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Si ellos callaran, gritarían las piedras
Los niños, los humildes, la gente sencilla, sí reconocieron en Él al Mesías
Tanto esperar, tanto soñar en el rey que habría de llegar... para nada. Cuando llegó, su entrada triunfal por las puertas de Jerusalén, la ciudad de David, no les agradó. No podían aceptar como rey a un hombre humilde, montado en un asno.
Los niños, los humildes, la gente sencilla, sí reconocieron en Él al Mesías, al rey esperado y anunciado. Inmensa muchedumbre lo recibió levantando en las manos palmas y ramos de olivo, tirando a su paso sus mantos gritando con toda la fuerza de su pecho: "¡Hosanna al hijo de David! ¡Hosanna al que viene en nombre del Señor, al hijo de Dios, al rey de Israel!". Pero los que no cantaban, los que no lanzaban gritos de júbilo, eran los fariseos, los escribas, los sacerdotes judíos, encastillados en su soberbia. Creían -aunque se engañaban a sí mismos- que ellos eran los únicos sabios, los santos, los auténticos guías del pueblo. Era imposible para ellos aceptar como rey, como Mesías, a este galileo. A como diera lugar, debían hacerlo desaparecer.
Por lo pronto urgía callar a la multitud. Por eso fueron falsos amantes del orden a pedirle a Jesús: "Maestro, ¿no oyes lo que están clamando? ¡que eres el rey! ¡Diles que ya no griten, que ya...!"
Jesús -que había ocultado su identidad porque aún no había llegado su hora- en ese momento se manifestó. Desde entonces, y después desde la cruz, todos los hombres de todos los siglos supieron que era el anunciado, el esperado, el rey, el descendiente de David, el Mesías, el salvador, el redentor, el liberador. "Les aseguro que si ellos callaran, gritarían las piedras", así les contestó.
Por amor ha subido a Jerusalén; por amor va a despedirse de sus discípulos en una memorable última cena, y por ahora deja los dos grandes regalos para ellos y para la humanidad: se quedará como regalo de amor en el "Pan vivo" bajado del cielo. "Este es mi cuerpo".
"Este es el cáliz de mi sangre, que será derramada por ustedes y por todos para el perdón de los pecados" y hará perpetuo su regalo al conferir el poder a los once apóstoles.
La fe sencilla del pueblo sí aceptó que había llegado el verdadero liberador, el designio divino de salvación. El hombre siempre ha vivido con la ilusión de ser libre. Pero la verdadera libertad, la interior, la más importante , no se alcanza con el sólo esfuerzo de la inteligencia o la voluntad.
Triunfante llega el rey pacífico, el único liberador; el único capaz de romper con el amor, la misericordia, el perdón y la gracia, las cadenas interiores.
Jesús vino gloriosamente en su entrada triunfal, para esperar el viernes y darnos así la libertad, la entera libertad.
¡Cristo, rey pacífico, gran libertador!
José Rosario Ramírez
Calvos de orgullo
A medida que nos acercamos a los días en los que el tema de la pasión de Cristo se hace un tópico obligatorio, se vuelve a debatir acerca de qué fue lo que llevó a Cristo a la cruz, en aquella colina de las afueras de Jerusalén. Lo obvio, es decir que se trató de una conspiración de las autoridades religiosas de Israel, con la complacencia de los romanos; una teoría más sofisticada, pensaría que se trató de una grave confusión en la mente de Judas, quien asumió que al entregar a su Maestro, forzaría las circunstancias para que Jesús usara su poder para defenderse, y así comenzara una lucha que devolviera su libertad a Israel.
Mi pensamiento se acerca a lo que podemos observar que sucedió con la gente de Jerusalén, y muchos de los viajeros que habían subido para celebrar la Pascua en la capital: apenas unos días antes, habían aclamado a Jesús como su Mesías, y le había recibido con alabanzas, a medida que entraba a Jerusalén, pero ahora, a gritos, pedían que fuera crucificado. ¿Cuándo se operó el cambio en su manera de pensar?
La clave está al considerar en la clase de rey que el pueblo esperaba: un rey que les salvara, principalmente del yugo opresor de los romanos, y que devolviera su grandeza a la nación. La esperanza de muchos que aclamaron a Jesús, cuando entró a Jerusalén, era que el líder se levantara cada vez más abiertamente contra los que consideraban que eran los enemigos de Israel, pero contrariamente a eso, lo que Jesús hizo fue atacar abiertamente a los dirigentes de los judíos, principalmente a quienes gobernaban sobre el sistema religioso, clave en Israel.
Pero Jesús no quedó ahí: inició una depuración en el Templo, lo que afectó los intereses económicos de una gran cantidad de personas, que se beneficiaban de la economía que se producía en el lugar, y que vieron al Maestro ser cada vez más radical en sus palabras. Entonces lo desecharon. Querían un rey que les salvara, y no un rey que les confrontara, por eso dijeron: "No tenemos otro rey que César". Prefirieron a cualquier otro rey, que a Jesús.
Ángel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com
Una oración
Bendito eres Jesús que vienes a mi vida enviado desde el cielo por nuestro Padre Dios para darnos la salvación, la vida y el amor con todos los bienes que conlleva.
Yo quiero abrir mi corazón y hacerte espacio para que reines en todo mi ser y me ilumine tu luz.
