Suplementos
El tiempo de pascua tiene como signo la alegría
Ha llegado el momento de celebrar la resurrección del Señor, de ejercer la fe en su promesa de vida eterna
LA PALABRA DE DIOS
• PRIMERA LECTURA
Hechos de los Apóstoles 2, 42-47
“Diariamente se reunían en el templo, y en las casas partían el pan y comían juntos, con alegría y sencillez de corazón”.
SEGUNDA LECTURA
Primera carta de San Pedro 1, 3-9
“Al resucitar Jesucristo de entre los muertos, nos concedió renacer a la esperanza de una vida nueva”.
EVANGELIO
San Juan 20, 19-31
“Ocho días después de la resurrección, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada. Jesús se presentó y les dijo: La paz esté con ustedes”.
GUADALAJARA, JALISCO (27/ABR/2014).- El acontecimiento glorioso de la resurrección de Cristo es celebrado no un día, sino durante 50 días de pascua, y ha de continuar todo el año, en todos los domingos.
El tiempo de pascua tiene como signo la alegría. Ya se canta el gloria en la misa y se entona el aleluya, expresión de júbilo, de triunfo.
En este segundo domingo de pascua el evangelista San Juan, testigo del acontecimiento, narra cómo el Señor Jesús, ocho días después de su resurrección, se apareció a los 12 apóstoles, encerrados en el “piso alto”; cuando no lo esperaban, estando a puerta cerrada, se apareció ante ellos.
Rudos e ignorantes eran los discípulos. Sobre la debilidad humana quiso el Señor fundar su reino. Tomás, como todos los hombres, tenía sus defectos, sus carencias, sus cualidades y sus virtudes.
En esta ocasión se manifestó primero desconfiado, incrédulo, terco: “Si no veo en sus manos las señales de los clavos, y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos, y no meto mi mano en su costado, no creeré”.
Pero también, por separarse de sus compañeros, perdió la dicha de la primera vez, cuando un domingo antes el Señor los alegró con su primera aparición.
La respuesta de Cristo no es una reprensión a Tomás: es una enseñanza con proyección perpetua, desde ahí quedara establecido que la fe ha de ser una aceptación voluntaria, humilde, de una verdad revelada, sin el testimonio de los sentidos, ni siquiera de la razón.
“Dichosos los que, sin haber visto, creen”.
Un elogio, una bendición de Cristo para todos los que entonces, después y ahora han creído que resucitó y vive.
La fe es un regalo divino. Dichosos, pues, los que tienen fe, los que creen sin haber visto.
Dios propone, mas no impone. Creer es aceptar las verdades no reveladas, hermosas, profundamente consoladoras para el corazón humano, pero no son evidentes a la razón. En ciertas ocasiones, creer no implica la aceptación para la inteligencia. Allí está la razón por lo que la fe es virtud.
Sin la ayuda de Dios, como tampoco sin la aceptación libre, no se produce la respuesta gozosa de la fe personal.
Dichosos, bienaventurados, los que, sin haber visto, han creído.
José R. Ramírez M.
DOS SANTOS VISIONARIOS
La Iglesia Católica agrega hoy dos nuevos santos a su calendario, quienes tiene muchas cosas en común más allá de haber sido pontífices ambos.
Juan XXIII y Juan Pablo II se unen hoy en una celebración presidida por el Papa Francisco, y en la cual también estará Benedicto XVI; ocasión única que reúne a dos pontífices.
Angelo Giuseppe Roncalli y Karol Wojtyla fueron dos hombres de Iglesia que supieron cumplir a plenitud el mandato evangélico: “Vayan por todo el mundo y prediquen la buena nueva”.
El Papa Juan XXIII abrió una nueva página en la historia de la Iglesia con el Concilio Vaticano II, en cuyo magisterio y cuyas orientaciones disciplinarias y pastorales han permitido a la Iglesia afrontar el espíritu de la modernidad.
Por su parte, Juan Pablo II, en su largo y fecundo pontificado, recogió la herencia del Concilio, favoreciendo en cada modo la penetración de la levadura del Evangelio en el mundo que rápidamente se transformaba, haciéndolo de una manera palpable a través de sus viajes.
