Suplementos
La auténtica pedagogía familiar
La Iglesia nos invita a contemplar a la Sagrada Familia, como ha sido llamada a través de los siglos
En el Evangelio se nos presenta a una familia que vive la piedad y la tradición de su tiempo; que busca responder al Señor, a través de las disposiciones propias de una cultura: por un lado la ley de la purificación de la Madre, y por otro la ley de los primogénitos.
La ley de la purificación decía que la mujer que había dado a luz quedaba “impura”, y debía subir a Jerusalén para ofrecer al sacerdote el sacrificio y una ofrenda; en el caso de los que no tenían muchos recursos, se señalaba “un par de tórtolas o dos pichones”.
La ley de los primogénitos partía del principio de que todo primogénito, es decir todo primer fruto de la tierra, de los animales o de los hombres, era propiedad de Dios, y debía por eso ser sacrificado. Ciertamente que a los animales se les aplicaba al pie de la letra dicha ley, mientras que a los humanos había que rescatarlos, pagando un precio establecido.
Es importante señalar que en el Evangelio no se nos dice que Jesús haya sido rescatado con la suma prevista. Y puesto que el pago que podía hacer en cualquier lugar del país, a cualquier sacerdote lo más probable es que Jesús haya sido llevado al templo “para ser presentado”, es decir consagrado a Dios y declarado posesión suya.
Todo esto nos habla del gran sentido de la Solidaridad de Dios en el acontecimiento de la Encarnación. Es decir, el Salvador ha asumido completamente nuestras condiciones. Y María y José aparecen como los encargados de encauzar a Jesús en la vivencia solidaria de la cultura humana. Saben de la importancia de la ley de Dios, y por ningún motivo consideran la posibilidad de quebrantarla. Se sienten profundamente relacionados con su Dios, han experimentado en sus vidas que Jesús no les pertenece, y por ello habrá de responder por completo a la voluntad del gran Dios. En este sentido, Jesús tendrá que ser presentado, consagrado al Creador.
“Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo... porque mis ojos han visto a tu Salvador... luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel”
Simeón, un profeta del templo, iluminado por el Espíritu Santo, reconoce a Jesús como el Mesías enviado por Dios para la salvación. Su mismo nombre significa “Dios salva”, y por eso el niño que es tomado por Simeón es luz que iluminará a todas las naciones.
A este Salvador también le reconoce la profetisa Ana, mujer testigo de la gran hora de gracia que llegaba al templo, al mismo tiempo que se convierte en proclamadora del mensaje de liberación que llegaba al pueblo de Israel.
Pasado el gran momento de haber estado en Jerusalén, Jesús vuelve con los suyos a Galilea, e inserto en el proceso de crecimiento y la formación propia de un pequeño de su tiempo, sigue a su Madre María, y ésta a José su esposo. Jesús está bajo la obediencia. Su gran característica es precisamente la obediencia hasta el extremo.
Todo esto el evangelista lo resume diciéndonos que Jesús crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría, y que la gracia de Dios estaba con Él. Jesús es hijo de familia, y como tal, está inserto en el proceso de todo individuo que crece y se desarrolla, alcanzado las altas cumbres de la madurez: por eso se nos dice que “se llenaba de sabiduría y gracia de Dios”.
¿De dónde aprendía Jesús tal sabiduría y por quiénes le llegaba la gracia de su Padre celestial, si no era por María y José? Esto es sin duda el gran fundamento de toda educación familiar. Es aquí donde nos encontramos con maravilloso ejemplo de pedagogía familiar. Es decir, los padres han sido, son y serán los primeros educadores de sus hijos.
Por eso, mientras no se le dé cabida al anuncio de la Palabra de Dios en el hogar, mientras no estemos prontos a responder al llamado de nuestro Dios, será bastante difícil alcanzar el éxito, la realización y la liberación de nuestras familias.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx
La ley de la purificación decía que la mujer que había dado a luz quedaba “impura”, y debía subir a Jerusalén para ofrecer al sacerdote el sacrificio y una ofrenda; en el caso de los que no tenían muchos recursos, se señalaba “un par de tórtolas o dos pichones”.
La ley de los primogénitos partía del principio de que todo primogénito, es decir todo primer fruto de la tierra, de los animales o de los hombres, era propiedad de Dios, y debía por eso ser sacrificado. Ciertamente que a los animales se les aplicaba al pie de la letra dicha ley, mientras que a los humanos había que rescatarlos, pagando un precio establecido.
Es importante señalar que en el Evangelio no se nos dice que Jesús haya sido rescatado con la suma prevista. Y puesto que el pago que podía hacer en cualquier lugar del país, a cualquier sacerdote lo más probable es que Jesús haya sido llevado al templo “para ser presentado”, es decir consagrado a Dios y declarado posesión suya.
Todo esto nos habla del gran sentido de la Solidaridad de Dios en el acontecimiento de la Encarnación. Es decir, el Salvador ha asumido completamente nuestras condiciones. Y María y José aparecen como los encargados de encauzar a Jesús en la vivencia solidaria de la cultura humana. Saben de la importancia de la ley de Dios, y por ningún motivo consideran la posibilidad de quebrantarla. Se sienten profundamente relacionados con su Dios, han experimentado en sus vidas que Jesús no les pertenece, y por ello habrá de responder por completo a la voluntad del gran Dios. En este sentido, Jesús tendrá que ser presentado, consagrado al Creador.
“Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo... porque mis ojos han visto a tu Salvador... luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel”
Simeón, un profeta del templo, iluminado por el Espíritu Santo, reconoce a Jesús como el Mesías enviado por Dios para la salvación. Su mismo nombre significa “Dios salva”, y por eso el niño que es tomado por Simeón es luz que iluminará a todas las naciones.
A este Salvador también le reconoce la profetisa Ana, mujer testigo de la gran hora de gracia que llegaba al templo, al mismo tiempo que se convierte en proclamadora del mensaje de liberación que llegaba al pueblo de Israel.
Pasado el gran momento de haber estado en Jerusalén, Jesús vuelve con los suyos a Galilea, e inserto en el proceso de crecimiento y la formación propia de un pequeño de su tiempo, sigue a su Madre María, y ésta a José su esposo. Jesús está bajo la obediencia. Su gran característica es precisamente la obediencia hasta el extremo.
Todo esto el evangelista lo resume diciéndonos que Jesús crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría, y que la gracia de Dios estaba con Él. Jesús es hijo de familia, y como tal, está inserto en el proceso de todo individuo que crece y se desarrolla, alcanzado las altas cumbres de la madurez: por eso se nos dice que “se llenaba de sabiduría y gracia de Dios”.
¿De dónde aprendía Jesús tal sabiduría y por quiénes le llegaba la gracia de su Padre celestial, si no era por María y José? Esto es sin duda el gran fundamento de toda educación familiar. Es aquí donde nos encontramos con maravilloso ejemplo de pedagogía familiar. Es decir, los padres han sido, son y serán los primeros educadores de sus hijos.
Por eso, mientras no se le dé cabida al anuncio de la Palabra de Dios en el hogar, mientras no estemos prontos a responder al llamado de nuestro Dios, será bastante difícil alcanzar el éxito, la realización y la liberación de nuestras familias.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx