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''Vete en paz y no peques más''

Cristo es bondad. En cambio, los corazones endurecidos por el formalismo no saben perdonar y envejecen contemplando la letra de la ley

GUADALAJARA, JALISCO (17/MAR/2013).- Magnífico escenario es el atrio del templo de Jerusalén en una tibia mañana. La multitud expectante.  Los actores, un grupo de fariseos, tiene una oportunidad, un escándalo de oro para ellos y se van a valer de una mujer sorprendida en flagrante adulterio.

“¡Ha sido sorprendida en adulterio... y según la ley de Moisés, debe morir apedreada! ¿Tú que dices?” Aquella mujer cayó en el pecado: esa fue su desgracia. Aquella mujer cayó a los pies de Cristo: esa fue la mayor gracia de toda su vida.

Aquella mujer encontró en Cristo el mejor defensor, al juez más misericordioso de la historia de todos los pueblos de todos los tiempos.

Cristo es bondad. En cambio, los corazones endurecidos por el formalismo no saben perdonar y envejecen contemplando la letra de la ley.

Cristo pone en práctica, con su actitud de perdón, la misma enseñanza de su parábola del hijo pródigo: “Mujer ¿Dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?” Ella le contestó: “Nadie señor”.  Y el repuso: “Yo tampoco te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”.

Quien había llegado temblando de miedo, con la angustia de ser posiblemente condenada y apedreada, ha encontrado la vida allí, en Jesús.

Entre las exigencias implacables de la ley, aplicadas al capricho de los perversos, se ha presentado como un dique la misericordia del Señor.

Bastó una frase: “Aquel de ustedes que se encuentre libre de pecado, que tire la primera piedra”.

La nueva ley, la de Cristo, perdona y abre para la acusada una nueva existencia; tendrá de ahí en adelante un corazón nuevo.

Quien perdona y quien es perdonado, con la fuerza de esta gracia, abren sus mentes y sus voluntades hacia los causes de la alegría y se rejuvenecen. Cristo se alegró porque aquella mujer fue liberada, y luego culminó la obra con su generoso perdón: “Yo tampoco te condeno”.

Es la historia de uno, de mil, de muchos más cristianos, y esto sucede todos los días. Así se rejuvenecen de continuo quienes se acercan a la fuente del perdón, el sacramento de la penitencia, y así se renueva la iglesia permanentemente. Así hasta esta Cuaresma, el día de hoy se sigue renovando la iglesia con la gracia del perdón. Cada vez que un pecador arrepentido confiesa sus pecados y recibe la absolución, es Cristo —por medio de un instrumento, el sacerdote— quien le dice: “Vete en paz y no peques más”. Cada pecador que se convierte es una vida que se renueva, que vuelve a nacer.

José Rosario Ramírez

El valor y la dignidad de la persona


¡Cuántas veces, con nuestra manera de actuar, frustramos los planes de Dios para una o varias personas, convirtiéndonos, sin quererlo en su enemigo!

Algunas por nuestra cobardía, otras más por nuestra testarudez y otras, debido a nuestra forma de pensar y actuar legalista. La cobardía es la falta de ánimo y valor para realizar tal o cual acción. Se da en personas  débiles de espíritu, que prefieren cualquier cosa, incluso hundir al prójimo, a arriesgar su estatus, su comodidad, su seguridad. Viven “amarrados” por sus temores y miedos, y en muchos casos verdaderamente esclavizados, lo que les impide alcanzar un mínimo de realización como personas, mucho menos la plenitud a la que todos estamos llamados. Es, sin duda una de las más nocivas consecuencias de una vida falta de una auténtica fe y de la virtud de la fortaleza.

Cuando la persona es cerrada de corazón y mente, pone un dique infranqueable ante los demás. Si aquellos no piensan como ella, entonces ni siquiera se puede entablar una relación, mucho menos un diálogo franco y abierto, y llega al extremo de la intolerancia. Descalificación, menosprecio, subestimación, crítica severa y hasta la total indiferencia, son las actitudes que se derivan de esta postura de testarudez.

Para lograr esa apertura, hemos de desprendernos de nosotros mismos, condición, por lo demás, indispensable, para seguir de cerca al Señor y prestar un servicio auténtico a Dios y a la humanidad.

Finalmente, y de lo más dañino y destructor de la obra del Señor en la persona, es el legalismo, entendido éste como la supremacía de la ley sobre la persona. San Pablo lo advierte en varios de sus escritos. En la Carta a los Gálatas afirma: “Sabemos que el hombre no llega a ser justo por la observancia de la Ley, sino por su fe en Cristo Jesús(…) El cumplimiento de la Ley no hará nunca de un mortal un amigo de Dios” (Gál 2, 16-17).

Las personas que se guían por la Ley, despreciando el valor y la dignidad de la persona humana, huyen de la responsabilidad que nace del verdadero amor, que consiste en respetar, perdonar, apoyar, ayudar y dignificar, entre otras cosas, a aquellos a quienes Dios mismo nos ha dado como hermanos.

Que ninguna de estas causas ni otras más nos impulsen a frustrar los planes de Dios en los demás, como intentaban los acusadores de la mujer que le presentan a Jesús como pecadora, sujeta de ser lapidada, utilizando como arma de dos filos a la propia Ley, según lo narra el Evangelio de hoy. Por lo demás, eso mismo provoca que se frustren los planes de Él para nosotros mismos.

Francisco Javier Cruz Luna

Una oración

Señor Jesús, ampara con tu protección a nuestro santo Padre el Papa Francisco.

Ilumina su mente, dale con tu Espíritu Santo la fuerza y la claridad para que con sabiduría y acierto pueda guiar a tu Iglesia a través de los acontecimientos a veces tan desconcertantes de nuestro mundo. Sé Tú su consuelo en los inevitables  contratiempos que habrá de afrontar en su pontificado y ayúdanos a estar unidos a él y por él, contigo

María Belén Sánchez, fsp

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