Los dos tienen su fecha litúrgica para su celebración en el mes de octubre: el Papa Roncalli el día 11, en razón de que fue la fecha de apertura del Concilio Vaticano II; el Papa Wojtyla, el 22, en memoria de la fecha de inicio de su pontificado. El mes de octubre es el mes de las misiones, dos grandes misioneros que llevaron a la Iglesia más allá, dos visionarios del Espíritu, que se dejaron conducir por el mismo Espíritu Santo. Dos nuevos santos que llenan de gozo a la Iglesia, que condujeron la barca de Pedro mar adentro, San Juan XXIII y San Juan Pablo II.
DE LA DUDA A UNA FE EJEMPLAR
Reza un dicho popular que “no hay mal que por bien no venga”. San Pablo, en la carta a los Romanos, dice algo similar: “Todo sucede para el bien de los que aman a Dios”.
En el pasaje evangélico de este domingo, se nos relata un hecho al que bien podemos aplicar esas afirmaciones.
El apóstol Tomás en las pocas ocasiones en las que el Evangelio habla de él, se había manifestado, diría yo, más que falto de fe, como un hombre racionalista que necesitaba constatar lo que creía, y eso lo llevó no tanto a dudar de Jesús, como de los dichos de los demás. Cabe señalar que ciertamente Jesús les había anunciado a sus discípulos su resurrección, sin embargo, como siempre, no fue tan preciso ni en el cómo ni en el dónde, ni tampoco cómo se manifestaría. Por otro lado se nos narra también que a excepción del discípulo Juan, todos, no solo dudaron, sino que pensaron que todo había terminado con la sepultura de Jesús, léase el pasaje en el que Él se les aparece a la orilla del lago, mientras Pedro y sus compañeros andaban pescando, lo que indica que se habían resignado a volver a su vida anterior.
Pues bien, al regresar Tomás a seno de la comunidad apostólica, los demás le comunican que habían visto al Señor, y para aceptar esto Tomás necesitó ver al Señor resucitado y examinar el signo de los clavos. Pero una vez que vio esto, Tomás tuvo un acto de fe que trasciende infinitamente lo que vio y verificó. Por eso exclama: "Señor mío y Dios mío". Tomás vio a Jesús resucitado y lo reconoció como a su Dios. Su acto de fe va mucho más allá de lo que vio. Vio a un hombre y confesó a Dios.
La resurrección de Jesús fue para Tomás un "signo" que lo llevó a la plenitud de la fe. Por eso Jesús dice: "Porque me has visto has creído". La fe de Tomás fue tan firme, que lo llevó a dar testimonio de Cristo con el martirio.
Por otro lado, allí estamos implicados nosotros, pues por la bondad divina ocurrió que Tomás estuviera ausente, dudara y exigiera verificar la resurrección de Cristo, palpando sus heridas. Ello nos reafirma que no fue una casualidad sino que Dios lo permitió de manera que, habiendo dudado aquel discípulo, mientras palpaba en su maestro las heridas de la carne sanara en nosotros las heridas de la incredulidad. Es así que podemos afirmar que más aprovechó a nosotros la incredulidad de Tomás que la fe de los demás apóstoles.
Francisco Javier Cruz
LO QUE NO MUERE JAMÁS
En estos días de Pascua he reflexionado en este y otros temas, y pensando en la vida y la muerte de nuestros mártires, he llegado a la conclusión de que también a ellos les alcanzó la resurrección de nuestro Señor Jesucristo.
De la misma manera que a nosotros pueden llegar sus efectos si estamos dispuestos a abrir la mente, el corazón y el alma para vivir, morir y resucitar con Él.
Bien podemos hoy decir que nuestros santos mártires que murieron en el siglo pasado, siguen vivos, siguen en el recuerdo, en su presencia, en su acción ante Dios, cuando por su medio conseguimos algún milagro, o nos decidimos a hacer resplandecer en nuestra vida alguna de sus virtudes, algo de lo que nos dejaron como ejemplo y que todavía es válido en nuestro mundo.
