Suplementos
Es la hora de los laicos
El destino eterno y feliz de todos y cada uno de los hombres es Dios
• Una oración
Señor Jesús, Tú sabes que a lo largo de la vida hay miedos que paralizan y no dejan avanzar…
Pero nosotros sabemos que en tus manos tienes una esperanza plena, luminosa, abundante y nueva que nos ofreces diariamente como el día que amanece, invitando a vivir cada momento plenamente y sin miedo .
Hoy que recordamos a san Manuel Morales te pedimos que aprendamos a ser fieles y a cumplir siempre con amor y firmeza tu santa voluntad.
Amén
María Belén Sánchez, fsp
• Es la hora de los laicos
El lenguaje del hombre de este siglo es distinto al de otros tiempos, porque distinta es su visión. Amplios son los horizontes; los viajes ahora son más fáciles y frecuentes; la eficacia y la amplitud de los medios masivos de comunicación, han llevado a la visión global. Se mira todo a través del fenómeno de la globalización.
El destino eterno y feliz de todos y cada uno de los hombres es Dios, principio y fin, de donde todo ser procede y hacia donde es su término.
En el evangelio de este décimo cuarto domingo ordinario de año se escucha la voz de Cristo, que contempla la mies —el trigo maduro—, que es mucha, y lamenta que sean pocos los operarios para cosecharla. Hoy hacen falta operarios, porque centenares de millones de hombres y mujeres aún no han llegado a conocer a Cristo.
Quien enseña y transmite el mensaje de Cristo con su propia vida, asciende a una cumbre tan alta, que ya después le sería ingrato descender a las cosas pequeñas e insignificantes por las que luchan y sufren otros. En estos tiempos, en este mundo de contrastes con peligros y esperanzas, es la hora de los laicos.
El mundo moderno está no sólo lleno, sino colmado de ideologías. En grupos se reparten la visión propia de Dios, del hombre, del presente y del futuro. Muchos, olvidados de Dios, pretenden la salvación del hombre por el hombre. Otros, ni siquiera se inquietan más allá de los intereses cotidianos. Unos más viven deslumbrados por las continuas conquistas de la técnica.
La iglesia es rechazada por muchos, sobre todo porque exige apartarse del dominio de la concupiscencia y las pasiones. Cala muy poco el mensaje del evangelio en muchos, y no sienten atracción, sino como un vago ideal de moralidad, de fraternidad; pero no para entregarse, dentro de la iglesia, al servicio del hombre en la lucha por la justicia y la paz.
Mientras más crecen el materialismo y el hedonismo, más urgente se siente la presencia de los nuevos evangelizadores para los hombres de este siglo. Ellos han de ser —otra vez hay que puntualizar— los laicos.
Los laicos, hombres y mujeres, están representados en esta página del evangelio.
Ésta, es también la fuerza que impulsa a entregarse a la causa de Cristo, cuando muchos viven entregados a intereses frágiles y perecederos.
José R. Ramírez M.
• El año de la fe y nosotros
El tiempo sigue su marcha y el Año de la Fe está en todo su apogeo. Es de esperarse que todo cristiano católico, siguiendo la invitación del Papa emérito Benedicto XVI a “una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo”, haya venido respondiendo y dando los pasos necesarios para el efecto, y a cumplir con el objetivo principal que es que cada cristiano “pueda redescubrir el camino de la fe para poner a la luz, siempre con mayor claridad, la alegría y el renovado entusiasmo del encuentro con Cristo”.
Para ello, el mismo Papa propuso como medios idóneos, en el documento de motu propio, Porta Fidei (La Puerta de la Fe): Intensificar la celebración de la fe en la liturgia, especialmente en la Eucaristía; dar testimonio de la propia fe; y redescubrir los contenidos de la propia fe, expuestos principalmente en el Catecismo.
Si así ha sido en nuestra vida y de manera adecuada , seguramente ya nosotros mismos estamos viendo y constatando los frutos de nuestra Fe, como son esa auténtica y renovada conversión a Él, y los actos y las acciones llevadas a cabo, movidas, impulsadas y fecundadas por el Espíritu Santo quien obra a través de nosotros.
Si no, aún estamos a tiempo de reaccionar y, en medio de este mundo tan convulsionado, tan violento, corrupto y alejado de Dios, escuchar Su voz a través de sus pastores, encabezados hoy por hoy por el Papa Francisco quien nos dice: “Nunca nos dejemos vencer por el pesimismo, por esa amargura que el diablo nos ofrece cada día; no caigamos en el pesimismo y el desánimo: tengamos la firme Fe y convicción de que, con su aliento poderoso, el Espíritu Santo da a la Iglesia el valor de perseverar y también de buscar nuevos métodos de evangelización, para llevar el Evangelio hasta los extremos confines de la tierra (cf. Hech 1,8)”.
“Confiemos en la acción de Dios. Con Él podemos hacer cosas grandes y sentiremos el gozo de ser sus discípulos, sus testigos. Apuesten por los grandes ideales, por las cosas grandes. Los cristianos no hemos sido elegidos por el Señor para pequeñeces. Hemos de ir siempre más allá, hacia las cosas grandes.”
Finalmente, hagamos un acto de Fe y obedezcamos a Jesús que nos dice —de acuerdo al Evangelio de este domingo—: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. Oremos y llevemos el Mensaje de Salvación a todos aquellos con los que convivimos”.
