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Nueva ley para el Nuevo Reino

Es solemne el comienzo de la predicación de Jesús el Hijo de Dios

 Es solemne el comienzo de la predicación de Jesús el Hijo de Dios.

Han llegado el día y la hora de proclamar y promulgar.

Proclamar la Buena Nueva: buena porque viene de Dios, y cuanto viene de Dios es bueno; nueva porque nunca antes había sido dada a la humanidad.

Los profetas sólo anunciaban ese advenimiento, mas ellos ya quedaron atrás, hasta el último, Juan el Bautista.
Ahora el Padre mismo habla por boca de su Hijo, que ha venido a traer el fuego del amor, a proclamar el amor del Padre y el mensaje de salvación para todos los hombres.

Promulgar la nueva ley: Alguien escribió una frase un tanto atrevida: El decálogo da los señalamientos para ser hombres buenos, y el Sermón de la Montaña marca ocho senderos para escalar a la cumbre de la santidad.

El Sermón de la Montaña

Escenario para la promulgación dfe la antigua ley fue el Monte Sinaí.
La montaña es ahora escogida por Cristo como lugar preferido. Hay una preferencia, las cumbres, para los momentos grandes en la vida del Señor.

Le fue siempre grato al Señor subir a lo alto de los montes, para elevarse en oración con su Padre; en un monte se transfiguró, dejó ver la majestad divina en la pequeñez humana, ante los tres azorados testigos, y la voz del Padre y el Espíritu Santo en la nube luminosa fue la teofanía o manifestación.
Y un monte, el Calvario o de la Calavera, fue el escenario de la oblación suprema.

Bienaventurados, felices, dichosos

Estos tres vocablos son sinónimos, mas por tradición de siglos se le ha llamado a este discurso de Cristo el Sermón de las Bienaventuranzas.

Ocho refiere San Marcos y San Lucas presenta el mismo tema en dos partes: cuatro positivas y cuatro negativas, para dejar de manifiesto el blanco de contradicción de siempre.

Cristo invita a todos a ser felices. Bienaventurado es quien ha salido bien de una aventura; por ejemplo, se hizo a la mar, sobrellevó tempestades, mareos, peligros y piratas, mas por fin llegó al puerto deseado. Le fue bien en la aventura.
La vida es una gran aventura. Son estas ocho bienaventuranzas, ocho distintas maneras para ir más allá de esas locuras de poder, de dinero, de esas fuugaces atracciones engañosas del mundo.
Son ocho caminos abiertos a Dios, para vivir con los bienes de la tierra sin apegar el corazón, sin especular, sólo con el bienestar terrestre.

Las bienaventuranzas son:

Cumbre, porque son un ideal, una apertura a Dios y a los hombres en una sabia forma de valorar todo con nueva mirada.
Pluralismo, porque son distintas maneras de comunicar según los propios carismas.
Antipoder, porque ofrece un orden mayor distinto y superior a todos los planes de los hombres; son, cada una, una paradoja, un aparente contrasentido.
Mas quienes las han vivido allí han encontrado la felicidad buscada, son el antipoder frente a las aspiraciones de muchos.

Jesús comenzó a enseñarles y dijo:

“Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos”.
Llama felices, dichosos, a los que tienen alma de pobres. Tengan o no tengan bienes materiales, la pobreza de espíritu es una disposición interior del alma y del espíritu.
Si no se apega, si se despoja de toda servidumbre, así de lo material como de otros atractivos, entonces es pobre.
Es una libertad interior. San Antonio Abad regaló todas sus tierras, mas fue verdaderamente pobre cuando se despojó de sus pasiones, su egoísmo.
“Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados”.

Llorar, pero de pena, de compasión al sentir las desgracias ajenas. Sufrir por los sufrimientos de los golpeados por la vida. “¿Quién se enferma sin que yo no me enferme con él?” (2a. Cor. 11, 29) Así sentía San Pablo.
Llorar porque, peregrinos todavía, es seguir las huellas de Cristo en el que es la Cabeza, y en el cuerpo a todos los que sufren.
“Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra”.

Éstos no son los que se rinden la maldad, ni los que no se rebelan contra el mal, sino los que luchan contra el mal viviendo, practicando, el bien.
No los débiles, no los impotentes para combatir en la vida, sino los valientes que no ponen violencia contra la violencia.
“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados”.
En este siglo XXI cada día crece el anhelo de justicia. Mas se olvida que debe ser obra de todos.

