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Cuando se vive el amor, se dan frutos abundantes
Sólo es capaz de convertirse, el que se puede enfrentar a sí mismo
El tema central de este tiempo de Cuaresma es la conversión. Las lecturas de la sagrada escritura y los textos de la liturgia —y el mismo conjunto de disposiciones y prácticas— todo va encaminado hacia la conversión, que no es sino el encuentro del hombre con la palabra de Dios; y mediante esa paz, encontrar por primera vez —o volver a hacerlo— la dirección hacia el bien supremo: la propia, personal, salvación.
En este domingo tercero de Cuaresma, el Señor deja la sabiduría de su doctrina en una parábola breve y clara: una higuera buena para prometer y mala para cumplir, pues se ha vuelto verde y atractiva con sus hojas, mas no ha dado higos.
Dijo entonces el dueño de la viña: “Mira, durante tres años seguidos he venido a buscar higos en esta higuera, y no los he encontrado. córtala. ¿Para qué ocupa la tierra inútilmente? El viñador le contestó: “Señor , déjala todavía este año; voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono para ver si da fruto. Si no, al año siguiente la cortaré”.
Dentro de estas imágenes y esta narración simple, se esconde el misterio de las dos actitudes: la del pecador y la misericordiosa paciencia del viñador que es Cristo.
Sólo es capaz de convertirse, el que se puede enfrentar a sí mismo.
Es grande el que se atreve a luchar y vencer a su propio yo. Esa es la conversión.
San Pablo —gran publicista y además de entera confianza, porque predicaba siempre solo la verdad a costa de todo— desde el Siglo I ya anunciaba un cambio, pero en lo interior, donde ciertamente es posible: “Dejando pues vuestra antigua conducta, despojados del hombre viejo, viciado por las concupisencias seductoras, renovaos en el espíritu de vuestra mente y vestíos del hombre nuevo, creado según Dios en justicia y santidad verdaderas”.
En la viña del Señor —la iglesia— y en toda la sociedad, abundan las higueras estériles.
El cristianismo es la ley del amor, y el verdadero amor sólo se puede entender en el servicio. Amar es darse, entregarse. Consiste en obras y en la verdad, no en las palabras o sólo en la lengua. “Mientras tengamos tiempo, hagamos el bien a todo el mundo”, así habla San Pablo.
La prueba del amor está en la acción.
Cuando se vive el amor, se dan frutos abundantes
Santa Teresa del Niño Jesús —más conocida como Santa Teresita— encontró en la primera carta de San Pablo a los Corintios, el sentido de su vida, la senda ascendente que la llevó a la santidad: vivir el amor.
José Rosario Ramírez
La paz como fruto del espíritu
La paz verdadera no depende nada que venga del exterior del ser humano, de acciones que éste emprenda para lograrla. La paz, la auténtica, la imperecedera, es la que tiene su origen en el interior de las personas, y la que éstas proyectan a todos los demás ámbitos: familiar, social, político, laboral, religioso, etcétera. “El hombre bueno saca cosas buenas del tesoro que tiene adentro, y el que es malo, de su fondo malo saca cosas malas, porque su boca habla de lo que abunda en el corazón” (Lc.6,45).
Ahora bien, esta paz “interior”, es ante todo un don de Dios; don que no se puede obtener ni con el esfuerzo personal, ni con sabiduría y prudencia humanas, mucho menos con técnicas, como las de relajamiento, de meditación, etcétera pues, siendo un don de Dios, es obvio que sólo viene de Él y siempre será gratuito. Jesús mismo lo afirmó: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman!” (Jn. 14, 27)
Por tanto, es necesario pedirlo, y pedirlo con fe, sabiendo que el Señor es fiel a su promesa, y siempre cumple. Mas, para ello necesitamos una actitud humilde. La humildad entendida como el “caminar siempre en la verdad”, según lo afirmaba Santa Teresa de Jesús.
Otra condición más para alcanzar esa paz interior, es vivir en libertad interior, vivir sin ataduras de cualquier tipo, sin apegos a nada ni a nadie, poniendo nuestro corazón exclusivamente en el Señor y viviendo una total comunión de nuestra voluntad con la voluntad de Dios, lo que a su vez se logra con una profunda vida de oración, de relación íntima con Él.
El Evangelio de hoy nos recuerda la parábola de la higuera estéril, con la que el Señor nos dice que nosotros hemos sido plantados en este mundo para dar fruto y fruto abundante, que si no damos ese fruto esperado seremos cortados; así mismo que a aquellos que aun no dan fruto, siempre se les dará una oportunidad más, porque “Él Señor es paciente y comprensivo, lento a la ira y rico en misericordia”.
Todos estamos llamados a dar fruto y ese fruto ha de ser el que el Espíritu Santo suscite en nosotros. Dice la Carta a los Gálatas 5, 22: “El fruto del Espíritu es caridad, alegría, paz(...)”
Sigamos luchando por la paz verdadera, la que es fruto del Paráclito, y surge de un corazón creyente, humilde, libre, y que se comunica a los demás, para lograr la paz social.
Francisco Javier Cruz Luna
Una oración
Señor, Dios mío, cada día es una oportunidad que me brindas para revisar mi vida, para verme en el espejo de tu gracia, en el plan que desde siempre trazaste para mí. Y no quiero ser, Señor, como la higuera en la cual buscas fruto año tras año y no encuentras más que follaje estéril, apariencia y fantasía…
Hoy te pido Señor, con toda sinceridad; dame claridad para ver mi vida tal cual es en realidad, para mirar las cosas como las miras Tú, y para cambiar lo que está fuera de tus parámetros. Señor, mírame con benevolencia, porque tan sólo tu misericordia puede guiarme a vivir en el centro de tu amor.
