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Si este hombre fuera profeta...
- Qué triste es creer que se sabe todo, o pensar que el mundo se rige única y exclusivamente por nuestros criterios, dejando así desde un inicio desacreditados a todos los demás, tachándolos de ignorantes e incapaces, sin darnos cuenta que ésos somos nosotros
LA PALABRA DE DIOS
PRIMERA LECTURA:
Segundo de Samuel 12, 7-10. 13
“El Señor te perdona tu pecado. No morirás”.
SEGUNDA LECTURA:
San Pablo a los gálatas 2, 16. 19-21
“Vivo, pero ya no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí”.
EVANGELIO:
San Lucas 7, 36 – 8, 3
“¿Quién es éste, que hasta los pecados perdona?”
REFLEXIONANDO LA FE...
• El remedio del pecado
Los profetas denunciaban el pecado y hacían notar su gravedad sólo para invitar más eficazmente a la conversión. En efecto, si el hombre es infiel, Dios, en cambio, es siempre fiel; el hombre desdeña el amor de Dios, pero Dios no cesa de ofrecerle este amor; todo el tiempo que el hombre es todavía capaz de retorno, le apremia Dios para que vuelva. Como en la parábola del hijo pródigo, todo está ordenado a este retorno deseado, que se daba por supuesto.
Si el pecado consiste en rechazar el amor, es claro que no se borrará, no se suprimirá, no se perdonará sino en la medida en que el hombre consienta en amar de nuevo; suponer un perdón que pueda dispensar al hombre de volver a Dios, equivaldría a querer que el hombre ame dispensándole a la vez de amar.
El amor mismo de Dios le impide por tanto no exigir este retorno. Si se proclama un Dios celoso, es que sus celos son efecto de su amor; si pretende procurar él sólo la felicidad del hombre creado a su imagen, es que sólo él puede hacerlo, aun cuando nosotros no seamos capaces de comprenderlo.
El hombre debe dejarse guiar por Dios, en dejarse amar, que renuncie a lo que constituye el fondo mismo de su pecado, por eso se dice que la nueva ley está inscrita en el corazón del hombre.
• Una mujer
El pasaje evangélico de este domingo es verdaderamente gratificante para todos los creyentes, o debería serlo, ya que nos enfrenta ante la misericordia de Dios que es infinita, por lo mismo me brota decir: Gracias a ti mujer anónima que reconociendo a Jesús y sabiendo que se haría presente en tu ciudad lo buscaste sin importar en donde estuviere.
Fue un fariseo de nombre Simón quien le abrió las puertas de su casa y le ofreció de comer. Pero fue la mujer quien se encontró con Jesús, fue quien descubrió a Dios en medio de todos los comensales, en aquel hombre de nombre Jesús, y no se quedó con la visión reducida de Simón el fariseo: “Si este hombre fuera profeta”. Aquél no era un simple profeta, era Dios, y eso, sólo ella fue capaz de descubrirlo.
Aquella mujer para los criterios del mundo, para los juicios de los hombres, era una mujer de mala vida, era una señalada de la cual había que apartarse, una cualquiera; y es a ella a quien debemos decir gracias: por su mirada de fe, por su capacidad de ver a Dios en medio de los hombres, algo en lo cual nosotros estamos muy incapacitados.
Mujer anónima, que te sigues replicando a lo largo de la historia, gracias por vencer tus miedos a la sociedad, por vencer tu vergüenza ante tus pecados, por ignorar el juicio tonto y burdo, porque me dejas entender la misericordia plena de Dios que se resume en las bellas palabras que te llevaste toda la vida en tu corazón: “Tu fe te ha salvado; vete en paz”.
• Detrás de Jesús
Tú mujer, eres toda una catequesis que hemos de entender y aprender, al saber de la presencia de Jesús en tu ciudad, te encaminas presurosa, la acción de movimiento es la misa que María, presurosa, se encamina, María con Jesús en su vientre, tú en dirección de Jesús, tomas lo que tú consideras necesario: un frasco de perfume. Pero lo más importante, tu ubicación, detrás de Jesús, la cultura en el acomodo en torno a la mesa, que se semi-recostaban para comer, te permitió acercarte de manera admirable detrás de Jesús, si Jesús está delante de ti, ¿quién contra ti?
Tu estar detrás de Jesús puede tener muchos significados: la vergüenza de tus pecados, el no saberte invitada al banquete que se desarrollaba, la necesidad de esconderte de las miradas escrutadoras de los presentes. Pero todo se vio superado por la misericordia. No obstante tu estar detrás de Jesús, fuiste vista por todos, y la ser detectada y reconocida, señalada, pero hermoso prodigio el de Jesús que con el bello ejemplo del deudor, te devuelve la dignidad que te había quitado el pecado, al perdonarte mucho en razón de tu amor.
Esta escena te pone en primer plano quedando como secundarios todos los demás, eres la que ha amado, eres la que ha reconocido, eres la que ha sido perdonada, porque eres la única que ha tenido un verdadero encuentro con el Señor.
• Una pecadora
La palabra es lastimera: esa mujer es una pecadora. Es radical, tajante, descuartizadora, pero lo cruel no es el adjetivo calificativo que te dan, sino la crueldad con que le dicen, quienes se encuentran en iguales o peores circunstancias, todos somos pecadores, y nada nos justifica para señalar y despreciar a alguien por estar en igual condición.
El hecho de que seas una pecadora, no es lo grave, ya que tú misma lo reconoces, por eso buscas a Jesús y vas a su encuentro, porque te sabes pecadora, pero admirablemente reconoces al perdón, el cual sólo procede de Dios: “Luego le dijo a la mujer: Tus pecados te han quedado perdonados”. Terminadas de pronunciar estas palabras se exaltó la respuesta en los presentes: “¿Quién es éste, que hasta los pecados perdona?” Ingenuos ignorantes, teniendo delante de sí al perdón y la misericordia, que sólo procede de Dios, son incapaces de reconocerle, en primer lugar porque se creen buenos, no necesitados de perdón.
Tu fe mujer anónima, es la que te ha hecho ver a Dios, y con ello obtener el perdón que sólo Él nos puede dar, qué dicha la tuya, qué gran enseñanza la que nos das, gracias por tu mirada de fe.
DESDE LAS LETRAS
Las dos cosas que quiero
Señor: puedes creerme, de nada siento gana.
De aquel mundo apretado de sueños que traía
he venido matando hoy uno, y otro mañana
y el último otro día.
Perseguidos los pobres y muertos de ese modo,
unos que ya corrían y otros que eran de cuna,
Señor, puedes creerme: sin tener cosa alguna,
de nada siento gana y estoy lleno de todo.
Solamente dos cosas déjame que te pida.
Esas cosas las quiero
una para la muerte y otra para la vida:
andar tu misma cuesta, mientras fuere romero,
y, una vez en la cumbre, refugiarme en tu Herida
y que en ella me escondas como buen compañero.
Alfredo R. Placencia
PRIMERA LECTURA:
Segundo de Samuel 12, 7-10. 13
“El Señor te perdona tu pecado. No morirás”.
SEGUNDA LECTURA:
San Pablo a los gálatas 2, 16. 19-21
“Vivo, pero ya no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí”.
EVANGELIO:
San Lucas 7, 36 – 8, 3
“¿Quién es éste, que hasta los pecados perdona?”
REFLEXIONANDO LA FE...
• El remedio del pecado
Los profetas denunciaban el pecado y hacían notar su gravedad sólo para invitar más eficazmente a la conversión. En efecto, si el hombre es infiel, Dios, en cambio, es siempre fiel; el hombre desdeña el amor de Dios, pero Dios no cesa de ofrecerle este amor; todo el tiempo que el hombre es todavía capaz de retorno, le apremia Dios para que vuelva. Como en la parábola del hijo pródigo, todo está ordenado a este retorno deseado, que se daba por supuesto.
Si el pecado consiste en rechazar el amor, es claro que no se borrará, no se suprimirá, no se perdonará sino en la medida en que el hombre consienta en amar de nuevo; suponer un perdón que pueda dispensar al hombre de volver a Dios, equivaldría a querer que el hombre ame dispensándole a la vez de amar.
El amor mismo de Dios le impide por tanto no exigir este retorno. Si se proclama un Dios celoso, es que sus celos son efecto de su amor; si pretende procurar él sólo la felicidad del hombre creado a su imagen, es que sólo él puede hacerlo, aun cuando nosotros no seamos capaces de comprenderlo.
El hombre debe dejarse guiar por Dios, en dejarse amar, que renuncie a lo que constituye el fondo mismo de su pecado, por eso se dice que la nueva ley está inscrita en el corazón del hombre.
• Una mujer
El pasaje evangélico de este domingo es verdaderamente gratificante para todos los creyentes, o debería serlo, ya que nos enfrenta ante la misericordia de Dios que es infinita, por lo mismo me brota decir: Gracias a ti mujer anónima que reconociendo a Jesús y sabiendo que se haría presente en tu ciudad lo buscaste sin importar en donde estuviere.