Y no solamente se aplica a nuestros mártires de la cristiada, sino a los santos, mártires y no mártires que han vivido en nuestro mundo y que desde hace más de dos mil años han seguido las huellas de Cristo nuestro Señor.
Cada vez que les recordamos, les invocamos y acudimos a su intercesión, nos damos cuenta de que no han muerto, viven todavía y están integrados en ese milagro continuo y constante que les hace vivir permanentemente con la misma vida divina e el Señor comunica a quienes le aman y le siguen fielmente.
Hoy nada menos recordamos a Juan Pablo II de feliz memoria y le hacemos vivir entre notros como en aquellos tiempos en que transitó por nuestras calles.
En estos días en que todo nos habla de vida, en que repetimos una y mil veces el sonoro Aleluya por el triunfo
de Jesús sobre la muerte, porque la vida tiene la primacía y en cada corazón puede germinar una esperanza.
Por eso hoy mismo podemos preguntarnos: ¿Qué ha resucitado en esta Pascua? Ciertamente el Señor Jesús.
Pero en mí, en mi corazón, ¿qué es lo que ha resucitado? ¿qué ha salido del sepulcro de mi pecado, de mi indiferencia o de mi falta de fe?
También puede constatar que aquello que sigue vivo en mí, es por la gracia de Dios u que esto no puede morir jamás, vive para siempre y está presente en mi corazón y en mi vida, en mi actividad y en todo mi ser dando un dinamismo nuevo al universo, porque no es mío, precisamente, sino que superando mi humanidad, vive en Dios y unido a Jesucristo no puede morir jamás.
ORACIÓN
Señor Jesús, hay muchos que no creen en Ti,
ni en tu vida ni en tus palabras,
pero van en pos de otras teorías absurdas
inexplicables e incomprensibles;
porque no logran abrir los ojos a la vida,
la que nos rodea y que palpita en el propio ser.
Es cierto que para entender lo que nos supera,
debemos subir de nivel y constatar
que como seres humanos, somos algo más.
Ayúdanos y enséñanos a vivir más allá de
lo accidental y perecedero de esta mundo.
María Belén Sánchez, fsp
• PRIMERA LECTURA
Hechos de los Apóstoles 2, 42-47
“Diariamente se reunían en el templo, y en las casas partían el pan y comían juntos, con alegría y sencillez de corazón”.
SEGUNDA LECTURA
Primera carta de San Pedro 1, 3-9
“Al resucitar Jesucristo de entre los muertos, nos concedió renacer a la esperanza de una vida nueva”.
EVANGELIO
San Juan 20, 19-31
“Ocho días después de la resurrección, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada. Jesús se presentó y les dijo: La paz esté con ustedes”.
GUADALAJARA, JALISCO (27/ABR/2014).- El acontecimiento glorioso de la resurrección de Cristo es celebrado no un día, sino durante 50 días de pascua, y ha de continuar todo el año, en todos los domingos.
El tiempo de pascua tiene como signo la alegría. Ya se canta el gloria en la misa y se entona el aleluya, expresión de júbilo, de triunfo.
En este segundo domingo de pascua el evangelista San Juan, testigo del acontecimiento, narra cómo el Señor Jesús, ocho días después de su resurrección, se apareció a los 12 apóstoles, encerrados en el “piso alto”; cuando no lo esperaban, estando a puerta cerrada, se apareció ante ellos.
Rudos e ignorantes eran los discípulos. Sobre la debilidad humana quiso el Señor fundar su reino. Tomás, como todos los hombres, tenía sus defectos, sus carencias, sus cualidades y sus virtudes.
En esta ocasión se manifestó primero desconfiado, incrédulo, terco: “Si no veo en sus manos las señales de los clavos, y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos, y no meto mi mano en su costado, no creeré”.
Pero también, por separarse de sus compañeros, perdió la dicha de la primera vez, cuando un domingo antes el Señor los alegró con su primera aparición.
La respuesta de Cristo no es una reprensión a Tomás: es una enseñanza con proyección perpetua, desde ahí quedara establecido que la fe ha de ser una aceptación voluntaria, humilde, de una verdad revelada, sin el testimonio de los sentidos, ni siquiera de la razón.
