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Para servir a Dios, se necesita de Dios
El cristiano, como los apóstoles, se siente siervo inútil si no cuenta con el auxilio divino
GUADALAJARA, JALISCO (06/OCT/2013).- Los 12 discípulos fueron capaces de dejar su casa, su familia, su trabajo porque ya creían. Ya tenían fe y les dio fortaleza. No volverían a sus barcas; sus manos no tirarían de las redes en el Lago de Tiberíades, ni Leví haría sonar las monedas en su telonio de cobrador de impuestos.
Creían, pero querían más. Habían probado otros manjares. Iban por nuevas conquistas; sentían que estaban comprometidos en esa campaña de dejar en la tierra un reino para la salvación de los todos los hombres.
Su maestro era el mesías esperado por siglos, y ellos eran testigos muy cercanos a él, de que el mensaje, la buena nueva, no sólo era para los judíos, sino para todos los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares.
Pequeños, insignificantes se sentían ante la magnitud de la empresa en la que ya estaban metidos hasta el cuello. Querían ser más y con humildad rogaron: “Señor, auméntanos la fe”.
Para servir a Dios, se necesitaba de Dios. El cristiano, como los apóstoles, se siente siervo inútil si no cuenta con el auxilio divino.
Perseverar en la fe es una gracia de Dios. De continuo Dios asiste a quien con humildad le pide, y más todavía cuando lo que pide no son los bienes materiales, sino el aumento de la fe.
El cristiano —para resistir las tentaciones— necesita ser fuerte en la fe.
Una súplica diaria, singularmente en las horas de crisis, de sufrimiento, ha de ser como la de los apóstoles: “Señor, auméntanos la fe”.
José R. Ramírez M.
LA PALABRA DE DIOS
• Primera lectura:
Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4
“El malvado sucumbirá sin remedio; el justo, en cambio, vivirá por su fe”.
• Segunda lectura:
San Pablo a Timoteo 1, 6-8. 13-14
“No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor”.
• Evangelio:
San Lucas 17, 5-10
“Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decir a ese árbol frondoso: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, y los obedecería”
• Reforestando el mar
Hay imágenes que se quedan plasmadas en nuestra mente por toda la vida, algunas por su extraordinaria belleza, otras por los recuerdos que nos evocan, e incluso por la desgracia que representan o el horror que nos evocan, pero toda ellas tendrán un significado en nuestras vidas.
Otras imágenes, sin haberlas visto jamás, las hemos recreado con nuestra imaginación y con formas de igual manera una serie de significados en nuestras vidas.
Por eso es totalmente significativo, que Jesús a sus discípulos les recree la imagen de un árbol volador que se mueve por razón de su fe y se planta magnánimo en el mar. Lo extraordinario no está en las dimensiones del mismo, ni en el vaivén del mar, sino en lo que verdaderamente significa tener fe.
La fe como significado refleja la complejidad de su raíz, que evoca la solidez, la seguridad y la confianza. Pero como significante es, o debiera ser, la fuente de toda vida religiosa, es la respuesta a los designios de Dios, es la manera de vivir, es la expresión más pura del hombre, que se manifiesta con solidez, seguridad y confianza.
La fe no es sólo un significado para analizar, es una vida para vivir, la fe no es para bien morir, es para bien vivir. Es aquella que convierte en obras verdaderamente significantes todas nuestras acciones, cuando se ejecutan desde la paciencia, la perseverancia y el auténtico trabajo por el Reino de Dios.
No se trata de reforestar el mar, moviendo árboles a diestra y siniestra, para demostrar nuestra fe, sino ser conscientes de que la fe implica ser vivida, en paciencia, perseverancia y trabajo: “Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decir a ese árbol frondoso: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, y los obedecería”.
Creían, pero querían más. Habían probado otros manjares. Iban por nuevas conquistas; sentían que estaban comprometidos en esa campaña de dejar en la tierra un reino para la salvación de los todos los hombres.
Su maestro era el mesías esperado por siglos, y ellos eran testigos muy cercanos a él, de que el mensaje, la buena nueva, no sólo era para los judíos, sino para todos los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares.
Pequeños, insignificantes se sentían ante la magnitud de la empresa en la que ya estaban metidos hasta el cuello. Querían ser más y con humildad rogaron: “Señor, auméntanos la fe”.
Para servir a Dios, se necesitaba de Dios. El cristiano, como los apóstoles, se siente siervo inútil si no cuenta con el auxilio divino.
Perseverar en la fe es una gracia de Dios. De continuo Dios asiste a quien con humildad le pide, y más todavía cuando lo que pide no son los bienes materiales, sino el aumento de la fe.
El cristiano —para resistir las tentaciones— necesita ser fuerte en la fe.
Una súplica diaria, singularmente en las horas de crisis, de sufrimiento, ha de ser como la de los apóstoles: “Señor, auméntanos la fe”.
José R. Ramírez M.
LA PALABRA DE DIOS
• Primera lectura:
Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4
“El malvado sucumbirá sin remedio; el justo, en cambio, vivirá por su fe”.
• Segunda lectura:
San Pablo a Timoteo 1, 6-8. 13-14
“No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor”.
• Evangelio:
San Lucas 17, 5-10
“Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decir a ese árbol frondoso: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, y los obedecería”
• Reforestando el mar
Hay imágenes que se quedan plasmadas en nuestra mente por toda la vida, algunas por su extraordinaria belleza, otras por los recuerdos que nos evocan, e incluso por la desgracia que representan o el horror que nos evocan, pero toda ellas tendrán un significado en nuestras vidas.
Otras imágenes, sin haberlas visto jamás, las hemos recreado con nuestra imaginación y con formas de igual manera una serie de significados en nuestras vidas.
Por eso es totalmente significativo, que Jesús a sus discípulos les recree la imagen de un árbol volador que se mueve por razón de su fe y se planta magnánimo en el mar. Lo extraordinario no está en las dimensiones del mismo, ni en el vaivén del mar, sino en lo que verdaderamente significa tener fe.
La fe como significado refleja la complejidad de su raíz, que evoca la solidez, la seguridad y la confianza. Pero como significante es, o debiera ser, la fuente de toda vida religiosa, es la respuesta a los designios de Dios, es la manera de vivir, es la expresión más pura del hombre, que se manifiesta con solidez, seguridad y confianza.
La fe no es sólo un significado para analizar, es una vida para vivir, la fe no es para bien morir, es para bien vivir. Es aquella que convierte en obras verdaderamente significantes todas nuestras acciones, cuando se ejecutan desde la paciencia, la perseverancia y el auténtico trabajo por el Reino de Dios.
No se trata de reforestar el mar, moviendo árboles a diestra y siniestra, para demostrar nuestra fe, sino ser conscientes de que la fe implica ser vivida, en paciencia, perseverancia y trabajo: “Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decir a ese árbol frondoso: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, y los obedecería”.