MBS, fsp
En este domingo tercero de Cuaresma, el Señor deja la sabiduría de su doctrina en una parábola breve y clara: una higuera buena para prometer y mala para cumplir, pues se ha vuelto verde y atractiva con sus hojas, mas no ha dado higos.
Dijo entonces el dueño de la viña: “Mira, durante tres años seguidos he venido a buscar higos en esta higuera, y no los he encontrado. córtala. ¿Para qué ocupa la tierra inútilmente? El viñador le contestó: “Señor , déjala todavía este año; voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono para ver si da fruto. Si no, al año siguiente la cortaré”.
Dentro de estas imágenes y esta narración simple, se esconde el misterio de las dos actitudes: la del pecador y la misericordiosa paciencia del viñador que es Cristo.
Sólo es capaz de convertirse, el que se puede enfrentar a sí mismo.
Es grande el que se atreve a luchar y vencer a su propio yo. Esa es la conversión.
San Pablo —gran publicista y además de entera confianza, porque predicaba siempre solo la verdad a costa de todo— desde el Siglo I ya anunciaba un cambio, pero en lo interior, donde ciertamente es posible: “Dejando pues vuestra antigua conducta, despojados del hombre viejo, viciado por las concupisencias seductoras, renovaos en el espíritu de vuestra mente y vestíos del hombre nuevo, creado según Dios en justicia y santidad verdaderas”.
En la viña del Señor —la iglesia— y en toda la sociedad, abundan las higueras estériles.
El cristianismo es la ley del amor, y el verdadero amor sólo se puede entender en el servicio. Amar es darse, entregarse. Consiste en obras y en la verdad, no en las palabras o sólo en la lengua. “Mientras tengamos tiempo, hagamos el bien a todo el mundo”, así habla San Pablo.
La prueba del amor está en la acción.
Cuando se vive el amor, se dan frutos abundantes
Santa Teresa del Niño Jesús —más conocida como Santa Teresita— encontró en la primera carta de San Pablo a los Corintios, el sentido de su vida, la senda ascendente que la llevó a la santidad: vivir el amor.
José Rosario Ramírez
La paz como fruto del espíritu
La paz verdadera no depende nada que venga del exterior del ser humano, de acciones que éste emprenda para lograrla. La paz, la auténtica, la imperecedera, es la que tiene su origen en el interior de las personas, y la que éstas proyectan a todos los demás ámbitos: familiar, social, político, laboral, religioso, etcétera. “El hombre bueno saca cosas buenas del tesoro que tiene adentro, y el que es malo, de su fondo malo saca cosas malas, porque su boca habla de lo que abunda en el corazón” (Lc.6,45).
Ahora bien, esta paz “interior”, es ante todo un don de Dios; don que no se puede obtener ni con el esfuerzo personal, ni con sabiduría y prudencia humanas, mucho menos con técnicas, como las de relajamiento, de meditación, etcétera pues, siendo un don de Dios, es obvio que sólo viene de Él y siempre será gratuito. Jesús mismo lo afirmó: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman!” (Jn. 14, 27)
Por tanto, es necesario pedirlo, y pedirlo con fe, sabiendo que el Señor es fiel a su promesa, y siempre cumple. Mas, para ello necesitamos una actitud humilde. La humildad entendida como el “caminar siempre en la verdad”, según lo afirmaba Santa Teresa de Jesús.
Otra condición más para alcanzar esa paz interior, es vivir en libertad interior, vivir sin ataduras de cualquier tipo, sin apegos a nada ni a nadie, poniendo nuestro corazón exclusivamente en el Señor y viviendo una total comunión de nuestra voluntad con la voluntad de Dios, lo que a su vez se logra con una profunda vida de oración, de relación íntima con Él.
El Evangelio de hoy nos recuerda la parábola de la higuera estéril, con la que el Señor nos dice que nosotros hemos sido plantados en este mundo para dar fruto y fruto abundante, que si no damos ese fruto esperado seremos cortados; así mismo que a aquellos que aun no dan fruto, siempre se les dará una oportunidad más, porque “Él Señor es paciente y comprensivo, lento a la ira y rico en misericordia”.
Todos estamos llamados a dar fruto y ese fruto ha de ser el que el Espíritu Santo suscite en nosotros. Dice la Carta a los Gálatas 5, 22: “El fruto del Espíritu es caridad, alegría, paz(...)”
Sigamos luchando por la paz verdadera, la que es fruto del Paráclito, y surge de un corazón creyente, humilde, libre, y que se comunica a los demás, para lograr la paz social.
Francisco Javier Cruz Luna
Una oración
Señor, Dios mío, cada día es una oportunidad que me brindas para revisar mi vida, para verme en el espejo de tu gracia, en el plan que desde siempre trazaste para mí. Y no quiero ser, Señor, como la higuera en la cual buscas fruto año tras año y no encuentras más que follaje estéril, apariencia y fantasía…
Hoy te pido Señor, con toda sinceridad; dame claridad para ver mi vida tal cual es en realidad, para mirar las cosas como las miras Tú, y para cambiar lo que está fuera de tus parámetros. Señor, mírame con benevolencia, porque tan sólo tu misericordia puede guiarme a vivir en el centro de tu amor.
MBS, fsp