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Cristo invita a algo más alto
“No trabajen por el alimento perecedero, sino por el que daré”, cita bíblica
Después de la multiplicación de los panes, el Señor Jesús se escondió porque querían coronarlo rey. La multitud lo seguía buscando. Subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún, donde lo encontraron.
El capítulo sexto del evangelio de San Juan, en once versículos presenta un diálogo entre Cristo y los que fueron a buscarlo.
Es difícil entender cuándo son distintas, o casi opuestas, las dos visiones. Cristo mira y quiere que ellos miren más allá, más arriba de las cosas materiales; a la multitud le interesa comer, saciarse otra vez, llenar sus estómagos y ya.
El Señor mira no solamente los rostros, mira los corazones. Conoce al pueblo de Israel, a su pueblo con intereses materiales. La imagen del Mesías anunciado por los profetas es, para ellos, de alguien poderoso, rico, fuerte, capaz de darle riquezas a su pueblo. Cristo les dice:
“Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron milagros, sino porque han comido hasta saciarse”
Así Jesús señala la diferencia entre la auténtica búsqueda de Dios, la auténtica fe, y la búsqueda de otros intereses; esa fe inmadura, esa búsqueda de los beneficios materiales; si acuden por su religiosidad, o pretenden obtener algo mediante su religiosidad.
El evangelio es la palabra de Cristo, y Cristo y su palabra están fuera y sobre el tiempo, así que ahora y aquí tienen la misma fuerza esas palabras para el hombre del siglo XXI.
¿Qué quiere el hombre de hoy? Quiere comer, saciarse, divertirse, tener, consumir. La sociedad actual no es libre, sino víctima... es sociedad de consumo. Quiere lo inmediato; su visión es tan limitada, que a veces sólo pretende el triunfo de su equipo, un programa en la televisión... Unos se contentan con la ganancia en su negocio; otros más quieren asegurarse, quedarse en lo establecido, en lo prefijado.
Algunos se satisfacen con lo fácil o lo publicitario, y hay quienes mezclan todas sus frágiles intenciones con su fe. según su limitada visión, y su religiosidad es superficial, es frágil.
Acosado por la publicidad, el hombre de este tiempo tiene muchas pequeñas y grandes necesidades que antes no tenía, y gasta buena parte de su tiempo en ingeniarse para satisfacer aquello que necesita.
Hace veinte años muy pocos tenían en el bolsillo el prodigio del teléfono sin alambre; hoy, chicos y grandes lo traen, y lo juzgan de tal manera indispensable, que no podrían “vivir” sin él.
Y luego, singularmente entre los jóvenes, se manifiesta un afán de probar todo, de experimentar todo. Es hambre, y ésta insaciable. Se lanzan a a todo porque se sienten vacíos: bebidas, drogas, sexo, el dinero, el poder... y acaban por sentirse más vacíos todavía.
“No trabajen por el alimento perecedero, sino por el que daré”
En un lenguaje actual, entender este mensaje es entender que la vida de cada uno, sea cual sea su condición, es valiosa, y que cada ser humano --alma y cuerpo-- en este espacio temporal llamado vida, tiene un sentido, y muy alto.
Ni la vida del perro, ni la del caballo del hombre, su dueño, tienen sentido; son del mundo animal como las aves, como los peces, como las fieras. Tienen fin transitorio, perecedero.
El hombre tiene un fin eterno. Su existir, su vivir, tiene una proyección para más allá de los límites marcados entre la cuna y el cajón de difunto. El hombre es un proyecto inacabado y eterno. Va para más allá, y por ese motivo nunca podrá dejarlo satisfecho cuanto acumule y goce.
Lo sintió el siempre insatisfecho Agustín de Hipona. Había probado todo y así lo dijo: “No hay camino --ni aún el del mal-- que mis pies no hayan recorrido”. Pero su insatisfacción de muchos años, su vagar sin rumbo, encontró luz y vida a los treinta y tres años, cuando encontró a Cristo. Inicia su libro “Las confesiones”, con una profunda confesión: “Nos hiciste para ti, oh Señor, y nuestro corazón andará inquieto hasta que descanse en ti”.
Hoy se tiene más conciencia de la dignidad del hombre
Es bueno mirar las dos caras de la moneda, para no ser pesimista, y a pesar de esa fascinación por lo que ofrece la publicidad, de la locura de consumir, de comprar, hay más sentido de solidaridad, hay fuertes corrientes de humanismo y humanización, insistencia en los derechos humanos, rechazo de cualquier segregación o racismo y apoyo a quienes expresan sus ideas políticas o religiosas.
El hombre ha ido tomando conciencia de su humanidad, signo de cierta madurez humana y mayor empeño en luchar por la libertad y vivirla. Por eso busca mejorar o superar estructuras familiares y sociales, que propicien más la dignidad de las personas. Todo esto es muy bueno, saludable, digno de vivirlo y acrecentarlo, pero hace falta todavía algo, mucho más...
