Un viaje al vacío
Entre cañones, bosques y comunidades rarámuri, las Barrancas del Cobre ofrecen una de las experiencias de naturaleza y aventura más sorprendentes de México
Hay un momento en que la montaña deja de parecer paisaje. Ocurre cuando el suelo desaparece debajo de los pies y, frente a uno, sólo queda un enorme vacío de roca, bosque y cielo. Las Barrancas del Cobre no tienen la cortesía de caber en una fotografía. Son demasiado profundas, demasiado extensas, demasiado silenciosas. Para entenderlas hay que estar ahí.
En la Sierra Tarahumara, al suroeste de Chihuahua, siete grandes barrancas forman un territorio de dimensiones extraordinarias. Entre ellas está Urique, cuya profundidad alcanza los mil 879 metros. Pero las cifras dicen poco frente a la experiencia de asomarse al borde y descubrir que la montaña continúa mucho después de donde termina la mirada.
El viaje puede comenzar desde arriba. Una góndola avanza lentamente sobre el vacío. Durante unos tres kilómetros, el teleférico del Parque Barrancas cruza el paisaje sin torres intermedias y ofrece una perspectiva distinta de las barrancas del Cobre, Tararecua y Urique. No hay motores rugiendo ni caminos que interrumpan la escena. Sólo la sierra debajo y el movimiento pausado de la cabina. Desde ahí arriba se entiende que la distancia también puede ser una forma de belleza.
Después está la velocidad. Un cable se pierde hacia el otro extremo de la barranca y, en cuestión de segundos, el paisaje comienza a moverse. El ZipRider recorre más de 2.5 kilómetros suspendido sobre el cañón. En el circuito de siete tirolesas, la experiencia se prolonga por casi cinco kilómetros, entre puentes colgantes y tramos que atraviesan el espacio abierto de la sierra.
Es una manera poco contemplativa de conocer un paisaje… Y quizá por eso funciona, porque durante unos instantes no hay tiempo para pensar en la profundidad del cañón. Sólo queda el viento, el cuerpo avanzando y esa sensación difícil de explicar que aparece cuando la tierra está lejos.
Pero las Barrancas del Cobre también pueden conocerse sin prisa. Hay senderos que entran en el bosque y caminos que descienden hacia las comunidades. El Bosque Aéreo propone recorrer las copas de los árboles mediante 12 puentes colgantes y una mini tirolesa. La Vía Ferrata suma escalada, rapel, puentes suspendidos y un salto de Tarzán para quienes quieren poner a prueba algo más que las piernas.
Y luego está caminar; quizá sea la forma más antigua -y también la más reveladora- de entrar en la sierra.
En Bacajípare y otras comunidades cercanas existen recorridos guiados por habitantes rarámuri. Algunas caminatas duran menos de una hora; otras se extienden durante varias. El ritmo cambia. También cambia la mirada. El territorio deja de ser una sucesión de miradores y comienza a revelar senderos, plantas, historias y formas de habitar la montaña.
Las Barrancas del Cobre son, antes que destino turístico, territorio rarámuri. Esa diferencia importa.
La sierra es parte de la vida y de la memoria de un pueblo cuya relación con estas montañas se remonta mucho más atrás que la llegada de visitantes. Acercarse a las comunidades permite comprender que el paisaje que se contempla desde una góndola no es un decorado: es un territorio habitado, recorrido y significado durante generaciones.
Por eso conviene dejar espacio para algo que no aparece en los itinerarios: el tiempo. Tiempo para caminar. Para detenerse. Para mirar cómo cambia la luz sobre las paredes de la barranca. Para escuchar el bosque. Para conversar. Para comer.
En el Restaurante Barranco, la experiencia vuelve a cambiar de escala. La propuesta gastronómica de inspiración regional se acompaña de terrazas y vistas hacia el cañón; incluso hay un piso de cristal que vuelve a poner el vacío bajo los pies.
Para las familias también existen alternativas menos extremas, como el rocódromo, Euro Bungee y un campo de minigolf de 18 hoyos. El teleférico, mientras tanto, permite acercarse a la inmensidad de la sierra sin necesidad de convertirse en experto en aventuras.
Tal vez ésa sea la virtud de las Barrancas del Cobre: no obligan a elegir una sola forma de viajar. Se puede llegar buscando adrenalina y terminar buscando silencio. Se puede ir por las tirolesas y quedarse pensando en los senderos. Se puede llegar por el paisaje y terminar descubriendo una cultura.
La sierra hace el resto, porque aquí el viaje no consiste solamente en llegar a un lugar y tomar una fotografía. Consiste en descubrir qué sucede cuando, por un momento, la montaña ocupa todo el campo de visión. Y entonces uno entiende por qué hay paisajes que no se visitan… Se viven.
Cinco maneras de entrar en la sierra
- Desde el aire: El teleférico recorre aproximadamente tres kilómetros sobre las barrancas y permite contemplar la unión de Cobre, Tararecua y Urique.
- A toda velocidad: El ZipRider supera los 2.5 kilómetros de recorrido. Para una experiencia más extensa está el circuito de siete tirolesas, con casi cinco kilómetros, puentes colgantes y grandes tramos sobre el cañón.
- Entre los árboles: El Bosque Aéreo reúne 12 puentes colgantes y una mini tirolesa.
- Con las manos en la montaña: La Vía Ferrata y el Valle de los Monjes son dos excelentes opciones para disfrutar de la zona.
- A pie: Las caminatas guiadas por comunidades rarámuri permiten conocer la sierra desde el nivel del sendero y acercarse a quienes habitan este territorio.
Una visita sin prisa
El Parque Barrancas señala un horario general de 9:00 a 17:00 horas, los 365 días del año. Las actividades están sujetas a condiciones de operación y seguridad.
Entre las tarifas publicadas se encuentran 350 pesos para el teleférico, mil 250 pesos para ZipRider, mil 250 pesos para el circuito de siete tirolesas, 750 pesos para Vía Ferrata y 380 pesos para Bosque Aéreo. Los precios y horarios pueden cambiar, por lo que conviene verificarlos antes del viaje.
Más allá de las atracciones, vale la pena reservar tiempo para caminar, conocer las opciones de las comunidades y simplemente mirar. En las Barrancas del Cobre, a veces, no hacer nada es también una forma de viajar.
Metros de vértigo
Mil 879 metros es la profundidad máxima señalada por Parque Barrancas para la Barranca de Urique. Una cifra que, sobre el papel, parece imposible de imaginar. Hasta que uno está frente a ella.
CT