Fue un fariseo de nombre Simón quien le abrió las puertas de su casa y le ofreció de comer. Pero fue la mujer quien se encontró con Jesús, fue quien descubrió a Dios en medio de todos los comensales, en aquel hombre de nombre Jesús, y no se quedó con la visión reducida de Simón el fariseo: “Si este hombre fuera profeta”. Aquél no era un simple profeta, era Dios, y eso, sólo ella fue capaz de descubrirlo.
Aquella mujer para los criterios del mundo, para los juicios de los hombres, era una mujer de mala vida, era una señalada de la cual había que apartarse, una cualquiera; y es a ella a quien debemos decir gracias: por su mirada de fe, por su capacidad de ver a Dios en medio de los hombres, algo en lo cual nosotros estamos muy incapacitados.
Mujer anónima, que te sigues replicando a lo largo de la historia, gracias por vencer tus miedos a la sociedad, por vencer tu vergüenza ante tus pecados, por ignorar el juicio tonto y burdo, porque me dejas entender la misericordia plena de Dios que se resume en las bellas palabras que te llevaste toda la vida en tu corazón: “Tu fe te ha salvado; vete en paz”.
• Detrás de Jesús
Tú mujer, eres toda una catequesis que hemos de entender y aprender, al saber de la presencia de Jesús en tu ciudad, te encaminas presurosa, la acción de movimiento es la misa que María, presurosa, se encamina, María con Jesús en su vientre, tú en dirección de Jesús, tomas lo que tú consideras necesario: un frasco de perfume. Pero lo más importante, tu ubicación, detrás de Jesús, la cultura en el acomodo en torno a la mesa, que se semi-recostaban para comer, te permitió acercarte de manera admirable detrás de Jesús, si Jesús está delante de ti, ¿quién contra ti?
Tu estar detrás de Jesús puede tener muchos significados: la vergüenza de tus pecados, el no saberte invitada al banquete que se desarrollaba, la necesidad de esconderte de las miradas escrutadoras de los presentes. Pero todo se vio superado por la misericordia. No obstante tu estar detrás de Jesús, fuiste vista por todos, y la ser detectada y reconocida, señalada, pero hermoso prodigio el de Jesús que con el bello ejemplo del deudor, te devuelve la dignidad que te había quitado el pecado, al perdonarte mucho en razón de tu amor.
Esta escena te pone en primer plano quedando como secundarios todos los demás, eres la que ha amado, eres la que ha reconocido, eres la que ha sido perdonada, porque eres la única que ha tenido un verdadero encuentro con el Señor.
• Una pecadora
La palabra es lastimera: esa mujer es una pecadora. Es radical, tajante, descuartizadora, pero lo cruel no es el adjetivo calificativo que te dan, sino la crueldad con que le dicen, quienes se encuentran en iguales o peores circunstancias, todos somos pecadores, y nada nos justifica para señalar y despreciar a alguien por estar en igual condición.
El hecho de que seas una pecadora, no es lo grave, ya que tú misma lo reconoces, por eso buscas a Jesús y vas a su encuentro, porque te sabes pecadora, pero admirablemente reconoces al perdón, el cual sólo procede de Dios: “Luego le dijo a la mujer: Tus pecados te han quedado perdonados”. Terminadas de pronunciar estas palabras se exaltó la respuesta en los presentes: “¿Quién es éste, que hasta los pecados perdona?” Ingenuos ignorantes, teniendo delante de sí al perdón y la misericordia, que sólo procede de Dios, son incapaces de reconocerle, en primer lugar porque se creen buenos, no necesitados de perdón.
Tu fe mujer anónima, es la que te ha hecho ver a Dios, y con ello obtener el perdón que sólo Él nos puede dar, qué dicha la tuya, qué gran enseñanza la que nos das, gracias por tu mirada de fe.
DESDE LAS LETRAS
Las dos cosas que quiero
Señor: puedes creerme, de nada siento gana.
De aquel mundo apretado de sueños que traía
he venido matando hoy uno, y otro mañana
y el último otro día.
Perseguidos los pobres y muertos de ese modo,
unos que ya corrían y otros que eran de cuna,
Señor, puedes creerme: sin tener cosa alguna,
de nada siento gana y estoy lleno de todo.
Solamente dos cosas déjame que te pida.
Esas cosas las quiero
una para la muerte y otra para la vida:
andar tu misma cuesta, mientras fuere romero,
y, una vez en la cumbre, refugiarme en tu Herida
y que en ella me escondas como buen compañero.
Alfredo R. Placencia