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Una conciencia, y ésta, recta
El amor a Dios y al prójimo guían la vida del cristiano
GUADALAJARA, JALISCO (16/FEB/2014).- Conforme se va entrando en el uso de la razón, el hombre, sin que nadie se lo diga, en su interior descubre la existencia de una ley no dictada por alguien y descubre el bien y el mal.
Es la ley natural y le da una dirección, debe amar y practicar el bien y debe evitar el mal.
“No rara vez, sin embargo, ocurre que yerre la conciencia por ignorancia, sin que ella suponga la pérdida de la dignidad. Cosa que no puede afirmarse cuando el hombre se despreocupa de buscar la verdad y el bien y la conciencia se va progresivamente entenebreciendo por el hábito del pecado”.
Así lo expresó el Concilio Vaticano II .
Por una parte el plan de Dios para que todos los hombres sean justos y vivan para siempre y por otra la libertad humana, esa poderosa y difícil facultad que tiene el hombre de llevar sus palabras y sus acciones a donde él quiera.
El Dios creador y Señor de todo lo creado ha manifestado el plan de vida al dictar los 10 mandamientos a su siervo Moisés en el Monte Sinaí. Esta es la ley positiva, una ley, la natural que hace la propia conciencia, mas la otra, la promulgada para el caminante en la vida que guardando esas normas llegó seguro a su destino y apareció en tierras de Israel el Hijo de Dios; lo miraban con ojos de alegría y de ansiedad.
A la duda reflejada en sus rostros les dijo: no crean que he venido a abolir la ley o los profetas, no he venido a abolirlos sino a darles plenitud.
La buena nueva expuesta por el Señor en sus tres años de vida pública y con el testimonio de su propia entrega hasta la muerte y ésta en la cruz, ha sido sublime manifestación de la ley del amor.
A la pregunta del fariseo acerca de cuál era el más grande precepto, la respuesta es el amor: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todas tus fuerzas y amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
En el amor se resume toda la ley.
Una conciencia es recta cuando tanto lo interior como lo externo, lo inspira y lo sostiene el amor.
José Rosario Ramírez M.
LA PALABRA DE DIOS
• PRIMERA LECTURA:
Eclesiástico 15,16-21
“Los ojos de Dios ven las acciones, Él conoce todas las obras del hombre; no mandó pecar al hombre, ni deja impunes a los mentirosos”.
• SEGUNDA LECTURA:
Primera Corintios 2,6-10
“Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman. Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu”.
• EVANGELIO:
San Mateo 5,17-37
“No crean que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud”.
• ¿Discípulos hoy?
Es razonable seguir pensando en discípulos en nuestro siglo y circunstancias, es acaso algo atractivo para quienes conformamos nuestra sociedad.
No se trata de dar una respuesta para el convencimiento de los otros, sino un estilo de vida en coherencia a lo que se quiere, ya que el primer paso de cualquier discípulo es llegar a conocer; por lo cual, no se es discípulo por un proceso de masas y de herencias y costumbres, se es en medida que se conoce y aprecia a quien se ha conocido.
El discipulado no se puede reducir a un lema o a un simple calificativo: es un modo de vivir, un compromiso personal con Cristo, con el Maestro. Para que pueda darse el discipulado, hace falta que esté basado en un conocimiento auténtico del pensamiento del Maestro. Sólo el que conoce auténticamente puede ser un seguidor auténtico.
No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva. Efectivamente, el cristiano en su esencia no es otra cosa sino seguidor de Cristo, ser un discípulo del Señor que vive correspondiendo con su amor al amor que Dios le tiene. La naturaleza específica de la fe es la relación con el Dios vivo. El conocer, amar, imitar y seguir a Jesucristo, viviendo en profunda unión de amor con Él. La fe cristiana es un seguimiento, una respuesta de amor al amor de Dios.
CON FE TODO ES POSIBLE
La fe no es creer en algo sino en alguien, en una persona: en Jesús, porque al creer en algo, damos un asentimiento intelectual a lo que no entendemos o no conocemos; en cambio, cuando se cree en una persona, se parte de una experiencia de conocimiento personal, de encuentro y trato cercano e íntimo, lo que nos lleva no sólo a creer en Él, sino también a creerle a Él, a sus palabras, a sus convicciones, a sus promesas, y en el caso de Jesús a su divinidad y a su pensamiento y doctrina.
Ese creerle nos tiene que llevar a una confianza, una obediencia y una dependencia total y absoluta de Él, lo que lleva a un cambio de manera de pensar y actuar, a un cambio de vida, al entregarle la nuestra, llena de pecado, de imperfecciones, de debilidades, etc., por su vida, una vida de gracia, amor, perdón, misericordia, paz, confianza, seguridad, felicidad... Es decir, a una conversión, la cual es la prueba máxima de una auténtica fe.
