Construir la ciudad sin borrar la memoria
Proteger un sitio arqueológico no depende solo de que exista una ley o una institución que la haga cumplir; depende también de que la sociedad decida que esa memoria vale más que el metro cuadrado que ocupa
Guadalajara se fundó en 1542, en el Valle de Atemajac, y creció sobre una traza española hasta convertirse en el centro político y económico más importante de la Nueva Galicia, antecedente del actual Jalisco. Sin embargo, ese territorio no estaba vacío, pues diversas comunidades indígenas ya lo habitaban desde mucho antes de la ciudad colonial y existen vestigios de una historia cultural de más de dos mil 500 años.
Esa historia más antigua no desapareció de inmediato; fue quedando cubierta, desplazada o fragmentada por la colonización, por nuevos asentamientos y, siglos después, por el avance de calles, casas, edificios y vialidades. Antiguos poblados, espacios ceremoniales y paisajes de vida comunitaria fueron perdiendo visibilidad hasta quedar fuera de la memoria cotidiana de la ciudad.
Guadalajara ha hecho de la transformación una de sus principales marcas. En distintos momentos de su historia, crecer significó sustituir, demoler o borrar para construir una imagen de modernidad. Esa lógica se radicalizó a partir de 1947, durante el gobierno de Jesús González Gallo, cuando modernizar se entendió como destruir lo anterior. La ampliación de vialidades, la pérdida de edificios antiguos y el predominio del automóvil modificaron profundamente la fisonomía tapatía.
Desde la década de 1980, ese crecimiento se extendió hacia la periferia y la mancha urbana absorbió antiguos pueblos originarios, tierras de cultivo y espacios rurales hasta configurar la actual Área Metropolitana de Guadalajara. En ese proceso quedaron atrapados sitios arqueológicos ubicados originalmente en contextos rurales; lo que antes parecía lejano a la ciudad quedó rodeado por colonias, fraccionamientos, vialidades y asentamientos irregulares.
Hoy se reconoce más de un centenar de sitios con evidencia arqueológica en el territorio metropolitano, como los ya conocidos Ixtepete, El Grillo o La Coronilla. Su protección corresponde al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), institución federal encargada de registrarlos, investigarlos, conservarlos y protegerlos. Asimismo, desde la promulgación de la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos, en 1972, se fortaleció el marco legal para su tutela y comenzaron las delimitaciones oficiales de diversos asentamientos prehispánicos en Jalisco.
Sin embargo, la existencia de una ley no siempre ha bastado frente a la velocidad del crecimiento urbano. Algunos sitios vieron reducidas sus dimensiones por el saqueo, la destrucción o el abandono; otros fueron utilizados como bancos de materiales o convertidos en tiraderos de basura, depósitos de escombro o lugares inseguros. Este patrimonio, lejos de fortalecer la identidad colectiva, fue relegado al olvido.
La problemática es multifactorial. Intervienen la presión demográfica, la tenencia de la tierra, la planeación urbana deficiente, la aplicación desigual de la ley, la limitada participación social y la falta de coordinación entre distintos niveles de gobierno. A ello se suman la plusvalía del suelo y la especulación inmobiliaria, que convierten los últimos terrenos libres en oportunidades de negocio antes que en espacios de memoria.
¿Qué ciudad queremos ser? No hace falta esperar la respuesta en el futuro: la estamos dando en cada sitio convertido en tiradero, en cada terreno que vale más por su plusvalía que por su historia. Proteger un sitio arqueológico no depende solo de que exista una ley o una institución que la haga cumplir; depende también de que la sociedad decida que esa memoria vale más que el metro cuadrado que ocupa. Y, mientras esa decisión siga pendiente, la memoria seguirá perdiendo terreno, literalmente, frente al concreto.
Para saber
Esta entidad está compuesta por aspectos de índole multicultural que durante su proceso evolutivo ha forjado de manera distintiva su identidad. Sus habitantes como parte esencial de sus componentes producen la herencia cultural material e inmaterial, representada por su entorno natural, arquitectura, urbanismo y tradiciones, los cuales, se encuentran sujetos a un proceso constante de adaptación a los tiempos modernos.
CT