Entonces, cuando la fe brille radiante en mí, Podré decirte con toda mi alegría: Bendito Tú Señor que vienes del cielo en nombre de mi Dios
María Belén Sánchez, fsp
Los niños, los humildes, la gente sencilla, sí reconocieron en Él al Mesías, al rey esperado y anunciado. Inmensa muchedumbre lo recibió levantando en las manos palmas y ramos de olivo, tirando a su paso sus mantos gritando con toda la fuerza de su pecho: "¡Hosanna al hijo de David! ¡Hosanna al que viene en nombre del Señor, al hijo de Dios, al rey de Israel!". Pero los que no cantaban, los que no lanzaban gritos de júbilo, eran los fariseos, los escribas, los sacerdotes judíos, encastillados en su soberbia. Creían -aunque se engañaban a sí mismos- que ellos eran los únicos sabios, los santos, los auténticos guías del pueblo. Era imposible para ellos aceptar como rey, como Mesías, a este galileo. A como diera lugar, debían hacerlo desaparecer.
Por lo pronto urgía callar a la multitud. Por eso fueron falsos amantes del orden a pedirle a Jesús: "Maestro, ¿no oyes lo que están clamando? ¡que eres el rey! ¡Diles que ya no griten, que ya...!"
Jesús -que había ocultado su identidad porque aún no había llegado su hora- en ese momento se manifestó. Desde entonces, y después desde la cruz, todos los hombres de todos los siglos supieron que era el anunciado, el esperado, el rey, el descendiente de David, el Mesías, el salvador, el redentor, el liberador. "Les aseguro que si ellos callaran, gritarían las piedras", así les contestó.
Por amor ha subido a Jerusalén; por amor va a despedirse de sus discípulos en una memorable última cena, y por ahora deja los dos grandes regalos para ellos y para la humanidad: se quedará como regalo de amor en el "Pan vivo" bajado del cielo. "Este es mi cuerpo".
"Este es el cáliz de mi sangre, que será derramada por ustedes y por todos para el perdón de los pecados" y hará perpetuo su regalo al conferir el poder a los once apóstoles.
La fe sencilla del pueblo sí aceptó que había llegado el verdadero liberador, el designio divino de salvación. El hombre siempre ha vivido con la ilusión de ser libre. Pero la verdadera libertad, la interior, la más importante , no se alcanza con el sólo esfuerzo de la inteligencia o la voluntad.
Triunfante llega el rey pacífico, el único liberador; el único capaz de romper con el amor, la misericordia, el perdón y la gracia, las cadenas interiores.
Jesús vino gloriosamente en su entrada triunfal, para esperar el viernes y darnos así la libertad, la entera libertad.
¡Cristo, rey pacífico, gran libertador!
José Rosario Ramírez
Calvos de orgullo
A medida que nos acercamos a los días en los que el tema de la pasión de Cristo se hace un tópico obligatorio, se vuelve a debatir acerca de qué fue lo que llevó a Cristo a la cruz, en aquella colina de las afueras de Jerusalén. Lo obvio, es decir que se trató de una conspiración de las autoridades religiosas de Israel, con la complacencia de los romanos; una teoría más sofisticada, pensaría que se trató de una grave confusión en la mente de Judas, quien asumió que al entregar a su Maestro, forzaría las circunstancias para que Jesús usara su poder para defenderse, y así comenzara una lucha que devolviera su libertad a Israel.
Mi pensamiento se acerca a lo que podemos observar que sucedió con la gente de Jerusalén, y muchos de los viajeros que habían subido para celebrar la Pascua en la capital: apenas unos días antes, habían aclamado a Jesús como su Mesías, y le había recibido con alabanzas, a medida que entraba a Jerusalén, pero ahora, a gritos, pedían que fuera crucificado. ¿Cuándo se operó el cambio en su manera de pensar?
La clave está al considerar en la clase de rey que el pueblo esperaba: un rey que les salvara, principalmente del yugo opresor de los romanos, y que devolviera su grandeza a la nación. La esperanza de muchos que aclamaron a Jesús, cuando entró a Jerusalén, era que el líder se levantara cada vez más abiertamente contra los que consideraban que eran los enemigos de Israel, pero contrariamente a eso, lo que Jesús hizo fue atacar abiertamente a los dirigentes de los judíos, principalmente a quienes gobernaban sobre el sistema religioso, clave en Israel.
Pero Jesús no quedó ahí: inició una depuración en el Templo, lo que afectó los intereses económicos de una gran cantidad de personas, que se beneficiaban de la economía que se producía en el lugar, y que vieron al Maestro ser cada vez más radical en sus palabras. Entonces lo desecharon. Querían un rey que les salvara, y no un rey que les confrontara, por eso dijeron: "No tenemos otro rey que César". Prefirieron a cualquier otro rey, que a Jesús.
Ángel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com
Una oración
Bendito eres Jesús que vienes a mi vida enviado desde el cielo por nuestro Padre Dios para darnos la salvación, la vida y el amor con todos los bienes que conlleva.
Yo quiero abrir mi corazón y hacerte espacio para que reines en todo mi ser y me ilumine tu luz.
Entonces, cuando la fe brille radiante en mí, Podré decirte con toda mi alegría: Bendito Tú Señor que vienes del cielo en nombre de mi Dios
María Belén Sánchez, fsp