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''Éste es el cordero de Dios''

Todo bautizado participa de la realeza, del sacerdocio y de la misión profética de Cristo.

GUADALAJARA, JALISCO (19/ENE/2014).- Concluidas las fiestas de la Navidad y Epifanía con el bautismo del señor, ya empezó el tiempo litúrgico ordinario. Son 34 semanas.

Característico de este tiempo es vivir la fe con las obras de la vida diaria, en lo cotidiano, lo sencillo; en el trabajo de todos los días, en el cumplimiento fiel del deber.

En el evangelio de este domingo, de San Juan, Cristo se deja ver en la ribera del río Jordán. Son los inicios de su vida pública.

Juan el Bautista tiene la misión de presentar a Cristo ante la multitud ahí reunida y lo presenta así: “Éste es el Cordero de Dios.”

El cordero es la victima habitual de los sacrificios expiatorios de los judíos.

Quien ha tenido la dicha, la gracia, de haber recibido el bautizo, recibió también, allí mismo, el don del profetismo.

Así, todo bautizado participa de la realeza, del sacerdocio y de  la misión profética de Cristo. Todo bautizado ha de dar testimonio y eso es profetizar. Ha de ser luz de las naciones, como le manda el señor a Isaías.

Ahora son los bautizados los profetas del siglo XXI; profetismo bueno en la práctica y mejor y más eficaz con los hechos en la vida cotidiana.

El verdadero testimonio es un corazón abierto. El primer efecto del amor es la entrega, y saber que cuesta mucho ser fiel, porque el bien siempre está cuesta arriba y ella, en cambio, resbala en suave pendiente hacia el llano o hacia el abismo.

Todo cristiano debe anunciar, mostrar al mundo a Cristo, el cordero que con su sangre redentora quita el pecado del mundo.

“Señor, yo no soy digno, pero una palabra tuya bastará para salvarme”

José R. Ramírez M.

LA PALABRA DE DIOS


• PRIMERA LECTURA

Isaías 49, 3. 5-6


“Te voy a convertir en luz de las naciones, para que mi salvación llegue hasta los últimos rincones de la Tierra”

• SEGUNDA LECTURA

Primera carta del apóstol san Pablo a los corintios 1, 1-3

“Les deseo la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Cristo Jesús, el Señor”

• EVANGELIO

San Juan 1, 29-34

“Éste es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios”

Cordero

La Sagrada Escritura está cargada de imágenes que nos permiten comprender grandes misterios de la revelación; una de ellas es la del cordero, ya que en diversos libros se identifica a Cristo con un cordero: la tradición cristiana ha visto en Cristo al verdadero cordero pascual, que inmolaba el pueblo judío, y en él encuentra su misión redentora.

Jesús es el cordero sin mancha, sin defecto —es decir, sin pecado—, que rescata a los hombres al precio de su sangre.

Esta tradición que ve en Cristo al verdadero cordero pascual se remonta a los orígenes mismos del cristianismo. Jesús fue entregado a la muerte la víspera de la fiesta de los ázimos, por tanto, el día de Pascua por la tarde, a la hora misma en que se inmolaban en el templo los corderos. Después de su muerte no le rompieron las piernas, y en ese hecho se ve la realización de una prescripción ritual concerniente al cordero pascual, al cual no le quebraban ningún hueso.

Esta imagen ha  generado infinidad de expresiones artísticas, ricas todas en contenido bíblico y estético, como la que acompaña estas letras, que es un tetramorfo, representación iconográfica que consta de cuatro elementos, que la integran la representación de los cuatro evangelistas y en el centro el Cordero de Dios; es una talla en marfil de la época medieval.

URGEN TESTIGOS AUTÉNTICOS


Es evidente e indiscutible que así como el testimonio de quienes dan todo, hasta la propia vida por defender su fe y por ser coherentes con lo que creen, produce frutos espirituales inimaginables, tanto en ellos como en los que los rodean; así también en la Iglesia, cuando en la vida de muchos cristianos no existe esa coherencia de vida, y más bien suelen dar anti-testimonio, los frutos espirituales no existen, antes al contrario, predominan los frutos de la carne y del Maligno.

Hoy por hoy, el mundo está harto, fastidiado y cansado de tanta palabrería, de tanta hipocresía, de tanta tibieza en un gran número de personas que dicen ser cristianos, pero que lo son solamente de labios para afuera, porque su corazón no pertenece a Dios, sino que lo tienen puesto en todo tipo de ídolos y, por lo tanto, sus acciones contradicen lo que afirman y hasta se ufanan de "ser creyentes".

Por ello se requiere de verdaderos testigos; de cristianos que den testimonio auténtico ante el mundo, y que, por su vida y sus obras, hagan creíble aquello por los que ellos viven y actúan.

Y esa coherencia ha de ser permanente, y hasta las últimas consecuencias. Ciertamente el martirio es un don y una vocación que el Señor no concede a todos, por lo que el ser coherentes, en los cristianos que no son llamados a ello, implica seguir de verdad a Cristo. Ante los demás han de ser leales, sinceros, alegres, optimistas, trabajadores, respetuosos, afables, cordiales, valientes. Han de practicar las normas corrientes de la convivencia, pero inspirados y fundamentados en el amor caridad; ya que para muchas personas dichas normas se quedan sólo en algo exterior, y las practican porque hacen más fácil el trato social.

Este es pues, el llamado que el Evangelio de hoy domingo hace a todos los bautizados, a todos los que siguen o desean seguir a Jesucristo como único Maestro; un llamado a ser verdaderos testigos al estilo de Juan el Bautista, quien desde su ser auténtico y su propia experiencia de Dios, proclamó que aquel a quien él había visto sería "el que había de bautizar con el Espíritu Santo" y añadió: “Yo lo vi y doy testimonio de que Éste es el Hijo de Dios". Y no quedó ahí con esta proclamación, sino que dedicó su vida entera a hacer público ese testimonio, avalándolo con su conducta, con todos sus actos en los que brilló siempre la verdad y el amor a Dios, llegando al extremo de morir por ello.

Es así que, insistimos, al mundo le urgen testigos auténticos, que sean capaces, precisamente por su coherencia de vida y ejemplaridad, de llegar al corazón de muchos con el mensaje de salvación, liberación y felicidad de Jesucristo resucitado.

Francisco Javier Cruz Luna

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