonta a aquella investigación de 2003. Durante el proceso, Petersen Farah interrumpió el manuscrito para escribir “El Chacal”, una historia que, según explica, respondía a una necesidad narrativa más urgente. Al regresar a su proyecto, encontró que todavía debía resolver numerosos problemas de estructura y caracterización. Después de terminar una primera versión, dedicó aproximadamente año y medio a trabajarla con lectores y editores.
“Hubo personajes que tuve que retrabajar mucho justamente por eso. Algunos salieron muy naturales, porque los tenía muy visualizados e individualizados. Otros me costaron más trabajo individualizarlos”.
La novela alterna distintas voces y registros. Ernesto narra desde una perspectiva introspectiva; Lucía reconstruye el pasado familiar y, en determinado momento, recurre a la tercera persona para tomar distancia de su propia experiencia. También se incluyen correos electrónicos, documentos, recetas y un diario que permite observar desde una perspectiva externa la relación entre madre e hijo.
La extensión de la novela representó otro desafío. El escritor quería conservar un ritmo pausado que permitiera desarrollar a sus personajes, pero también mantener la curiosidad del lector hasta el desenlace, donde los acontecimientos históricos adquieren mayor velocidad. “Mi interés, y espero haberlo logrado, era mantener la atención y el interés del lector a lo largo de toda la novela”.
Ahora que el libro está publicado, Petersen Farah vuelve ocasionalmente a sus páginas. Lee capítulos aislados y reconoce en ellos el resultado de una búsqueda que le tomó más de dos décadas desde su primera intuición. “Lo que yo quería narrar, que era ese dolor de los años setenta, creo que está ahí. La historia de Guadalajara durante el siglo XX también se logra”.
Mientras tanto, ya imagina otra novela. Ha considerado tres historias y cree haber encontrado aquella que desea escribir. Sabe, por experiencia, que el trabajo comienza mucho antes de sentarse frente a una página. “Físicamente tienes que encontrar un horario de tranquilidad para poder escribir. Pero en realidad la escribes todo el día, porque la traes en la cabeza todo el día”.
En “El infierno de la inocencia”, esa larga convivencia con los personajes adquiere la forma de una pregunta que atraviesa generaciones: cuánto de lo que somos pertenece a nuestras propias decisiones y cuánto proviene de las vidas, las convicciones y los silencios de quienes estuvieron antes que nosotros.
PERFIL
Diego Petersen Farah
(Guadalajara, 1964) es escritor y periodista. Fue subdirector de Siglo 21, director de Público y fundador de Milenio. Actualmente es columnista y asesor de EL INFORMADOR en Guadalajara, y colaborador en diversos medios.
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