Así como el amor se alimenta de amor, la justicia se alimenta de justicia. La justicia ha de empezar por sí mismo. No se puede exigir justicia si no se aplica la justicia en su propia persona. “Si la justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarás en el Reino de los Cielos” (Mateo 5, 20).

“Bienaventurados los misericordiosos porque obtendrán misericordia”. El cristiano ha de ser íntegro con el íntegro, limpio con el limpio, misericordioso con todos. Con la medida con que mides serás medido. Comprensión es no juzgar, no condenar.

“Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. Esta limpieza es la rectitud del corazón, es la sinceridad para ver todo con buenos ojos, sin malicia.

“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque se llaman hijos de Dios”. Si viven el amor, si luchan por la justicia, entonces serán artífices de la paz. La paz no se obtiene con las solas potencias del mundo. Ejemplo: el mundo de hoy.
“Bienaventurados los perseguidos por la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Es un camino para los valientes. Es el glorioso ejército de los mártires en seguimiento de Cristo. También los mártires con su derramamiento de sangre, con un martirio oculto, sólo visto por los ojos de Dios.
José R. Ramírez Mercado

El cristianismo, ¿una paradoja?

Es una realidad que a últimas fechas ha crecido la tendencia entre muchos bautizados, que dicen profesar la fe en Jesucristo, a desvirtuar tanto esa fe como la misma imagen de Él, como producto ello de una errónea interpretación de las Sagradas Escrituras, más específicamente del Nuevo Testamento.
Nos referimos a la “desbalanceada” --por así decirlo-- manera de visualizar a Jesús y a su obra , dado que lo exaltan de manera preponderante y por demás espectacular, viéndolo y presentándolo como un Dios triunfalista, y minimizando de manera simplista la humanidad de nuestro Salvador, quien, como lo creemos, es verdadero Dios, pero también verdadero y perfecto hombre.

La mayoría de los predicadores de diferentes denominaciones cristianas, e incluso algunos católicos --los menos, pero los hay--, al proclamar la Palabra de Dios resaltan en demasía --en relación a la verdad plena sobre Él-- su vida y sus actos, sus milagros, las sanaciones de enfermos, las liberaciones de oprimidos y poseídos por espíritus malignos, la resurrección de personas fallecidas y, desde luego, la propia Resurrección de Jesús. Ello, obviamente, lleva a sus escuchas, seguidores y miembros de grupo a creer de manera distorsionada, por parcial e incompleta, en el ser y quehacer de Jesús de Nazaret.

Ya que, por lo demás, suelen soslayar la real y plena humanidad de nuestro Redentor, subestimando todo lo que como hombre tuvo que enfrentar, como fue el rechazo: “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron” (Jn 1, 11); las tentaciones: “Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio”; las persecuciones: “El Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”; el sufrimiento: “Y (Jesucristo) por haber experimentado personalmente la prueba y el sufrimiento, Él puede ayudar a aquellos que están sometidos a la prueba” (Heb 2, 18); el abandono: “Jesús exclamó en alta voz: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”; la muerte: Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu (Mt 27, 50).

Con esto no queremos decir que sus milagros y maravillas realizados, y su misma Resurrección, no sean importantes, valiosos y definitivos en su obra salvadora; por el contrario, precisamente la Resurrección de Jesús es la culminación de esa obra, la manifestación más grande del amor y el poder del Padre; lo importante es no “fragmentar” la realidad de su persona humana,su vida y su obra, y asumir que el ser cristiano, seguidor de Cristo, implica estar dispuesto a aceptar y vivir todo lo que Él vivió y experimentó y se presente en nuestra propia vida. Él mismo lo sentenció: “El servidor no es más grande que su señor. Si me persiguieron a Mí, también los perseguirán a ustedes...” (Jn 15, 20). Así pues, podríamos concluir que “sin cruz no hay Cristianismo”, y que “sin muerte no hay Resurrección”.

Todo esto, para el mundo y tristemente para muchos que afirman ser cristianos y por ello viven una fe “light” --o sea ligera, superficial, sin un compromiso serio--, es una paradoja; es decir, de acuerdo al diccionario, “una especie extraña u opuesta a la común opinión y al sentir de los hombres”. Pero lo es precisamente para aquellos cuya fe no es profunda y bien arraigada, dado que si ahondamos en la Palabra de Dios y en la doctrina de Jesús, así como en la doctrina de la Iglesia, nos daremos cuenta de que, como afirma el Señor mismo a través del profeta Isaías: “los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos” (Is 55, 8).

Y justamente la verdadera fe consiste no nada más en creer en Dios, sino también en creerle a Él, a lo que nos dice a través de Su Palabra y del Magisterio de la Iglesia, así como, sobre la base de ese creer, confiar en Él, obedecerle y depender de Él.