“Dichosos los que, sin haber visto, creen”.
Un elogio, una bendición de Cristo para todos los que entonces, después y ahora han creído que resucitó y vive.
La fe es un regalo divino. Dichosos, pues, los que tienen fe, los que creen sin haber visto.
Dios propone, mas no impone. Creer es aceptar las verdades no reveladas, hermosas, profundamente consoladoras para el corazón humano, pero no son evidentes a la razón. En ciertas ocasiones, creer no implica la aceptación para la inteligencia. Allí está la razón por lo que la fe es virtud.
Sin la ayuda de Dios, como tampoco sin la aceptación libre, no se produce la respuesta gozosa de la fe personal.
Dichosos, bienaventurados, los que, sin haber visto, han creído.
José R. Ramírez M.
DOS SANTOS VISIONARIOS
La Iglesia Católica agrega hoy dos nuevos santos a su calendario, quienes tiene muchas cosas en común más allá de haber sido pontífices ambos.
Juan XXIII y Juan Pablo II se unen hoy en una celebración presidida por el Papa Francisco, y en la cual también estará Benedicto XVI; ocasión única que reúne a dos pontífices.
Angelo Giuseppe Roncalli y Karol Wojtyla fueron dos hombres de Iglesia que supieron cumplir a plenitud el mandato evangélico: “Vayan por todo el mundo y prediquen la buena nueva”.
El Papa Juan XXIII abrió una nueva página en la historia de la Iglesia con el Concilio Vaticano II, en cuyo magisterio y cuyas orientaciones disciplinarias y pastorales han permitido a la Iglesia afrontar el espíritu de la modernidad.
Por su parte, Juan Pablo II, en su largo y fecundo pontificado, recogió la herencia del Concilio, favoreciendo en cada modo la penetración de la levadura del Evangelio en el mundo que rápidamente se transformaba, haciéndolo de una manera palpable a través de sus viajes.
Los dos tienen su fecha litúrgica para su celebración en el mes de octubre: el Papa Roncalli el día 11, en razón de que fue la fecha de apertura del Concilio Vaticano II; el Papa Wojtyla, el 22, en memoria de la fecha de inicio de su pontificado. El mes de octubre es el mes de las misiones, dos grandes misioneros que llevaron a la Iglesia más allá, dos visionarios del Espíritu, que se dejaron conducir por el mismo Espíritu Santo. Dos nuevos santos que llenan de gozo a la Iglesia, que condujeron la barca de Pedro mar adentro, San Juan XXIII y San Juan Pablo II.
DE LA DUDA A UNA FE EJEMPLAR
Reza un dicho popular que “no hay mal que por bien no venga”. San Pablo, en la carta a los Romanos, dice algo similar: “Todo sucede para el bien de los que aman a Dios”.
En el pasaje evangélico de este domingo, se nos relata un hecho al que bien podemos aplicar esas afirmaciones.
El apóstol Tomás en las pocas ocasiones en las que el Evangelio habla de él, se había manifestado, diría yo, más que falto de fe, como un hombre racionalista que necesitaba constatar lo que creía, y eso lo llevó no tanto a dudar de Jesús, como de los dichos de los demás. Cabe señalar que ciertamente Jesús les había anunciado a sus discípulos su resurrección, sin embargo, como siempre, no fue tan preciso ni en el cómo ni en el dónde, ni tampoco cómo se manifestaría. Por otro lado se nos narra también que a excepción del discípulo Juan, todos, no solo dudaron, sino que pensaron que todo había terminado con la sepultura de Jesús, léase el pasaje en el que Él se les aparece a la orilla del lago, mientras Pedro y sus compañeros andaban pescando, lo que indica que se habían resignado a volver a su vida anterior.
