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El poder más grande

Este domingo, en muchos lugares del mundo el tema es obligado: ¿Cuánto poder se necesita para hacer que alguien resucite?

GUADALAJARA, JALISCO (24/ABR/2011).- Este domingo, en muchos lugares del mundo el tema es obligado: ¿Cuánto poder se necesita para hacer que alguien resucite? ¿Hay la más remota posibilidad de que el poder, el dinero, el conocimiento, o la fama de los humanos sea capaz de devolverle la vida a quien parte al más allá? Todos sabemos la respuesta: no hay poder en los hombres para devolver la vida a quien ha muerto, y en el caso de que esto pudiera hacerse de una manera temporal, tarde o temprano cada ser humano está destinado a separarse definitivamente de lo que llamamos vida en esta tierra.

La historia de la humanidad es contundente: Ningún maestro religioso, ni líder político, ni famoso, o rico, ni hombre o mujer, ha podido de manera clara y convincente vencer a la muerte, para volver del más allá, excepto por el caso más claro, impresionante e incontrovertible de la historia: Jesús de Nazareth.

Jesús nunca sugirió que intentaría regresar de la muerte; tampoco dejó que sus seguidores especularan con la idea, y la propagaran como verdad después de su crucifixión; lo que hizo Jesús fue declarar que Él es la resurrección y la vida, y anticipó con toda claridad que resucitaría al tercer día de haber sido sepultado. Los evangelios refieren que no hay evidencia de que los discípulos no hubieran entendido estas afirmaciones de Jesús; sin embargo, a pesar de que lo entendieron, los hechos demuestran que no le creyeron.

¿Qué hay detrás de la resurrección de Jesús? ¿Cómo pudo levantarse de entre los muertos? ¿Cuál fue su secreto? Lo que resucitó a Jesús fue un poder, el poder más grande que puede existir. Este poder derrotó al enemigo final de los hombres, que es la muerte. A través del poder que resucitó a Jesús, Dios demostró su total aprobación a la vida de su Hijo, que vivió una vida perfecta.

Ese poder, el más grande de todos, sigue actuando el día de hoy; sin embargo, no tenemos noticias de que muchos se estén levantando de entre los muertos. En cambio ese poder actualmente está cambiando vidas, de manera que quien está perdido, puede ser salvado, y quien está atrapado en adicciones, es libre de ellas, y quien no puede cambiar sus patrones nocivos de conducta, encuentra en ese poder la capacidad para vivir de una manera diferente.

Por supuesto que Dios podría dirigir ese poder para resucitar a quienes mueren; sin embargo, su proyecto para los hombres no es que vivan eternamente en este mundo, sino que durante su paso por este mundo puedan creer en Jesús como su único y suficiente salvador, reconociendo su necesidad de perdón y obteniendo gratuitamente una eternidad con Dios.

Viéndolo detenidamente, aunque la vida en este mundo tiene partes emocionantes y hermosas, la verdad es que todos anhelamos algo mejor, un lugar donde impere verdaderamente la justicia, en donde lo bueno sea reconocido y premiado, y lo malo sea perseguido y castigado. Hay dentro de nosotros algo que nos impele a desear lo que sea permanentemente bueno, y, quizá sin entenderlo claramente, deseamos volver a nuestro origen, al lugar en donde percibimos que se inició todo.

Esta es la razón por la que la noticia que volvemos a recordar el día de hoy, que Jesús resucitó de entre los muertos, tiene tanto significado para los que vivimos veintiún siglos después: no sólo se trata de decidir si creemos o cuestionamos la resurrección histórica de Jesús, sino de entender que hay, hoy en día, el mismo poder que levantó a Jesús de entre los muertos, y ese poder divino puede hacer la gran diferencia en nuestras vidas.

Angel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com

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