Con esta breve reflexión podremos comprender y aceptar más las sentencias de Jesús conocidas como Bienaventurnzas, que el pasaje del Evangelio de este día nos recuerda, y en especial con las que culmina: “Felices ustedes cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo” (Mt 5, 11-12).

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx

¿Bienaventuranzas?


 Uno de los discursos más conocidos y recordados de Jesucristo, es aquel que dio en una montaña, razón por la cual se le llegó a conocer como “El Sermón del monte”. Esas palabras quedaron registradas en el evangelio de San Mateo 5, 1-12, y han sido ampliamente difundidas por el mundo cristiano; sin duda que se trata de uno de los discursos más revolucionarios que se hayan predicado en este planeta.

Podría considerarse que este sermón se definiría usando las expresiones “todo el mundo dice que... pero en cambio yo digo que...”, ya que este mensaje contrasta poderosamente con algunas ideas que los hombres defienden hasta el día de hoy. Veamos algunos ejemplos.

Jesús dijo “dichosos los pobres en espíritu porque de ellos es el reino de los cielos”, pero ¿qué significa ser pobre en espíritu?; básicamente se trata de una persona totalmente humilde ante Dios, alguien que reconoce que no tiene mérito alguno para poder presentarse delante del Señor. Esta idea no es popular, porque aunque la mayoría de las personas podría estar de acuerdo con la idea de que no tenemos méritos para esperar el favor de Dios, en el fondo una inmensa mayoría cree que, de alguna manera, puede aportar un poco para merecer las mercedes de Dios.

Baste el ejemplo tan común de aquellos que, para justificarse, dicen “yo no robo, no mato, no le hago mal a nadie”. Parece que eso es suficiente para no estar mal delante de Dios; sin embargo, Jesús reconoce como dichosos a los que se consideran en bancarrota espiritual y por eso son humildes ante Dios.
A ellos les pertenece el reino de los cielos.

Otra frase de Jesús es “dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados”. Para la gente de hoy, llorar es poco deseable, bajo casi cualquier circunstancia, porque es sinónimo de tristeza, necesidad o problemas, pero las palabras de Jesús se dirigían a llorar por aquello que quebranta el corazón de Dios. No se trata de llorar por vivir permanente en un cuadro depresivo, sino más bien lamentarse por lo que sucede a nuestro alrededor y que lastima a Dios. Jesús una vez lloró en las afueras de Jerusalén, al darse cuenta de que toda esa gente había cerrado su corazón a Dios, de tal manera que no se estaban dando cuenta de que Dios mismo les estaba visitando.

Seguramente Jesús sigue llorando cuando mira ciudades en el mundo, donde la gente simple y sencillamente se ha olvidado de Dios. Lo más trágico es que incluso puede tratarse de ciudades muy religiosas, en las que la gente es muy devota, pero su manera de vivir contradice lo que profesan como religión. Lo que sucede en las calles y en los hogares, va en contra de lo que se les enseña los domingos en las reuniones religiosas.
Hay mucho más que profundizar, pero quiero mencionar sólo un ejemplo más. Jesús dijo: “Dichosos ustedes cuando los insulten y los persigan y los calumnien de cualquier modo por mi causa”. ¿Qué significa esto? Es una manera de describir lo que sucedió con muchos de los creyentes cuya historia está relatada en el libro de los Hechos de los Apóstoles, o de quienes se habla en las cartas de San Pablo. Muchos de estos hombres y mujoeres fueron perseguidos, rechazados y aún asesinados, por el simple hecho de ser cristianos.

Esto es algo que sigue sucediendo en diversas partes del mundo, pero que también tiene relevancia para aquellos creyentes que vivimos en una ciudad como la nuestra, en donde pocos son perseguidos por su fe. ¿Cuál sería entonces su equivalente? Es sencillo. Se trata de considerarnos dichosos si somos rechazados y criticados por no hacer lo que todos hacen, y no participar en lo malo que se acepta tan ampliamente. Si no mientes en la oficina con todos, y por eso te segregan, eres dichoso ante Dios; si te niegas a adulterar informes en el trabajo y por ello los demás son evidenciados o no pueden hacer trampa, y te critican o hasta amenazan, eres dichoso ante Dios; si inculcas en tus hijos los valores de la Biblia, y por ello los acusan de intolerantes u otras cosas, eres dichoso ante Dios. Esto no es popular, pero es considerado como digno, ante los ojos de Dios.