Trabajar más para alcanzar la vida eterna
¿Qué puede significar la vida eterna para el hombre del siglo actual? Cruza los aires en raudos vuelos de continente a continente. Parece que sólo sabe correr y volar. Prisa, ruido, multiplicidad e asuntos, de diversiones, de espectáculos, de negocios. ¿Cuándo y a qué horas se sienta a pensar en el auténtico sentido de su propia vida? ¿Ante un fracaso? ¿Ante el féretro que guarda las cenizas de un ser querido?
La vida eterna no es algo que se agrega a los sesenta o setenta años de vida temporal; la vida eterna es una realidad cierta, muy cierta, y más cercana de lo que a veces piensa el hombre. Y más aún, es algo que se debe y se puede adquirir.
Después de que los hombres pusieron su planta en el satélite Luna, ya los del buen humor vendían lotes para posibles pobladores. Eso era un juego.
La vida eterna no se ha de comprar con oro y plata, sino trabajar para conseguirla. Y la respuesta es vivir la vida temporal; hacer todo lo que se ha de hacer en esta ciudad terrena, pero con una perspectiva eterna. Eterno es lo profundo, contrapunto de lo superficial; eterno es lo que por sí mismo vale.
San Pablo, en la lectura de hoy, exhorta a los efesios: “No vivan como viven los paganos, que se conducen en forma frívola y superficial” (Ef 4, 14)
“Yo soy el pan vivo”
Desde aquí en el tiempo, el hombre llega a su plenitud cuando encuentra a Cristo.
Durante años y años las multitudes aclamaron al Papa Juan Pablo II, y no por su persona, sino porque a través de su imagen veían la persona de Cristo. Él actuaba como Juan el Bautista, como simple mensajero que decía: “Pero detrás de mí está Aquél a quien no merezco ni siquiera desatarle las correas de sus sandalias”, pues había encontrado su plenitud en Cristo.
Así muchos cristianos, en el correr de veinte siglos que es el camino de la Iglesia, han podido decir con San Pablo: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”.
El cristiano, si lucha por asemejarse a Cristo su maestro y su Señor, aprende a ayudar a los desheredados, a los marginados, a los enfermos, a los que “llegaron tarde al reparto de posibilidades”.
La multitud oyó de los labios de Cristo, allí en Cafarnaúm, que Él era el pan vivo, bajado del cielo, y “el que coma de este pan vivirá eternamente”.
Pbro. José R. Ramírez
El capítulo sexto del evangelio de San Juan, en once versículos presenta un diálogo entre Cristo y los que fueron a buscarlo.
Es difícil entender cuándo son distintas, o casi opuestas, las dos visiones. Cristo mira y quiere que ellos miren más allá, más arriba de las cosas materiales; a la multitud le interesa comer, saciarse otra vez, llenar sus estómagos y ya.
El Señor mira no solamente los rostros, mira los corazones. Conoce al pueblo de Israel, a su pueblo con intereses materiales. La imagen del Mesías anunciado por los profetas es, para ellos, de alguien poderoso, rico, fuerte, capaz de darle riquezas a su pueblo. Cristo les dice:
“Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron milagros, sino porque han comido hasta saciarse”
Así Jesús señala la diferencia entre la auténtica búsqueda de Dios, la auténtica fe, y la búsqueda de otros intereses; esa fe inmadura, esa búsqueda de los beneficios materiales; si acuden por su religiosidad, o pretenden obtener algo mediante su religiosidad.
El evangelio es la palabra de Cristo, y Cristo y su palabra están fuera y sobre el tiempo, así que ahora y aquí tienen la misma fuerza esas palabras para el hombre del siglo XXI.
¿Qué quiere el hombre de hoy? Quiere comer, saciarse, divertirse, tener, consumir. La sociedad actual no es libre, sino víctima... es sociedad de consumo. Quiere lo inmediato; su visión es tan limitada, que a veces sólo pretende el triunfo de su equipo, un programa en la televisión... Unos se contentan con la ganancia en su negocio; otros más quieren asegurarse, quedarse en lo establecido, en lo prefijado.
Algunos se satisfacen con lo fácil o lo publicitario, y hay quienes mezclan todas sus frágiles intenciones con su fe. según su limitada visión, y su religiosidad es superficial, es frágil.
Acosado por la publicidad, el hombre de este tiempo tiene muchas pequeñas y grandes necesidades que antes no tenía, y gasta buena parte de su tiempo en ingeniarse para satisfacer aquello que necesita.
Hace veinte años muy pocos tenían en el bolsillo el prodigio del teléfono sin alambre; hoy, chicos y grandes lo traen, y lo juzgan de tal manera indispensable, que no podrían “vivir” sin él.