Finalmente la verdadera fe lleva al creyente a manifestarla abierta y públicamente; el fuego, para que lo sea, tiene que quemar. San Pablo, en la carta a los Romanos, afirma eso precisamente, al señalar que “si confesamos con nuestra boca que Jesús es el Señor, y creemos con el corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, seremos salvos(Cfr. Rom. 10, 9-10). Corazón y boca; todo nuestro ser, que se expresa verbalmente, se involucran en la fe auténtica, la fe creadora y transformadora.
El leproso del Evangelio, manifestó abiertamente su fe en Jesús, en su poder sanador, pero sobre todo en su plan de salvación, al decirle “si quieres, puedes sanarme”, es decir si es tu voluntad, para mi bien, y una vez que fue sanado, aun desacatando la orden de Jesús, divulgó su gran obra, proclamando con la boca, lo que Él había hecho por este enfermo.
Hoy es el día; hoy, ya que mañana puede ser tarde, en que hemos de revisar, con honestidad, si la nuestra es una auténtica fe, o tan sólo somos crédulos, y reconociendo nuestra realidad ante Él, le pidamos al Señor, ya sea que nos regale ese don, o que nos lo aumente, recordando que es la fe la que nos lleva a la santidad, y sin santidad nadie verá al Señor (Heb 12, 14). De esa manera no nos costará ningún trabajo aceptar la doctrina de Jesús la cual es dura y exigente, como lo podemos constatar en el pasaje evangélico de este domingo, pero también instruye, libera y nos lleva al camino de salvación.
Hoy también hemos de decidirnos a tomar el indispensable hábito de leer, meditar y orar, diariamente con la Palabra de Dios, la Santa Biblia, instrumento por excelencia del Señor para darnos el multicitado don.
FRANCISCO JAVIER CRUZ LUNA.
ORACION
Señor Jesús, llego hasta Ti, para pedirte la fe que salva, que limpia el corazón y que hace los más increíbles milagros. Yo sé que por mis propias fuerzas nada puedo, que todo es difícil y a menudo imposible. Pero tu gracia es infinita, superior y rompe todas las barreras. Ayúdame, Señor a abrir mi corazón a la auténtica fe, que no es credulidad ingenua ni fantasía ilusoria, a la fe que proviene de Ti y que pone en mis manos el don del milagro. Amén.
Es la ley natural y le da una dirección, debe amar y practicar el bien y debe evitar el mal.
“No rara vez, sin embargo, ocurre que yerre la conciencia por ignorancia, sin que ella suponga la pérdida de la dignidad. Cosa que no puede afirmarse cuando el hombre se despreocupa de buscar la verdad y el bien y la conciencia se va progresivamente entenebreciendo por el hábito del pecado”.
Así lo expresó el Concilio Vaticano II .
Por una parte el plan de Dios para que todos los hombres sean justos y vivan para siempre y por otra la libertad humana, esa poderosa y difícil facultad que tiene el hombre de llevar sus palabras y sus acciones a donde él quiera.
El Dios creador y Señor de todo lo creado ha manifestado el plan de vida al dictar los 10 mandamientos a su siervo Moisés en el Monte Sinaí. Esta es la ley positiva, una ley, la natural que hace la propia conciencia, mas la otra, la promulgada para el caminante en la vida que guardando esas normas llegó seguro a su destino y apareció en tierras de Israel el Hijo de Dios; lo miraban con ojos de alegría y de ansiedad.
A la duda reflejada en sus rostros les dijo: no crean que he venido a abolir la ley o los profetas, no he venido a abolirlos sino a darles plenitud.
La buena nueva expuesta por el Señor en sus tres años de vida pública y con el testimonio de su propia entrega hasta la muerte y ésta en la cruz, ha sido sublime manifestación de la ley del amor.
A la pregunta del fariseo acerca de cuál era el más grande precepto, la respuesta es el amor: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todas tus fuerzas y amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
En el amor se resume toda la ley.
Una conciencia es recta cuando tanto lo interior como lo externo, lo inspira y lo sostiene el amor.
José Rosario Ramírez M.
LA PALABRA DE DIOS
• PRIMERA LECTURA:
Eclesiástico 15,16-21
“Los ojos de Dios ven las acciones, Él conoce todas las obras del hombre; no mandó pecar al hombre, ni deja impunes a los mentirosos”.
• SEGUNDA LECTURA:
Primera Corintios 2,6-10
“Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman. Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu”.