Francisco Javier Cruz Luna
Señor Jesús, Tú sabes que a lo largo de la vida hay miedos que paralizan y no dejan avanzar…
Pero nosotros sabemos que en tus manos tienes una esperanza plena, luminosa, abundante y nueva que nos ofreces diariamente como el día que amanece, invitando a vivir cada momento plenamente y sin miedo .
Hoy que recordamos a san Manuel Morales te pedimos que aprendamos a ser fieles y a cumplir siempre con amor y firmeza tu santa voluntad.
Amén
María Belén Sánchez, fsp
• Es la hora de los laicos
El lenguaje del hombre de este siglo es distinto al de otros tiempos, porque distinta es su visión. Amplios son los horizontes; los viajes ahora son más fáciles y frecuentes; la eficacia y la amplitud de los medios masivos de comunicación, han llevado a la visión global. Se mira todo a través del fenómeno de la globalización.
El destino eterno y feliz de todos y cada uno de los hombres es Dios, principio y fin, de donde todo ser procede y hacia donde es su término.
En el evangelio de este décimo cuarto domingo ordinario de año se escucha la voz de Cristo, que contempla la mies —el trigo maduro—, que es mucha, y lamenta que sean pocos los operarios para cosecharla. Hoy hacen falta operarios, porque centenares de millones de hombres y mujeres aún no han llegado a conocer a Cristo.
Quien enseña y transmite el mensaje de Cristo con su propia vida, asciende a una cumbre tan alta, que ya después le sería ingrato descender a las cosas pequeñas e insignificantes por las que luchan y sufren otros. En estos tiempos, en este mundo de contrastes con peligros y esperanzas, es la hora de los laicos.
El mundo moderno está no sólo lleno, sino colmado de ideologías. En grupos se reparten la visión propia de Dios, del hombre, del presente y del futuro. Muchos, olvidados de Dios, pretenden la salvación del hombre por el hombre. Otros, ni siquiera se inquietan más allá de los intereses cotidianos. Unos más viven deslumbrados por las continuas conquistas de la técnica.
La iglesia es rechazada por muchos, sobre todo porque exige apartarse del dominio de la concupiscencia y las pasiones. Cala muy poco el mensaje del evangelio en muchos, y no sienten atracción, sino como un vago ideal de moralidad, de fraternidad; pero no para entregarse, dentro de la iglesia, al servicio del hombre en la lucha por la justicia y la paz.
Mientras más crecen el materialismo y el hedonismo, más urgente se siente la presencia de los nuevos evangelizadores para los hombres de este siglo. Ellos han de ser —otra vez hay que puntualizar— los laicos.
Los laicos, hombres y mujeres, están representados en esta página del evangelio.
Ésta, es también la fuerza que impulsa a entregarse a la causa de Cristo, cuando muchos viven entregados a intereses frágiles y perecederos.
José R. Ramírez M.
• El año de la fe y nosotros
El tiempo sigue su marcha y el Año de la Fe está en todo su apogeo. Es de esperarse que todo cristiano católico, siguiendo la invitación del Papa emérito Benedicto XVI a “una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo”, haya venido respondiendo y dando los pasos necesarios para el efecto, y a cumplir con el objetivo principal que es que cada cristiano “pueda redescubrir el camino de la fe para poner a la luz, siempre con mayor claridad, la alegría y el renovado entusiasmo del encuentro con Cristo”.
Para ello, el mismo Papa propuso como medios idóneos, en el documento de motu propio, Porta Fidei (La Puerta de la Fe): Intensificar la celebración de la fe en la liturgia, especialmente en la Eucaristía; dar testimonio de la propia fe; y redescubrir los contenidos de la propia fe, expuestos principalmente en el Catecismo.
Si así ha sido en nuestra vida y de manera adecuada , seguramente ya nosotros mismos estamos viendo y constatando los frutos de nuestra Fe, como son esa auténtica y renovada conversión a Él, y los actos y las acciones llevadas a cabo, movidas, impulsadas y fecundadas por el Espíritu Santo quien obra a través de nosotros.
Si no, aún estamos a tiempo de reaccionar y, en medio de este mundo tan convulsionado, tan violento, corrupto y alejado de Dios, escuchar Su voz a través de sus pastores, encabezados hoy por hoy por el Papa Francisco quien nos dice: “Nunca nos dejemos vencer por el pesimismo, por esa amargura que el diablo nos ofrece cada día; no caigamos en el pesimismo y el desánimo: tengamos la firme Fe y convicción de que, con su aliento poderoso, el Espíritu Santo da a la Iglesia el valor de perseverar y también de buscar nuevos métodos de evangelización, para llevar el Evangelio hasta los extremos confines de la tierra (cf. Hech 1,8)”.
“Confiemos en la acción de Dios. Con Él podemos hacer cosas grandes y sentiremos el gozo de ser sus discípulos, sus testigos. Apuesten por los grandes ideales, por las cosas grandes. Los cristianos no hemos sido elegidos por el Señor para pequeñeces. Hemos de ir siempre más allá, hacia las cosas grandes.”
Finalmente, hagamos un acto de Fe y obedezcamos a Jesús que nos dice —de acuerdo al Evangelio de este domingo—: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. Oremos y llevemos el Mensaje de Salvación a todos aquellos con los que convivimos”.
Francisco Javier Cruz Luna