Suplementos
Más allá de los regalos
-En la festividad de la Epifanía del Señor, que celebramos este domingo, es conveniente que nuestras miradas no sólo se detengan en los magos y sus ofrendas, y lo tortuoso de su viaje, y los medios para alcanzar su meta, sino de una manera muy especial dirigir nuestra mirada a Dios mismo, que se manifiesta.
SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN
¿De dónde viene Jesús?
Una y otra vez surge la cuestión sobre el origen de Jesús, la misma que pone el procurador Poncio Pilato durante el juicio: “¿De dónde eres tú?”. Sin embargo, su origen es muy claro. En el Evangelio de Juan, cuando el Señor dice: “Yo soy el pan que ha bajado del cielo”, los Judíos reaccionan murmurando: “¿Acaso éste no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir entonces: “Yo he bajado del cielo?” Y, un poco más tarde, los habitantes de Jerusalén se oponen con fuerza a la pretensión de mesianidad de Jesús, afirmando que se sabe “de dónde es éste; en cambio, cuando venga el Mesías, nadie sabrá de dónde es”.
Jesús mismo señala lo inadecuado de su pretensión de conocer su origen, y con ello ofrece una guía para saber de dónde viene: “Yo no vine por mi propia cuenta; pero el que me envió dice la verdad, y ustedes no lo conocen”. Por supuesto, Jesús era de Nazaret, nacido en Belén, ¿pero qué es lo que se sabe acerca de su verdadero origen?
Sus contemporáneos creían saberlo en cuanto conocían su familia y su pueblo. Él les alerta que su origen es otro, pues viene del Padre. La respuesta la podemos encontrar en las palabras del ángel Gabriel en la Anunciación: “El Espíritu Santo vendrá sobre tí, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios”. Es este un momento culminante, por lo que cada vez que recitamos el Credo nos inclinamos a las palabras «y por obra del Espíritu Santo, se encarnó de María Virgen».
Toda la Trinidad interactúa con María en la obra de la Encarnación, al aceptar ella ser morada de Dios. Siguiendo su ejemplo, el de una mujer humilde, también nosotros podemos recorrer nuestro camino de fe, a pesar de nuestras limitaciones, confiando en la presencia del Señor en nuestra vida.
La fuerza de lo alto es el Espíritu Santo, tal y como nos recuerdan las dos citas de la Escritura evocadas por el texto evangélico: la de la creación, renovada en Jesús, nuevo Adán, y la de la nube del éxodo, que ahora cubre la nueva tienda del encuentro, que es María.
MANIFESTACIÓN DE DIOS
La palabra Epifanía, que señala la fiesta de este día, significa manifestación, pero no es cualquier demostración o acontecimiento relevante, es la manifestación de Dios mismo a los hombres, y si hoy con toda propiedad podemos decir que los hombres, representados en los pastores, los magos y cuantos fueron a adorar a Jesús niño, son capaces de acercarse a Dios, es porque el primeramente se ha acercado a los hombres.
La iniciativa es de Dios, es el quien se ha movido para salir a nuestro encuentro, son sus pasos los que se han adelantado a los nuestros. En esta solemnidad es importante subrayar este importante movimiento de Dios, porque pareciera en medio de todas estas fiestas navideñas, que somos nosotros los que estamos en pos de Dios. El hombre no conquista a Dios, somos conquistados por Él, y es su iniciativa de manifestación la que nos permite ahora presentarnos a Dios, así como lo hicieron los magos, quienes fueron capaces de recorrer, no sin esfuerzo, su largo itinerario hacia Dios, porque Él antes tomó la iniciativa de sin dejar su condición de Dios, hacerse hombre para estar, no sólo cercano a nosotros, sino ser uno de nosotros.
LA SENCILLEZ DE DIOS
La manifestación de Dios no se fundamenta en lo ostentoso, sino en lo sencillo de todos los días, que no por eso deja de ser extraordinario: un niño nacido de una mujer, envuelto en pañales y recostado en un pesebre, quizás como miles de niños de esa época, así como muchos que en circunstancias semejantes siguen estando.
