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El espacio que llevó a la ciudad a su crecimiento

Plaza del Sol vino a cambiar el rumbo de la ciudad y su gente hace 45 años

GUADALAJARA, JALISCO (10/AGO/2014).- La gente compraba por añadidura, pero a Plaza del Sol ibas a ver personas y a que te vieran, ibas a dar la vuelta. Dar la vuelta era algo muy tapatío.

Carlos Enrigue Zuloaga recuerda que cuando este centro comercial —el primero de México y el cuarto de América Latina— fue inaugurado el 26 de noviembre de 1969, la sociedad de Guadalajara cambió su forma de interactuar y de entretenerse.

“En la ciudad no había nada parecido. No se iba nada más a adquirir productos, se iba a vivir, se hacía vida social allí”.

El cronista cuenta que al principio la gente decía que la plaza quedaba “lejísimos”. Y era cierto para una época en la que la Perla tapatía llegaba hasta la colonia Chapalita. Después del cruce entre Mariano Otero y López Mateos (ubicación de la plazoleta) no había más que campos, caminos solitarios, el fraccionamiento Verde Valle y la carretera a Colima.

Precisamente Plaza del Sol fue el detonante para lo que se construyó después, indica el también columnista: “Si ves una foto antigua, en los alrededores estaba pelón y gracias a ella empezaron a poner cosas cerca, principalmente hoteles”.

Enrigue Zuloaga se acuerda que aunque causó fascinación desde el principio, fueron los comentarios de boca en boca los que provocaron que paulatinamente los habitantes de la Perla tapatía empezaran a ir: los jóvenes se quedaban de ver en ese punto, los padres llevaban a los niños y las familias la incluyeron en sus actividades dominicales.

“Ahorita los políticos traen mucho lo de los espacios públicos, pues Plaza del Sol fue un espacio público, porque la gente lo adoptó”.

Visitar el lugar representaba toda una experiencia, desde el viaje para llegar (la mayoría iba en camión —había tres rutas en aquél entonces—  y los que llevaban carro encontraban mucho lugar para estacionarse) y después la elección de las tiendas que se iban a visitar, ya sea para comprar o simplemente admirar lo que exhibían los aparadores.

“Ibas a dar la vuelta, ibas a que te vieran y a ver. El gran atractivo de Plaza del Sol era que se vivía, era una Plaza de Guadalajara para Guadalajara”.

El otro centro


Plaza del Sol transformó el concepto comercial que tenían los tapatíos, quienes acudían al Centro de Guadalajara a comprar la mayoría de sus productos, tanto de primera como segunda necesidad.
Juan Miguel Toscano García de Quevedo resalta la conmoción que significó para la ciudad en aquellos años, sobre todo en los hábitos de consumo, y posteriormente de pensamiento.

“Fue un impacto de imagen, de romper dentro de una cultura con el concepto de ir al Centro a comprar los productos y crear un espacio donde todo está reunido”.

El cronista apunta que fueron los empresarios de esta zona los que tuvieron la iniciativa de construir un complejo que imitara a los que existían en Estados Unidos.

“La idea era hacer un centro donde las personas que fueran a comprar encontraran toda la variedad de productos que se requerían: desde alimentos hasta joyas”.

Los hermanos Miguel y Luis Moragrega, el señor Roberto Orozco, los hermanos Varón, el grupo de los franceses de Fábricas de Francia, los González López, Martínez Sandoval y otros comerciantes —de un total de 12— fueron los fundadores del lugar, quienes tenían sus grandes almacenes en el Centro e hicieron un esfuerzo por desarrollar la zona Sur.

Mientras que en el Centro se caminaban varias calles para recorrer las tiendas, y si se quería hacer actividades recreativas, la gente tenía que trasladarse al Parque de la Revolución, al Agua Azul o al Parque Alcalde, la ventaja de Plaza Del Sol era que aglomeraba todo en un solo punto.