Y luego, singularmente entre los jóvenes, se manifiesta un afán de probar todo, de experimentar todo. Es hambre, y ésta insaciable. Se lanzan a a todo porque se sienten vacíos: bebidas, drogas, sexo, el dinero, el poder... y acaban por sentirse más vacíos todavía.
“No trabajen por el alimento perecedero, sino por el que daré”
En un lenguaje actual, entender este mensaje es entender que la vida de cada uno, sea cual sea su condición, es valiosa, y que cada ser humano --alma y cuerpo-- en este espacio temporal llamado vida, tiene un sentido, y muy alto.
Ni la vida del perro, ni la del caballo del hombre, su dueño, tienen sentido; son del mundo animal como las aves, como los peces, como las fieras. Tienen fin transitorio, perecedero.
El hombre tiene un fin eterno. Su existir, su vivir, tiene una proyección para más allá de los límites marcados entre la cuna y el cajón de difunto. El hombre es un proyecto inacabado y eterno. Va para más allá, y por ese motivo nunca podrá dejarlo satisfecho cuanto acumule y goce.
Lo sintió el siempre insatisfecho Agustín de Hipona. Había probado todo y así lo dijo: “No hay camino --ni aún el del mal-- que mis pies no hayan recorrido”. Pero su insatisfacción de muchos años, su vagar sin rumbo, encontró luz y vida a los treinta y tres años, cuando encontró a Cristo. Inicia su libro “Las confesiones”, con una profunda confesión: “Nos hiciste para ti, oh Señor, y nuestro corazón andará inquieto hasta que descanse en ti”.
Hoy se tiene más conciencia de la dignidad del hombre
Es bueno mirar las dos caras de la moneda, para no ser pesimista, y a pesar de esa fascinación por lo que ofrece la publicidad, de la locura de consumir, de comprar, hay más sentido de solidaridad, hay fuertes corrientes de humanismo y humanización, insistencia en los derechos humanos, rechazo de cualquier segregación o racismo y apoyo a quienes expresan sus ideas políticas o religiosas.
El hombre ha ido tomando conciencia de su humanidad, signo de cierta madurez humana y mayor empeño en luchar por la libertad y vivirla. Por eso busca mejorar o superar estructuras familiares y sociales, que propicien más la dignidad de las personas. Todo esto es muy bueno, saludable, digno de vivirlo y acrecentarlo, pero hace falta todavía algo, mucho más...
Trabajar más para alcanzar la vida eterna
¿Qué puede significar la vida eterna para el hombre del siglo actual? Cruza los aires en raudos vuelos de continente a continente. Parece que sólo sabe correr y volar. Prisa, ruido, multiplicidad e asuntos, de diversiones, de espectáculos, de negocios. ¿Cuándo y a qué horas se sienta a pensar en el auténtico sentido de su propia vida? ¿Ante un fracaso? ¿Ante el féretro que guarda las cenizas de un ser querido?
La vida eterna no es algo que se agrega a los sesenta o setenta años de vida temporal; la vida eterna es una realidad cierta, muy cierta, y más cercana de lo que a veces piensa el hombre. Y más aún, es algo que se debe y se puede adquirir.
Después de que los hombres pusieron su planta en el satélite Luna, ya los del buen humor vendían lotes para posibles pobladores. Eso era un juego.
La vida eterna no se ha de comprar con oro y plata, sino trabajar para conseguirla. Y la respuesta es vivir la vida temporal; hacer todo lo que se ha de hacer en esta ciudad terrena, pero con una perspectiva eterna. Eterno es lo profundo, contrapunto de lo superficial; eterno es lo que por sí mismo vale.
San Pablo, en la lectura de hoy, exhorta a los efesios: “No vivan como viven los paganos, que se conducen en forma frívola y superficial” (Ef 4, 14)
“Yo soy el pan vivo”
Desde aquí en el tiempo, el hombre llega a su plenitud cuando encuentra a Cristo.
Durante años y años las multitudes aclamaron al Papa Juan Pablo II, y no por su persona, sino porque a través de su imagen veían la persona de Cristo. Él actuaba como Juan el Bautista, como simple mensajero que decía: “Pero detrás de mí está Aquél a quien no merezco ni siquiera desatarle las correas de sus sandalias”, pues había encontrado su plenitud en Cristo.
Así muchos cristianos, en el correr de veinte siglos que es el camino de la Iglesia, han podido decir con San Pablo: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”.
El cristiano, si lucha por asemejarse a Cristo su maestro y su Señor, aprende a ayudar a los desheredados, a los marginados, a los enfermos, a los que “llegaron tarde al reparto de posibilidades”.
La multitud oyó de los labios de Cristo, allí en Cafarnaúm, que Él era el pan vivo, bajado del cielo, y “el que coma de este pan vivirá eternamente”.
Pbro. José R. Ramírez