La sencillez de Dios, supera todo actuar humano, pero esto no debe privar su reconocimiento y aceptación, que Dios se nos dé en medio de la sencillez, no significa su desprecio o ignorancia, toca a nosotros, como a los magos reconocerle, y como a Dios tratarle.
La sencilla manifestación de Dios, para aquellos magos venidos de Oriente, no obstaculizó que en medio de todos esos signos, algunos ordinarios y otros extraordinarios, reconocieran con toda certeza, al rey de los judíos y que al encontrarlo se postraran en su presencia y le adoraran, la sencillez de Dios de ninguna manera debe limitar nuestra ofrenda y entrega a Dios, si le hemos reconocido en medio de nosotros, le hemos de tratar y adorar como lo que es, Dios, ese es el gran ejemplo de los magos.
EL OLVIDO DE TODO
A estos magos venidos de tierras lejanos, pudiéramos considerarlos unos olvidadizos de todo, aun aquello que en un momento parece importante, la estrella, el rey Herodes, la comodidad de sus palacios, todo eso se puede y se debe olvidar, cuando se ha encontrado lo que verdaderamente vale la pena, quien se encuentra con Dios, es capaz de dejarlo todo, y así abandonarse en Dios.
Muchos de estos acontecimientos y personajes, perdieron importancia, porque no eran el fin, la estrella deja de ser relevante, porque se pasa del signo a la realidad que significa, ya no es necesaria la estrella que nos anuncia la ubicación del niño Dios, cuando se está frente a Dios.
El signo es espectacular, una estrella que conduce, la realidad por el contrario, aparece modesta, ordinaria, una casa cualquiera, una escena común, la de una familia, entraron y vieron al niño con su madre, eso es todo, pero en eso supieron verlo todo.
Es mucho más fácil ver una estrella y quedar impresionados por su significado, que ver el cuadro tan común de la sagrada familia, pero es aquí donde entra la fe, que nos permite ver más allá de lo que nuestros ojos ven, es ir más allá de los signos. Únicamente la fe permite contemplar la gloria, la grandeza infinita que puede contenerse exclusivamente en la pequeñez, esta pequeñez no es límite sino trascendencia.
La epifanía, la manifestación del Señor, acontece en el contexto de una casa como tantas otras, donde una madre ofrece, a la mirada que se ha hecho penetrante por la fe y por la maravilla, un niño como tantos otros, y al mismo tiempo tan distinto, que obliga a ponerse de rodillas.
LA PALABRA DE DIOS
PRIMERA LECTURA:
Isaías 60, 1-6
“Levántate y resplandece, Jerusalén, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea sobre tí”.
SEGUNDA LECTURA:
San Pablo a los efesios 3, 2-3. 5-6
“Por el Evangelio, también los paganos son coherederos de la misma herencia, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Jesucristo”.
EVANGELIO:
San Mateo 2, 1-12
Unos magos de Oriente entraron en la casa y vieron al niño con María, su madre, y postrándose, lo adoraron. Le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra”.
DESDE LAS LETRAS
"Confiada, mira la luz dorada" / Liturgia de las horas
-Confiada mira la luz dorada
que a tí hoy llega, Jerusalén:
de tu Mesías ve la alborada
sobre Belén.
El mundo todo ve hoy gozoso
la luz divina sobre Israel;
la estrella muestra al prodigioso
rey Emmanuel.
Ya los tres magos, desde el Oriente,
la estrella viendo, van de ella en pos;
dan sus primicias de amor ferviente
al niño Dios.
Ofrenda de oro que es Rey declara,
incienso ofrece a Dios su olor,
predice mirra muerte preclara,
pasión, dolor.
La voz del Padre, Cristo, te llama
su predilecto, sobre el Jordán.
Dios en los hombres hoy te proclaman
valiente Juan.
Virtud divina resplandecía
del que del agua vino sacó,
cuando el anuncio de Eucaristía
Caná bebió.
