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“Yo soy el pan bajado del cielo”
El Evangelio de este domingo decimonono ordinario del año presenta, en el capítulo sexto de San Juan
El Evangelio de este domingo decimonono ordinario del año presenta, en el capítulo sexto de San Juan, una dura, difícil prueba de fe para los judíos del siglo primero, y la presenta al hombre del siglo XXI. ¿Cómo aceptar que ha bajado del cielo --decían ellos-- este hombre que está aquí ante nuestra mirada? ¿Cómo rendirle culto si lo vemos un hombre como cualquier otro?
Porque Cristo dijo ante todos y en voz alta y clara: “Yo soy el que ha bajado del cielo”, ellos murmuraban: “¿Acaso no es éste Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir entonces: “Yo he bajado del cielo”?”.
Murmurar era una costumbre característica de los hebreos. Pero el pasado es pasado. Ahora y aquí, Cristo está diciéndole al hombre: “Yo soy el pan bajado del cielo”. Así le dice al hombre que se rebela contra Dios, al que nada quiere saber de la fe, nada que huela a fe, nada que huela a tema religioso. Todo lo quieren explicar, aún los fenómenos oscuros y misteriosos, con el aporte de la técnica, de la ciencia y de ciertas filosofías.
Este fue el gran problema en el año 380 de la historia del cristianismo.
Arrio y el arrianismo
Arrio fue un sacerdote nacido en el año 280 y fallecido en 336 en Alejandría, en la desembocadura del río Nilo, que predicó una doctrina contraria a la divinidad de Cristo. El arrianismo fue esa doctrina, esa herejía que duró cien años.
Cuando Cristo apareció en la carne y en la historia, la tarea de los pensadores, una vez pasada la primera sorpresa, fue comprenderle.
Jesús de Nazaret predicó una doctrina nunca antes escuchada, sufrió, compartió en todo las situaciones de los hombres, menos la culpa. Manifestó el poder de Dios, sobre todo en su resurrección. Se presentó como el Hijo único de Dios. Todos coincidían al considerarlo: Un gran hombre, íntegro, cabal, justo, bondadoso, por encima de todos los guías religiosos, de todos los profetas, y “la más perfecta de todas las criaturas”.
Por su parte, la falsa enseñanza de Arrio era: “Si el Padre ha engendrado al Hijo, al ser hijo tiene un principio; ha habido, por tanto un tiempo en que Él no existía”. Negaba la eternidad del Verbo y por tanto la divinidad del Verbo.
Entonces el 20 de mayo de 325 se reunieron en un sínodo trescientos dieciocho obispos, en el Concilio de Nicea, y declararon dogma de fe que el Hijo es consustancial al Padre, es Dios igual al Padre, eterno, y que tomó la naturaleza humana sin dejar de ser el unigénito del Padre.
Así confiesa su fe el pueblo cristiano: “Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero”, “...y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre”.
Ver con los ojos de la fe a Cristo, es reconocerlo como Dios omnipotente, infinito y eterno, y hombre débil y mortal como todos los hombres.
“El que cree, tiene la vida eterna”
Todo hombre, en cuanto ya sabe razonar, cuando llega a reflexionar, comprende el anhelo de trascendencia. Busca romper las limitaciones que bloquean y alienan su existencia, y desea una vida sin límites.
Porque Cristo dijo ante todos y en voz alta y clara: “Yo soy el que ha bajado del cielo”, ellos murmuraban: “¿Acaso no es éste Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir entonces: “Yo he bajado del cielo”?”.
Murmurar era una costumbre característica de los hebreos. Pero el pasado es pasado. Ahora y aquí, Cristo está diciéndole al hombre: “Yo soy el pan bajado del cielo”. Así le dice al hombre que se rebela contra Dios, al que nada quiere saber de la fe, nada que huela a fe, nada que huela a tema religioso. Todo lo quieren explicar, aún los fenómenos oscuros y misteriosos, con el aporte de la técnica, de la ciencia y de ciertas filosofías.
Este fue el gran problema en el año 380 de la historia del cristianismo.
Arrio y el arrianismo
Arrio fue un sacerdote nacido en el año 280 y fallecido en 336 en Alejandría, en la desembocadura del río Nilo, que predicó una doctrina contraria a la divinidad de Cristo. El arrianismo fue esa doctrina, esa herejía que duró cien años.
Cuando Cristo apareció en la carne y en la historia, la tarea de los pensadores, una vez pasada la primera sorpresa, fue comprenderle.
Jesús de Nazaret predicó una doctrina nunca antes escuchada, sufrió, compartió en todo las situaciones de los hombres, menos la culpa. Manifestó el poder de Dios, sobre todo en su resurrección. Se presentó como el Hijo único de Dios. Todos coincidían al considerarlo: Un gran hombre, íntegro, cabal, justo, bondadoso, por encima de todos los guías religiosos, de todos los profetas, y “la más perfecta de todas las criaturas”.
Por su parte, la falsa enseñanza de Arrio era: “Si el Padre ha engendrado al Hijo, al ser hijo tiene un principio; ha habido, por tanto un tiempo en que Él no existía”. Negaba la eternidad del Verbo y por tanto la divinidad del Verbo.
Entonces el 20 de mayo de 325 se reunieron en un sínodo trescientos dieciocho obispos, en el Concilio de Nicea, y declararon dogma de fe que el Hijo es consustancial al Padre, es Dios igual al Padre, eterno, y que tomó la naturaleza humana sin dejar de ser el unigénito del Padre.
Así confiesa su fe el pueblo cristiano: “Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero”, “...y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre”.
Ver con los ojos de la fe a Cristo, es reconocerlo como Dios omnipotente, infinito y eterno, y hombre débil y mortal como todos los hombres.
“El que cree, tiene la vida eterna”
Todo hombre, en cuanto ya sabe razonar, cuando llega a reflexionar, comprende el anhelo de trascendencia. Busca romper las limitaciones que bloquean y alienan su existencia, y desea una vida sin límites.