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El perdón es la perfección

Nadie que verdaderamente ame a Dios y a su prójimo, ha de vivir envenenado por rencores y odios a sus semejantes

Los fariseos, custodios e intérpretes de la ley de Moisés, cuidaban con exagerada actitud la letra de la ley. Llegó la plenitud de los tiempos con la presencia del Hijo de Dios hecho hombre, y con Él también llegó la ley en su plenitud.

Le reveló a la samaritana que la adoración a Dios habría de ser “en espíritu y en verdad”, ya fuera en el monte de los samaritanos o en el templo de los judíos.

Y mostró que el cumplimiento de la ley no se habría de ajustar a los meros hechos externos, sino a todo lo que sale del corazón; un acto bueno brota de adentro, y de adentro, aunque no se noten, salen maldades, los pensamientos de odio, de rencor, de venganza.

Los doctores de la ley acusaban a Jesús de haber llegado a “destruir la ley”, mas Él demostró que había venido no a destruirla, sino a darle plenitud. Y la plenitud de la ley es el amor.

En los cuatro evangelios todo el mensaje de la nueva ley es amor, y una delicada expresión práctica del amor es el perdón.

Nadie que verdaderamente ame a Dios y a su prójimo, ha de vivir envenenado por rencores y odios a sus semejantes.

En cierto modo, la paz depende del perdón

La clave de todo cambio social es el hombre. Si él y ellos cambian, cambiarán las estructuras, las formas de vida, las leyes.

Nada tiene eficacia, si el hombre no cambia; todo puede ayudar, pero sólo ayudar. Los obispos de América Latina reunidos en Medellín, dijeron: “La originalidad del mensaje cristiano no consiste directamente en la afirmación de la necesidad de un cambio de estructuras, sino en la insistencia en la conversión del hombre que exige luego ese cambio”.

Eso mismo predicaba San Pablo; así les habló a los habitantes de Efeso: “Despójense del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de sus concupiscencias; renueven el espíritu de su mente, revistiéndose de Jesucristo”. (Efesios 4, 22).    

Crecen los odios, se ensanchan las grietas entre las naciones; lastimosamente, también entre las familias divididas por una herencia, por incidentes transitorios y casi siempre pequeños.

No es, no debe ser entre cristianos, vivir la ley del Talión: “ojo por ojo, diente por diente”, porque en esa ley  no asoma el amor. Es un código babilónico del rey Hammurabi, 2,300 años antes de Cristo. Todavía eran los siglos cuando los pueblos “caminaban en tinieblas”. Antes decían los romanos: “Si vis pacem, para bellum”, si quieres la paz, prepara la guerra.

Cristo dice: “Si quieres la paz, vive la justicia, vive el amor”.

Perdonar, para merecer el perdón

Quien no ha aprendido a perdonar es quien no ha entendido la nueva ley, la ley de Cristo.
Con echar una mirada a la propia personal historia, todos, asolutamente todos, han de reconocer que no una, sino muchas veces, han alcanzado el perdón de Dios.

Es un gran consuelo para el cristiano, para el católico, gozar del sacramento de la reconciliación, que no es sino la fuente inagotable de la misericordia divina. De este sacramento el pecador se levanta con el gozo interior de haber sido perdonado, de haber liquidado su cuenta con Dios y con el prójimo. Todo quedó en ceros.
Una monjita --así en diminutivo, por sus más de 90 años-- comentaba ante otras que aún no llevaban larga fila de años: “Ya ven que cargo muchos calendarios a cuestas. Pues el mayor número no son los años que llevo, sino el número incontable de veces que Dios me ha perdonado. Y todos los días en mi oración pido a Dios que me dé la gracia del perdón en mi último día”.

Pero para merecer el perdón se ha de dar perdón. La más bella de las oraciones, la que el mismo Señor enseñó, encierra la súplica y la condición: “Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

Perdonar siempre

Pedro, el apóstol entusiasta y a veces impetuoso, se le acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarle?,
¿hasta siete veces?”.
Pedro creía que el perdón tenía un límite. La respuesta de Cristo fue: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”. Que se dice con una palabra: siempre. Perdonar siempre.
“El que se venga será víctima de la venganza del Señor”.

Perdonar aquí, y ahora

Aquí en el entorno, en este vertiginoso siglo XXI, todo parece un campo de batalla donde con las armas se dirimen todas las diferencias.
Para los jóvenes de ahora, les han de parecer cosa común y hasta de curso normal de la historia, esas noticias de “ajusticiados”: aquí hombres decapitados, allá cadáveres tirados en las orillas de los caminos. La inseguridad y la violencia manifiestan los conflictos, las pasiones en torbellino, y en sociedad, la codicia, la soberbia, la lujuria. Y muchas de las víctimas, a veces son inocentes.
Pero aún en este tiempo es posible vivir el perdón, con el sentido cristiano de que es una virtud sobrenatural, porque lo inspira el amor, la caridad, que va más arriba de lo puramente humano. El perdón es heroísmo; no es fruto de la naturaleza, es producto de la gracia.

El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores             

El Señor ilustró el tema del perdón al prójimo con una parábola, clara y asequible a todos.
Un rey le perdonó a un siervo una deuda grande: diez mil talentos. El siervo no tenía con qué pagar, y el señor mandó que fueran vendidos él, su mujer y sus hijos. Cayó de rodillas el deudor, y el señor, compadecido ante las lágrimas y las súplicas, le perdonó toda la deuda.
Pero al salir, este siervo se encontró a un compañero que le debía cien denarios y le cobró. Como no le pagó, entonces lo agarró por el cuello intentando ahogarlo y lo mandó encerrar en prisión.
Al enterarse el rey de la mala conducta de aquel siervo malagradecido e inhumano, lo mandó llamar y le dijo: “Te perdoné tu deuda. ¿No convenía que tuvieras compasión de tu compañero? E irritado lo entregó a los torturadores hasta que pagara toda su deuda.  

Ante Dios, todos los hombres son deudores

Esta página del evangelio de San Mateo es para vivar la conciencia sobre una gran verdad: hay que dar cuenta a Dios.

La fe es una exigencia a trabajar continuamente para construir un mundo capaz de superar rencores y violencias. El cristiano, ante todo con el propio testimonio, debe ser factor de un mundo más justo; y todavía más: de un mundo donde se practique la misericordia, el perdón.

Ésta una de las exigencias más difíciles y menos practicadas de las enseñanzas evangélicas.
Quien espera que el Padre le perdone y le dé la vida eterna, ha de aprender y practicar la gracia de la reconciliación con el recurso del perdón.

Pbro. José R. Ramírez

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