Pues bien, al regresar Tomás a seno de la comunidad apostólica, los demás le comunican que habían visto al Señor, y para aceptar esto Tomás necesitó ver al Señor resucitado y examinar el signo de los clavos. Pero una vez que vio esto, Tomás tuvo un acto de fe que trasciende infinitamente lo que vio y verificó. Por eso exclama: "Señor mío y Dios mío". Tomás vio a Jesús resucitado y lo reconoció como a su Dios. Su acto de fe va mucho más allá de lo que vio. Vio a un hombre y confesó a Dios.
La resurrección de Jesús fue para Tomás un "signo" que lo llevó a la plenitud de la fe. Por eso Jesús dice: "Porque me has visto has creído". La fe de Tomás fue tan firme, que lo llevó a dar testimonio de Cristo con el martirio.
Por otro lado, allí estamos implicados nosotros, pues por la bondad divina ocurrió que Tomás estuviera ausente, dudara y exigiera verificar la resurrección de Cristo, palpando sus heridas. Ello nos reafirma que no fue una casualidad sino que Dios lo permitió de manera que, habiendo dudado aquel discípulo, mientras palpaba en su maestro las heridas de la carne sanara en nosotros las heridas de la incredulidad. Es así que podemos afirmar que más aprovechó a nosotros la incredulidad de Tomás que la fe de los demás apóstoles.
Francisco Javier Cruz
LO QUE NO MUERE JAMÁS
En estos días de Pascua he reflexionado en este y otros temas, y pensando en la vida y la muerte de nuestros mártires, he llegado a la conclusión de que también a ellos les alcanzó la resurrección de nuestro Señor Jesucristo.
De la misma manera que a nosotros pueden llegar sus efectos si estamos dispuestos a abrir la mente, el corazón y el alma para vivir, morir y resucitar con Él.
Bien podemos hoy decir que nuestros santos mártires que murieron en el siglo pasado, siguen vivos, siguen en el recuerdo, en su presencia, en su acción ante Dios, cuando por su medio conseguimos algún milagro, o nos decidimos a hacer resplandecer en nuestra vida alguna de sus virtudes, algo de lo que nos dejaron como ejemplo y que todavía es válido en nuestro mundo.
Y no solamente se aplica a nuestros mártires de la cristiada, sino a los santos, mártires y no mártires que han vivido en nuestro mundo y que desde hace más de dos mil años han seguido las huellas de Cristo nuestro Señor.
Cada vez que les recordamos, les invocamos y acudimos a su intercesión, nos damos cuenta de que no han muerto, viven todavía y están integrados en ese milagro continuo y constante que les hace vivir permanentemente con la misma vida divina e el Señor comunica a quienes le aman y le siguen fielmente.
Hoy nada menos recordamos a Juan Pablo II de feliz memoria y le hacemos vivir entre notros como en aquellos tiempos en que transitó por nuestras calles.
En estos días en que todo nos habla de vida, en que repetimos una y mil veces el sonoro Aleluya por el triunfo
de Jesús sobre la muerte, porque la vida tiene la primacía y en cada corazón puede germinar una esperanza.
Por eso hoy mismo podemos preguntarnos: ¿Qué ha resucitado en esta Pascua? Ciertamente el Señor Jesús.
Pero en mí, en mi corazón, ¿qué es lo que ha resucitado? ¿qué ha salido del sepulcro de mi pecado, de mi indiferencia o de mi falta de fe?
También puede constatar que aquello que sigue vivo en mí, es por la gracia de Dios u que esto no puede morir jamás, vive para siempre y está presente en mi corazón y en mi vida, en mi actividad y en todo mi ser dando un dinamismo nuevo al universo, porque no es mío, precisamente, sino que superando mi humanidad, vive en Dios y unido a Jesucristo no puede morir jamás.
ORACIÓN
Señor Jesús, hay muchos que no creen en Ti,
ni en tu vida ni en tus palabras,
pero van en pos de otras teorías absurdas
inexplicables e incomprensibles;
porque no logran abrir los ojos a la vida,
la que nos rodea y que palpita en el propio ser.
Es cierto que para entender lo que nos supera,
debemos subir de nivel y constatar
que como seres humanos, somos algo más.
Ayúdanos y enséñanos a vivir más allá de
lo accidental y perecedero de esta mundo.
María Belén Sánchez, fsp