Angel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com

Exorcismo en el siglo 21
Primera parte


 Para hablar de exorcismo es necesario aclarar, primero, lo que es la posesión demoníaca. Ésta se entiende como “el control interno por el demonio de las acciones del cuerpo de un ser humano”. Sin embargo, aún si una persona es poseída por el mismísimo Diablo, la libertad de su alma permanece. Una característica que tiene la posesión, es que puede ser continua o intermitente y que la víctima no siempre es culpable de la posesión. Así que para comenzar, todos --los católicos-- aceptamos la existencia de Satanás, pues su negación le da fortaleza, y en consecuencia, aceptamos que la posesión diabólica es un fenómeno real. Una vez aceptado esto, definimos el exorcismo como “una antigua y particular forma de oración que hace un ministro ordenado de la Iglesia, en nombre de Jesucristo y por el poder que Jesucristo ha otorgado a su Iglesia para liberar del poder de Satanás”. Por lo tanto no es oración personal sino de la Iglesia.

Por otro lado, el Catecismo de la Iglesia Católica (1673) nos enseña que “Cuando la Iglesia pide públicamente y con autoridad, en nombre de Jesucristo, que una persona o un objeto sea protegido contra las asechanzas del maligno y sustraída a su dominio, se habla de exorcismo. Jesús lo practicó (Mc 1, 25 ss), de Él tiene la Iglesia el poder y el oficio de exorcizar”. Y es importante hacer notar que, según el Padre Amorth, exorcista de Roma, el poder de expulsar demonios que Jesucristo confirió a todos los creyentes conserva toda validez. Es un poder general basado en la fe y en la oración, y puede ser ejercido por individuos o comunidades sin ninguna autorización de la autoridad eclesiástica. Sin embargo, en este caso se trata de plegarias de liberación y no se deben llamar exorcismos. Solamente el sacerdote autorizado, además del obispo exorcizante, corresponde el nombre de exorcista. Incluso en algunas diócesis hay laicos que han sido preparados para el ministerio de liberación (no exorcismo) bajo la dirección de un sacerdote. La liberación es oración para liberar de la opresión del demonio, pero sin utilizar el rito de exorcismo. La liberación es oración para liberar de la opresión del demonio pero sin utilizar el rito de exorcismo. Nadie puede ni debe ejercer este ministerio sin autorización de la Iglesia.

Actualmente muchas personas viven una fe supersticiosa y tienden a no hacerse responsables de sus actos; no saben afrontar el sufrimiento y atribuyen todo trastorno físico o espiritual a la acción de un demonio, pues la mentalidad popular ha exagerado los poderes de Satanás, que son los de un ángel común. Frecuentemente el remedio es una verdadera y sincera confesión. Para defenderse del mal en la vida diaria basta con ser coherentes con el Evangelio, no tener miedo de testimoniar la propia fe y cuidar la propia relación con Dios. A veces es Dios mismo quien permite que algunos sean mortificados u obsesionados como ha sido el caso de algunos santos. Pero en ellos nos hallamos ante planes divinos para nosotros impenetrables.

Pero ¿qué sabe la ciencia sobre este fenómeno? Desde un punto de vista médico, la posesión por espíritus o la posesión demoníaca está considerada un trastorno de identidad disociativo (caracterizado por la existencia de una o más identidades o personalidades de un individuo, cada una con su propio patrón de percibir y actuar con el ambiente), y ha sido descrita como la creencia del paciente de estar poseído por una divinidad o demonio, y de obrar bajo su control. En el pasado, diversos estudios médicos han analizado la posesión. El primero fue realizado en 1791 por Eberhar Gmelin, y consistió en el análisis de una paciente que hablaba alemán y francés, sin que existiera manera alguna de que hubiese aprendido el francés. En 1890, el psicólogo y neurólogo Pierre Janet publicó sus descubrimientos sobre un individuo supuestamente poseído por el demonio, que fue curado mediante hipnosis.

 En 1895, Joseph Breuer, en colaboración con Sigmund Freud, publicó Estudios Sobre la Histeria, basándose en el caso de Anna O, una joven con personalidad múltiple que hablaba lenguas extranjeras. Desde estos análisis científicos, muchos otros se han ido realizando a lo largo de la historia y todos los resultados parecen coincidir en que la posesión es una simulación para evadir responsabilidades, que es el resultado de experiencias traumáticas, o que se trata realmente del trastorno de identidad disociativo. Continuaremos el tema la próxima semana. Que Dios nos bendiga y nos guarde.

Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara@up.edu.mx

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