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La Santísima Trinidad

Misterio incomprensible, pero aceptado por la fe

GUADALAJARA, JALISCO (26/MAY2013).-

Una oración


Señor Jesús que aceptaste la vida de san Román Adame Rosales como ofrenda, danos a nosotros la gracia de serte fieles hasta el último día de nuestra vida y para que conservando la vista de nuestros ojos humanos, podamos contemplar tu rostro en la otra vida y compartir tu gloria por toda la eternidad. Amén.

María Belén Sánchez, fsp

''Profesión de fe en Dios uno y trino''

La fiesta de este domingo empezó a celebrarse en el año 1334, aunque, bien visto, todo el año cristiano es Trinitario, porque la oración comunitaria va dirigida a Dios Uno y Trino, como también cualquier otra acción no sólo del culto, sino de la vida de la iglesia y del creyente.

Hoy domingo de la Santísima Trinidad es para manifestar agradecimiento; hacer una honda y nueva consagración a Dios, y para renovar las promesas bautismales; proclamar con fé y amor el gran misterio revelado por Cristo en el Evangelio; Misterio incomprensible, pero aceptado por la fe; hoy como todos los domingos, con la recitación del credo se expresan lo sentimientos del creyente.

Todas las partes de la misa son profesión de fe: en el Señor ten piedad –antes kyrie eleison;Christe eleison ; kyrie eleison- es la triple suplica a los pies de las tres divinas personas; luego viene la recitación o canto del “Gloria”, la alegre alabanza, efusión de gozo de la asamblea reunida entorno a la mesa.

Llegó un momento solemne: tiene el sacerdote en sus manos, ya no pan y vino, sino el cuerpo y la sangre de Cristo; eleva su voz y exclama “por Cristo con Él y en Él, a ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espírito Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”. La asamblea responde en un fuerte “amen”, que es afirmación, ratificación, profesión de fe en Dios uno y trino.

Y así en esa celebración eucarística, y en todas las lenguas y por todos los pueblos de la tierra.

La actividad suprema del cristiano es la vida interior, la vida espiritual, para vivir el trato espiritual y asiduo con el Padre, a quien se dirige dentro de la misa cuando la asamblea reunida recita o canta: “Padre nuestro que estás en el cielo…”, sigue la súplica al Padre: “líbranos de todos los males Señor… mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro salvador Jesucristo”.

La oración para implorar la paz va al hijo: “no tengas en cuenta nuestro pecados, sino la fe tu iglesia, y conforme a su palabra, concédele la paz y la unidad”.

Y a Cristo, el cordero de Dios que quita los pecados del mundo, le habla el alma al decirle: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa…”.

La última oración es la voz de la asamblea agradecida, que ha sentido el privilegio de haber sido invitada a la fiesta eucarística.

Esta última oración va siempre dirigida al Padre y siempre concluye: “por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo…”

El sacerdote celebrante, antes de despedir a los asistentes y hacer lo propio, implora sobre los presentes la bendición del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Hasta la última frase de despedida, anima a los allí presentes a dar testimonio del misterio trinitario.

José Rosario Ramírez M.

Funesta mentira

Vivimos en un mundo en el que todos sus ambientes están contaminados con la mentira; desgraciadamente existen ya muy pocas personas que en su vida, en sus acciones y en el trato con los demás, son veraces.

Podemos decir que, en general, el origen, la causa de ello es que no conocen a Aquel que es la Verdad, quien se reveló como tal: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6), a Jesús, ni a su Palabra en la que revela la verdad divina y absoluta acerca del ser humano y de todo lo que concierne a él.

Y lo hizo no solo con sus palabras, sino primordialmente con su forma de vida y su testimonio, al grado tal que entregó su vida en defensa de la Verdad.

Se afirma que el pecado es como un puñal que puede tener muy distintos tipos de hoja, pero en el que el mango casi siempre es el mismo: la mentira. Y es cierto: mentimos cuando decimos que amamos a Dios y sólo nos amamos a nosotros mismos. Mentimos cuando nos engañamos a nosotros para encontrar razones para olvidarnos de nuestro compromiso bautismal y todo lo que de él emana. Mentimos cuando justificamos nuestros pequeños o grandes robos, etc.

Por otro lado es tan común que a la verdad se le relativice, al grado tal que existen grupos humanos en los que cada quien esgrime “su verdad”, cuando la auténtica, la que viene de Dios, es absoluta.

Sabemos que la palabra es la expresión oral de la idea. De ahí que, por ley natural, aquello que yo expreso es algo que debe coincidir con lo que pienso. Si mi palabra no refleja la idea, estoy violentando el orden natural de las cosas, voy contra la ley de Dios. Por eso se dice que la mentira es intrínsecamente mala, es decir, no es mala porque alguien la prohíba, sino que es mala en sí misma. Y algo de suyo malo no puede producir nada bueno, aunque sean muy buenas las intenciones de quien actúa.  Al mentiroso hoy se le quiere llamar como aquel que “tiene chispa”, tiene “aptitud para la vida” o tiene “sentido comercial” o “viveza”. Pero es obvio que eso no cambia la realidad: el mentiroso se daña a sí mismo, daña a los demás, daña a la sociedad y, sobre todo, desfigura la imagen de Dios en su alma.

Cuidemos nuestra lengua. Es la parte más valiosa que tenemos, pero también la más peligrosa. Con ella podemos alabar a Dios, consolar al triste, aconsejar a un amigo;  pero también podemos herirnos, herir el honor y la fama del prójimo.

Mientras nuestro mundo esté atrapado por el “príncipe de la mentira”, como definiera Jesús a Satanás, y viva dominado por ella, por tanto engaño, seguiremos envueltos en corrupción, violencia, explotación del ser humano, etc.  Pidámosle a diario al Espíritu Santo el don de ser veraces y, como lo asevera el Evangelio de hoy, “Él nos irá guiando hacia la verdad plena”.

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