A darte gloria, Señor, invita
la luz que al hombre viniste a dar,
luz que nos trae gloria infinita
de amor sin par.
¿De dónde viene Jesús?
Una y otra vez surge la cuestión sobre el origen de Jesús, la misma que pone el procurador Poncio Pilato durante el juicio: “¿De dónde eres tú?”. Sin embargo, su origen es muy claro. En el Evangelio de Juan, cuando el Señor dice: “Yo soy el pan que ha bajado del cielo”, los Judíos reaccionan murmurando: “¿Acaso éste no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir entonces: “Yo he bajado del cielo?” Y, un poco más tarde, los habitantes de Jerusalén se oponen con fuerza a la pretensión de mesianidad de Jesús, afirmando que se sabe “de dónde es éste; en cambio, cuando venga el Mesías, nadie sabrá de dónde es”.
Jesús mismo señala lo inadecuado de su pretensión de conocer su origen, y con ello ofrece una guía para saber de dónde viene: “Yo no vine por mi propia cuenta; pero el que me envió dice la verdad, y ustedes no lo conocen”. Por supuesto, Jesús era de Nazaret, nacido en Belén, ¿pero qué es lo que se sabe acerca de su verdadero origen?
Sus contemporáneos creían saberlo en cuanto conocían su familia y su pueblo. Él les alerta que su origen es otro, pues viene del Padre. La respuesta la podemos encontrar en las palabras del ángel Gabriel en la Anunciación: “El Espíritu Santo vendrá sobre tí, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios”. Es este un momento culminante, por lo que cada vez que recitamos el Credo nos inclinamos a las palabras «y por obra del Espíritu Santo, se encarnó de María Virgen».
Toda la Trinidad interactúa con María en la obra de la Encarnación, al aceptar ella ser morada de Dios. Siguiendo su ejemplo, el de una mujer humilde, también nosotros podemos recorrer nuestro camino de fe, a pesar de nuestras limitaciones, confiando en la presencia del Señor en nuestra vida.
La fuerza de lo alto es el Espíritu Santo, tal y como nos recuerdan las dos citas de la Escritura evocadas por el texto evangélico: la de la creación, renovada en Jesús, nuevo Adán, y la de la nube del éxodo, que ahora cubre la nueva tienda del encuentro, que es María.
MANIFESTACIÓN DE DIOS
La palabra Epifanía, que señala la fiesta de este día, significa manifestación, pero no es cualquier demostración o acontecimiento relevante, es la manifestación de Dios mismo a los hombres, y si hoy con toda propiedad podemos decir que los hombres, representados en los pastores, los magos y cuantos fueron a adorar a Jesús niño, son capaces de acercarse a Dios, es porque el primeramente se ha acercado a los hombres.
La iniciativa es de Dios, es el quien se ha movido para salir a nuestro encuentro, son sus pasos los que se han adelantado a los nuestros. En esta solemnidad es importante subrayar este importante movimiento de Dios, porque pareciera en medio de todas estas fiestas navideñas, que somos nosotros los que estamos en pos de Dios. El hombre no conquista a Dios, somos conquistados por Él, y es su iniciativa de manifestación la que nos permite ahora presentarnos a Dios, así como lo hicieron los magos, quienes fueron capaces de recorrer, no sin esfuerzo, su largo itinerario hacia Dios, porque Él antes tomó la iniciativa de sin dejar su condición de Dios, hacerse hombre para estar, no sólo cercano a nosotros, sino ser uno de nosotros.
LA SENCILLEZ DE DIOS
La manifestación de Dios no se fundamenta en lo ostentoso, sino en lo sencillo de todos los días, que no por eso deja de ser extraordinario: un niño nacido de una mujer, envuelto en pañales y recostado en un pesebre, quizás como miles de niños de esa época, así como muchos que en circunstancias semejantes siguen estando.
La sencillez de Dios, supera todo actuar humano, pero esto no debe privar su reconocimiento y aceptación, que Dios se nos dé en medio de la sencillez, no significa su desprecio o ignorancia, toca a nosotros, como a los magos reconocerle, y como a Dios tratarle.
La sencilla manifestación de Dios, para aquellos magos venidos de Oriente, no obstaculizó que en medio de todos esos signos, algunos ordinarios y otros extraordinarios, reconocieran con toda certeza, al rey de los judíos y que al encontrarlo se postraran en su presencia y le adoraran, la sencillez de Dios de ninguna manera debe limitar nuestra ofrenda y entrega a Dios, si le hemos reconocido en medio de nosotros, le hemos de tratar y adorar como lo que es, Dios, ese es el gran ejemplo de los magos.
EL OLVIDO DE TODO
A estos magos venidos de tierras lejanos, pudiéramos considerarlos unos olvidadizos de todo, aun aquello que en un momento parece importante, la estrella, el rey Herodes, la comodidad de sus palacios, todo eso se puede y se debe olvidar, cuando se ha encontrado lo que verdaderamente vale la pena, quien se encuentra con Dios, es capaz de dejarlo todo, y así abandonarse en Dios.
Muchos de estos acontecimientos y personajes, perdieron importancia, porque no eran el fin, la estrella deja de ser relevante, porque se pasa del signo a la realidad que significa, ya no es necesaria la estrella que nos anuncia la ubicación del niño Dios, cuando se está frente a Dios.
El signo es espectacular, una estrella que conduce, la realidad por el contrario, aparece modesta, ordinaria, una casa cualquiera, una escena común, la de una familia, entraron y vieron al niño con su madre, eso es todo, pero en eso supieron verlo todo.
Es mucho más fácil ver una estrella y quedar impresionados por su significado, que ver el cuadro tan común de la sagrada familia, pero es aquí donde entra la fe, que nos permite ver más allá de lo que nuestros ojos ven, es ir más allá de los signos. Únicamente la fe permite contemplar la gloria, la grandeza infinita que puede contenerse exclusivamente en la pequeñez, esta pequeñez no es límite sino trascendencia.
La epifanía, la manifestación del Señor, acontece en el contexto de una casa como tantas otras, donde una madre ofrece, a la mirada que se ha hecho penetrante por la fe y por la maravilla, un niño como tantos otros, y al mismo tiempo tan distinto, que obliga a ponerse de rodillas.
LA PALABRA DE DIOS
PRIMERA LECTURA:
Isaías 60, 1-6
“Levántate y resplandece, Jerusalén, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea sobre tí”.
SEGUNDA LECTURA:
San Pablo a los efesios 3, 2-3. 5-6
“Por el Evangelio, también los paganos son coherederos de la misma herencia, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Jesucristo”.
EVANGELIO:
San Mateo 2, 1-12
Unos magos de Oriente entraron en la casa y vieron al niño con María, su madre, y postrándose, lo adoraron. Le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra”.
DESDE LAS LETRAS
"Confiada, mira la luz dorada" / Liturgia de las horas
-Confiada mira la luz dorada
que a tí hoy llega, Jerusalén:
de tu Mesías ve la alborada
sobre Belén.
El mundo todo ve hoy gozoso
la luz divina sobre Israel;
la estrella muestra al prodigioso
rey Emmanuel.
Ya los tres magos, desde el Oriente,
la estrella viendo, van de ella en pos;
dan sus primicias de amor ferviente
al niño Dios.
Ofrenda de oro que es Rey declara,
incienso ofrece a Dios su olor,
predice mirra muerte preclara,
pasión, dolor.
La voz del Padre, Cristo, te llama
su predilecto, sobre el Jordán.
Dios en los hombres hoy te proclaman
valiente Juan.
Virtud divina resplandecía
del que del agua vino sacó,
cuando el anuncio de Eucaristía
Caná bebió.
A darte gloria, Señor, invita
la luz que al hombre viniste a dar,
luz que nos trae gloria infinita
de amor sin par.