• EVANGELIO:
San Mateo 5,17-37
“No crean que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud”.
• ¿Discípulos hoy?
Es razonable seguir pensando en discípulos en nuestro siglo y circunstancias, es acaso algo atractivo para quienes conformamos nuestra sociedad.
No se trata de dar una respuesta para el convencimiento de los otros, sino un estilo de vida en coherencia a lo que se quiere, ya que el primer paso de cualquier discípulo es llegar a conocer; por lo cual, no se es discípulo por un proceso de masas y de herencias y costumbres, se es en medida que se conoce y aprecia a quien se ha conocido.
El discipulado no se puede reducir a un lema o a un simple calificativo: es un modo de vivir, un compromiso personal con Cristo, con el Maestro. Para que pueda darse el discipulado, hace falta que esté basado en un conocimiento auténtico del pensamiento del Maestro. Sólo el que conoce auténticamente puede ser un seguidor auténtico.
No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva. Efectivamente, el cristiano en su esencia no es otra cosa sino seguidor de Cristo, ser un discípulo del Señor que vive correspondiendo con su amor al amor que Dios le tiene. La naturaleza específica de la fe es la relación con el Dios vivo. El conocer, amar, imitar y seguir a Jesucristo, viviendo en profunda unión de amor con Él. La fe cristiana es un seguimiento, una respuesta de amor al amor de Dios.
CON FE TODO ES POSIBLE
La fe no es creer en algo sino en alguien, en una persona: en Jesús, porque al creer en algo, damos un asentimiento intelectual a lo que no entendemos o no conocemos; en cambio, cuando se cree en una persona, se parte de una experiencia de conocimiento personal, de encuentro y trato cercano e íntimo, lo que nos lleva no sólo a creer en Él, sino también a creerle a Él, a sus palabras, a sus convicciones, a sus promesas, y en el caso de Jesús a su divinidad y a su pensamiento y doctrina.
Ese creerle nos tiene que llevar a una confianza, una obediencia y una dependencia total y absoluta de Él, lo que lleva a un cambio de manera de pensar y actuar, a un cambio de vida, al entregarle la nuestra, llena de pecado, de imperfecciones, de debilidades, etc., por su vida, una vida de gracia, amor, perdón, misericordia, paz, confianza, seguridad, felicidad... Es decir, a una conversión, la cual es la prueba máxima de una auténtica fe.
Finalmente la verdadera fe lleva al creyente a manifestarla abierta y públicamente; el fuego, para que lo sea, tiene que quemar. San Pablo, en la carta a los Romanos, afirma eso precisamente, al señalar que “si confesamos con nuestra boca que Jesús es el Señor, y creemos con el corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, seremos salvos(Cfr. Rom. 10, 9-10). Corazón y boca; todo nuestro ser, que se expresa verbalmente, se involucran en la fe auténtica, la fe creadora y transformadora.
El leproso del Evangelio, manifestó abiertamente su fe en Jesús, en su poder sanador, pero sobre todo en su plan de salvación, al decirle “si quieres, puedes sanarme”, es decir si es tu voluntad, para mi bien, y una vez que fue sanado, aun desacatando la orden de Jesús, divulgó su gran obra, proclamando con la boca, lo que Él había hecho por este enfermo.
Hoy es el día; hoy, ya que mañana puede ser tarde, en que hemos de revisar, con honestidad, si la nuestra es una auténtica fe, o tan sólo somos crédulos, y reconociendo nuestra realidad ante Él, le pidamos al Señor, ya sea que nos regale ese don, o que nos lo aumente, recordando que es la fe la que nos lleva a la santidad, y sin santidad nadie verá al Señor (Heb 12, 14). De esa manera no nos costará ningún trabajo aceptar la doctrina de Jesús la cual es dura y exigente, como lo podemos constatar en el pasaje evangélico de este domingo, pero también instruye, libera y nos lleva al camino de salvación.
Hoy también hemos de decidirnos a tomar el indispensable hábito de leer, meditar y orar, diariamente con la Palabra de Dios, la Santa Biblia, instrumento por excelencia del Señor para darnos el multicitado don.
FRANCISCO JAVIER CRUZ LUNA.
ORACION
Señor Jesús, llego hasta Ti, para pedirte la fe que salva, que limpia el corazón y que hace los más increíbles milagros. Yo sé que por mis propias fuerzas nada puedo, que todo es difícil y a menudo imposible. Pero tu gracia es infinita, superior y rompe todas las barreras. Ayúdame, Señor a abrir mi corazón a la auténtica fe, que no es credulidad ingenua ni fantasía ilusoria, a la fe que proviene de Ti y que pone en mis manos el don del milagro. Amén.