El pueblo de México que se viste de arte y color el Día de Muertos por su tradicional papel picado
El papel picado nació en esta pequeña localidad mexicana a finales del siglo XIX; conoce la historia y la tradición de este elemento infaltable en el altar de muertos
En un taller artesanal de San Salvador Huixcolotla, en el estado de Puebla, tres hombres se aplican con atención y destreza a esculpir, con la ayuda de martillos y cinceles, gruesos pliegos de finísimo papel de seda que tomarán casas y calles de México por el Día de Muertos.
Elemento imprescindible del altar de muertos
Esas láminas multicolores perforadas con dibujos se conocen como papel picado y son elemento imprescindible en la decoración de los altares a los fallecidos.
El papel picado nació en esta pequeña localidad mexicana a finales del siglo XIX. Más de un siglo después, tres cuartas partes de sus casi 17 mil habitantes se dedican a producirlo. En tiempos de la inteligencia artificial y las cortadoras láser, muchos lo siguen haciendo completamente a mano y lo exportan a todo el mundo.
"Nos produce satisfacción que la artesanía hecha aquí se conozca en otros países (…) y que le den valor a lo hecho a mano", dice a la AFP Miguel Reynoso, de 58 años. Lleva 40 dedicado a esto y desde hace 28 tiene una empresa con su esposa, sus cuatro hijas y una docena de empleados.
Reciben pedidos de México, pero también de España, Estados Unidos, Italia, Corea o Japón.
Especialmente en esta época del año. Es "temporada alta", explica Mari Reynoso, de 26 años, que como sus tres hermanas decidió dedicarse al artesanado familiar tras acabar la carrera de derecho.
Desde empresas que quieren reproducir su logo en papel picado hasta mensajes especiales para decorar fiestas de bautizos o quinceañeras, reciben pedidos a medida durante todo el año.
Pero en las semanas previas al 1 de noviembre la demanda se dispara. Los mercados encargan cientos de miles de estas láminas que terminan decorando casas, calles, plazas.
"Es cultura, es mi tradición"
Fue en las haciendas del pueblo donde nació este arte.
Siguiendo una tradición mesoamericana, los campesinos ya cortaban a navaja sencillos dibujos geométricos en grueso papel amate, elaborado con corteza de árbol desde la época prehispánica.
La sofisticación ocurrió con la llegada del papel de seda, o papel de China, hacia 1850 a las "tiendas de raya", comercios en las haciendas donde los patronos vendían mercancías a sus trabajadores a cuenta del salario.
Por más de un siglo las láminas se importaron desde China. Ahora ya se fabrican también en Huixcolotla, que tiene el orgullo de aunar todo el proceso.
Incluso los cinceles -rectos de diferentes tamaños, curvos o en zigzag- los fabrica aquí el "señor de los fierros", una figura tan imprescindible del pueblo que ya nadie recuerda su verdadero nombre.
Roberto Carlos toma una de esas herramientas y se esmera en cincelar un pliego de 50 hojas de un morado intenso para dibujar en él, guiándose con una plantilla de plástico, una calavera tocada con un elegante sombrero.
Pone especial atención a las partes más pequeñas. Si se rompe ahí el papel, "la plana queda inservible aunque todo esté bien" por eso hay que "tener mucha delicadeza", explica este artesano de 34 años.
Verde limón, rosa mexicano, azul rey, buganvilia, cempasúchil, la gama se fue ampliando a medida que "el cliente empezó a pedir más colores", explica Miguel Reynoso mientras al fondo de su taller cuatro mujeres alternan los colores al pegar delicadamente las hojas sobre hilos de algodón de 5 metros de largo.
La mayor amenaza a esta tradición es "lo industrializado", reconoce Mari Reynoso.
Pero el arte manual representa "lo que es México (…) porque justamente es algo representativo de nosotros, algo que con solo verlo queremos que digan es cultura, es mi tradición", agrega.
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