García de Quevedo destaca que las tiendas de buen gusto, con aparadores de moda y jardineras adaptadas fascinaron a la Guadalajara de hace casi 45 años. Fue por eso que empezó a virar la ideología del tapatío, quien ya no necesitaba ir al Centro para adquirir productos o pasearse, sino que encontró un espacio diferente, moderno y de punta, donde además de ver y comprar, disfrutaba de simplemente caminar.
“Se convirtió en un paseo para Guadalajara, el tapatío o jalisciense estaba acostumbrado en aquella época a tener zonas donde iba a pasear”.

Sin clases sociales


Aunque el Suroeste era un poco más clasista, la localización de Plaza del Sol era idónea para que la visitaran personas incluso de los lugares más alejados de la ciudad, y de todas las clases sociales, dice Juan Miguel Toscano García de Quevedo.

A comparación de Andares —por ejemplo—  que detonó el crecimiento de la zona Norte de la ciudad, el primer centro comercial de Guadalajara logró jalar a todo tipo de personas, no sólo de un alto poder adquisitivo, “no se notaba de los lugares que eran”, recuerda el cronista.

Recalca que la arquitectura de la plaza fue clave para el éxito, por ser un espacio abierto y sin pecar de lujoso. “Después empezaron a surgir otros ‘malls’ pero más al estilo americano, edificios techados, de pisos, se perdió ese concepto”.

Poder caminar por las tiendas entre jardines y fuentes y después sentarse a disfrutar del cielo es un gran acierto que sólo comparten Andares y Plaza del Sol, puntualiza Juan Miguel Toscano.
Carlos Enrigue Zuloaga concuerda con su colega en ese punto. “Andares está muy bien pensado y adecuado al momento. En aquel tiempo hubiera sido muy ostentoso. Plaza del Sol es bonita pero con pretensiones diferentes”.

Un día en la Plaza del Sol de los setenta


Cuando Juan Miguel Toscano García de Quevedo era joven, cuenta que él y sus hermanos visitaban el centro comercial al menos dos veces a la semana. “Era punto de reunión, era ir a ver las tiendas, comprar un helado. Porque era la novedad. La gente decía: nos vemos en Plaza del Sol”.

Para hacer las compras también era el lugar ideal. Estaba la tienda de Franco, donde acudía casi toda la ciudad a adquirir su ropa; el local del señor Orozco, que se trasladó del Centro y en el que vendían ropa para caballero: camisas, pantalones, trajes y demás; para las prendas elegantes, Fábricas de Francia; en el establecimiento de los Varón se vendía ropa interior, aunque luego creció su oferta; los mejores zapatos se compraban en las Canadá; si se querían relojes estaba —en el centro de la plaza— la joyería Martínez Sandoval (que se mantiene a la fecha) y para hacer el supermercado las Maxi, de los Moragrega.
“Ahora los Maxi son Walmart. Antes sobresalían los comerciantes de Guadalajara, muy serios, de esos de mucha confianza”, recuerda García de Quevedo.

Los jóvenes también acudían al salir de clases, con la intención de platicar y si tenían suerte encontrar el amor que surgía de un flechazo. “Se juntaban a ver a las niñas de aquí que son muy guapas, las que trabajaban ahí, o iban daban la vuelta, así como eran antes en el Centro”, evoca Carlos Enrigue Zuloaga.

Asimismo Enrigue Zuloaga rememora cuando llevaba a pasear a sus hijas porque les gustaban las fuentes cuya agua salía del piso, además de que era agradable a la vista y tenía sitos cómodos para sentarse.
Y es que también había entretenimiento para los niños, como Diversiones Maravillosas, un local en el que gastaban sus “domingos” entre maquinitas y juegos. O heladerías, como las Bing, en las que felicidad significaba degustar una nieve de fresa en barquillo.

Los que asistían regularmente a Plaza del Sol recuerdan a los pequeños riendo y pasando entre las fuentes, con un globo entre las manos que con el ajetreo corría el peligro de volar si no tenía una rondana de metal.

EL DATO

Sobre la denominación


El nombre de Plaza del Sol surgió como la unión de las dos propuestas originales:  Centro Comercial Plaza y Centro Comercial del Sol. Al ser el primero de México, los demás adoptaron el mote de “plazas comerciales” y no “centros comerciales”.

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