Suplementos

“Si me aman, cumplirán mis mandamientos”

El próximo domingo es el de la Ascensión del Señor

     Ya es el sexto y último domingo de pascua. El próximo domingo es el de la Ascensión del Señor. Ya tuvieron los discípulos la dicha de ver a su Señor resucitado, mas también esa alegría había de tener el broche de oro de ver con sus ojos al Hijo de Dios elevarse para volver al Padre.

     El mensaje de este domingo es despedida, y además la voluntad de Cristo para que ese su pequeño rebaño camine en su seguimiento en el Reino por Él fundado, o sea la Iglesia.

     El lazo de unión, la característica de los seguidores de Cristo, ha de ser el amor. El Hijo de Dios vino a traer fuego a la tierra, el fuego del amor, y afirmó que “no hay amor más grande que el de quien da la vida por sus amigos”.

     En el misterio de la redención humana todo es amor. “Me amó y se entregó por mí”, dice San Juan. Me amó, se anonadó, se entregó. Con estos tres verbos en admirable síntesis, lo quiere decir todo el mismo evangelista. Ese mismo amor lo hizo descender: Infinito, y se hizo pequeño: Omnipotente, y está débil sobre las pajas del pesebre; Inmortal, y ha tomado la naturaleza humana para poder morir como todos los hombres. Así se anonadó, se empequeñeció y se entregó en manos de hombres perversos, porque “era necesario que el Mesías padeciera y muriera para resucitar glorioso”.

Si todo en la obra de Cristo es amor, al dejar su Reino en manos de sus discípulos, la ley --la única ley-- ha de ser la ley del amor.

“Cumplirán mis mandamientos”

     Pero esa ley exige amor en el pensamiento, pureza de corazón y prontitud y fidelidad en la acción.

     La Palabra de Dios no es sólo promesa, sino también exigencia. Hay un amor afectivo a Dios y un amor efectivo que es el cumplimiento, la sumisión a la voluntad de Dios.

     Existe el amor de deseo, el amor de complacencia, el amor de gratitud y el amor de conformidad. El amor de deseo es el impulso del ser humano de acercarse a Dios, es la nostalgia, es la tristeza de los alejados que empiezan así a buscar el bien supremo.

     Un gran escritor austriaco, Franz Werffer, huyendo de los nazis se refugió durante un mes en Lourdes. Él era ateo; en ese mes vio la mano de Dios y escribió: “Si salgo con vida, me bautizaré en la Iglesia Católica”. Cruzó los Pirineos, y en su fuga se embarcó en un navío carguero entre submarinos y barcos de guerra. Llegó a Nueva York y por fin respiró aires de tranquilidad en Los Ángeles. Allí escribió su maravilloso libro: “El cántico de Bernardette”, sobre el milagro de Lourdes. Esperaba el final de la segunda guerra mundial y esperando terminó sus días. Su bautismo fue bautismo de deseo.

     El amor de complacencia es vivir con el gozo del encuentro. En  el caminar de veinte siglos de la Iglesia hay testimonios escritos de almas privilegiadas que han vivido en unión con Dios.

     El amor de gratitud es el reconocimiento de la voluntad bienhechora y misericordiosa de Dios.

     Mas el amor reclama una voluntad de cumplir, hacer efectiva la súplica de todos los días: “Hágase, Señor, su voluntad, así en la tierra como en el cielo”.

     Y la obediencia fiel a Dios no es sino amor hecho cumplimiento. “El que acepta mis mandamientos y los cumple, ese me ama”, afirmó el Maestro.

“Yo rogaré al Padre y Él les dará otro Paráclito”

     La palabra paráclito, del griego parakletos, no significa persona, sino función: significa abogado, consolador, revelador, defensor. Anuncia así el Señor con su promesa, una nueva etapa en la historia de la presencia de Dios entre los hombres. La presencia ya no será sensible, sino espiritual.

     Siempre, en la historia del camina de la Iglesia, los fieles llaman, invocan la presencia del Paráclito --el Espíritu Santo--, y le piden la luz para sus mentes, la fortaleza para sus voluntades.

     Al Concilio Vaticano II acudieron los obispos de los cinco continentes, y durante cuatro otoños estudiaron, discutieron, votaron y aprobaron las nuevas directrices para rejuvenecer a la Iglesia y ponerla en directrices para rejuvenecer a la Iglesia y ponerla en diálogo abierto con los escritores católicos, con los cristianos no católicos, con todos los hombres de buena voluntad; mas al inicio y todos los días, la oración ferviente era la súplica al Paráclito, el Espíritu de Dios, Espíritu de verdad, sabiduría y fortaleza.

     A esa presencia invisibles se deben todos los beneficios, dones de Dios a la Iglesia, a los creyentes, manifiestos en el “aggiornamiento”, el rejuvenecimiento de la Iglesia y su apertura para los hombres de nuevos tiempos.

“Dentro de poco el mundo no me verá más, pero ustedes sí me verán”

     Signo de los tiempos presentes es la entrega desmedida a la técnica, a los medios masivos de comunicación --singularmente a la televisión--, y de allí se reciben las consignas de conducta individual, famililar y colectiva.

     Son las multitudes, la masa humana, siempre con ansias de emociones, de sorpresas. Viven de lo inmediato, casi se podría afirmar que gozan de lo desechable. Les cuesta trabajo pensar, reflexionar sobre sus mismos hechos,

hacer un sereno plan de vida, establecer una auténtica jerarquía de valores.

     Ahí es preciso mostrar la imagen de Cristo. “Muchos no me ven, pero ustedes sí me verán”, les dijo el Maestro a sus discípulos, con la intención de convencerlos para ir y dar a conocer a todos los hombres la persona y el mesaje de Jesús, el Hijo de Dios.

Que los hombres del siglo XXI vean a Dios

     Los discípulos han de ser misioneros, portadores de la Buena Nueva que es Cristo. Mostrar ante los hombres de ahora la imagen del Salvador, la persona histórica que vivió en la tierra, el Verbo de Dios hecho hombre, que vive inmortal y eterno y se muestra en su Iglesia.

     La Buena Nueva es anunciar a Jesús, es el Reino de Dios. Por obra y gracia de Jesucristo los hombres han pasado de la ley a la libertad, del estado de siervos al estado de hijos; pero muchos no han visto a quien los vino a liberar, a llevarlos a una vida nueva: la de hijos de Dios, no una vida de esclavos del pecado y de los vicios.

     Por eso el reto del siglo XXI es que todos los hombres vean a Cristo, conozcan a Cristo, y así amarlo y servirlo. Vivir iluminados por Cristo, caminar siempre bajo la mirada amorosa de Dios. ¡Que los hombres vean a Cristo!

José R. Ramírez Mercado      

Temas

Sigue navegando