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Creo en la vida eterna
La esperanza es una virtud teologal, que el Espíritu Santo infunde en la voluntad de llegar a conseguir la salvación eterna
GUADALAJARA, JALISCO (10/NOV/2013).- ¿Quién que es no ama la vida? Aunque algunos, con ceguera o temeridad, la arriesgan, la juegan, otros —los más— aman la vida como el mayor bien y son capaces de todo por no perderla.
Siempre, sin embargo, lo que un día empezó llegará a su final.
Todo ser humano lleva un ansia de inmortalidad.
Nadie, aun aquellos colmados de todas las satisfacciones terrenas, se sentirá plenamente realizado en ese espacio que va de la cuna al féretro.
Cuando el cristiano proclama su fe, empieza diciendo: “Creo en Dios padre, creador del cielo y de la tierra” y concluye: “Creo en la vida eterna”.
La razón y la conciencia interior anhelan, presienten, casi exigen otra vida sin oscuridades, sin incoherencias, sin contradicciones, sin injusticias, sin dolor, sin temor a la muerte. Allí entra la luz de la fe e, inseparable, la esperanza.
La fe en la palabra de Dios revelada a los hombres.
En la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús, el hijo de Dios, con palabras claras anunció: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”.
Cuando la mirada no es mirada de fe, como la del salmista, sino la fría elucubración de los filósofos del siglo XXI, allí no cabe la esperanza ni la alegría.
Viven con amargura y desencanto, porque ignoran o porque han olvidado que Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, y que el hombre no ha llegado a la vida a la que llegó, sin su propia voluntad, sino que ha sido creado para ser feliz y su meta no está en el tiempo. Que la vida es una peregrinación y que siempre hay que aspirar a los bienes eternos.
La esperanza es una virtud teologal, que el Espíritu Santo infunde en la voluntad de llegar a conseguir la salvación eterna.
Pbro. José R. Ramírez M.
LA PALABRA DE DIOS
• PRIMERA LECTURA
Segundo libro de los Macabeos 7, 1-2. 9-14
“Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará”.
• SEGUNDA LECTURA
Segunda carta del apóstol san Pablo a los tesalonicenses 2, 16-3, 5
“Oren por nosotros para que la palabra del Señor se propague con rapidez y sea recibida con honor”.
EVANGELIO
San Lucas 20, 27-38
“Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para Él todos viven”.
La realidad supera la ficción
A lo largo de la historia de la humanidad, infinidad de veces hemos constatado este dicho: “La realidad supera la ficción”. Por imaginativo, grandilocuente que pueda ser el pensamiento de una persona, siempre nos sorprende mucho más la realidad, en ocasiones para bien y en otras para mal.
La literatura y el cine contienen espectaculares ejemplos con este mismo argumento, producciones que se sustentan en la imaginación, siendo así del género de la ficción: son verdaderamente admirables y otras que se basan en hechos reales terminan siendo sorprendentes. Pero, como mencionábamos, esto no es nuevo.
En tiempos de Jesús se acercaron a él unos saduceos, con una imaginación admirable, con la cual querían burlarse de él y contradecir la resurrección de los muertos: un hombre contrae matrimonio y, al morir y no dejar descendencia, la ley de ese tiempo marcaba que el hermano menor debía esposar a la viuda para dar descendencia al hermano; tenía seis hermanos, los siete al morir no dejan un solo hijo. La pregunta admirablemente imaginativa: ¿de quién será esposa al resucitar? Si es que resucitan… Todo esto, simple y vana imaginación, admirable imaginación.
Pero la realidad sorprende: en tiempos del rey Antíoco Epifanes, una familia de Macabeos, conformada por siete hermanos, fue llevada al martirio con la intención de que renegaran de Dios, pero heroicamente uno a uno, contemplando la muerte de sus hermanos, dieron muestra admirable de su amor a Dios, porque sabían que la resurrección existe, hermosa realidad que supera la ficción.
La resurrección no es cuestión de ficción: es un triunfo otorgado por Dios a los hombres. Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para Él todos viven.
Siempre, sin embargo, lo que un día empezó llegará a su final.
Todo ser humano lleva un ansia de inmortalidad.
Nadie, aun aquellos colmados de todas las satisfacciones terrenas, se sentirá plenamente realizado en ese espacio que va de la cuna al féretro.
Cuando el cristiano proclama su fe, empieza diciendo: “Creo en Dios padre, creador del cielo y de la tierra” y concluye: “Creo en la vida eterna”.
La razón y la conciencia interior anhelan, presienten, casi exigen otra vida sin oscuridades, sin incoherencias, sin contradicciones, sin injusticias, sin dolor, sin temor a la muerte. Allí entra la luz de la fe e, inseparable, la esperanza.
La fe en la palabra de Dios revelada a los hombres.
En la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús, el hijo de Dios, con palabras claras anunció: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”.
Cuando la mirada no es mirada de fe, como la del salmista, sino la fría elucubración de los filósofos del siglo XXI, allí no cabe la esperanza ni la alegría.
Viven con amargura y desencanto, porque ignoran o porque han olvidado que Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, y que el hombre no ha llegado a la vida a la que llegó, sin su propia voluntad, sino que ha sido creado para ser feliz y su meta no está en el tiempo. Que la vida es una peregrinación y que siempre hay que aspirar a los bienes eternos.
La esperanza es una virtud teologal, que el Espíritu Santo infunde en la voluntad de llegar a conseguir la salvación eterna.
Pbro. José R. Ramírez M.
LA PALABRA DE DIOS
• PRIMERA LECTURA
Segundo libro de los Macabeos 7, 1-2. 9-14
“Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará”.
• SEGUNDA LECTURA
Segunda carta del apóstol san Pablo a los tesalonicenses 2, 16-3, 5
“Oren por nosotros para que la palabra del Señor se propague con rapidez y sea recibida con honor”.
EVANGELIO
San Lucas 20, 27-38
“Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para Él todos viven”.
La realidad supera la ficción
A lo largo de la historia de la humanidad, infinidad de veces hemos constatado este dicho: “La realidad supera la ficción”. Por imaginativo, grandilocuente que pueda ser el pensamiento de una persona, siempre nos sorprende mucho más la realidad, en ocasiones para bien y en otras para mal.
La literatura y el cine contienen espectaculares ejemplos con este mismo argumento, producciones que se sustentan en la imaginación, siendo así del género de la ficción: son verdaderamente admirables y otras que se basan en hechos reales terminan siendo sorprendentes. Pero, como mencionábamos, esto no es nuevo.
En tiempos de Jesús se acercaron a él unos saduceos, con una imaginación admirable, con la cual querían burlarse de él y contradecir la resurrección de los muertos: un hombre contrae matrimonio y, al morir y no dejar descendencia, la ley de ese tiempo marcaba que el hermano menor debía esposar a la viuda para dar descendencia al hermano; tenía seis hermanos, los siete al morir no dejan un solo hijo. La pregunta admirablemente imaginativa: ¿de quién será esposa al resucitar? Si es que resucitan… Todo esto, simple y vana imaginación, admirable imaginación.
Pero la realidad sorprende: en tiempos del rey Antíoco Epifanes, una familia de Macabeos, conformada por siete hermanos, fue llevada al martirio con la intención de que renegaran de Dios, pero heroicamente uno a uno, contemplando la muerte de sus hermanos, dieron muestra admirable de su amor a Dios, porque sabían que la resurrección existe, hermosa realidad que supera la ficción.
La resurrección no es cuestión de ficción: es un triunfo otorgado por Dios a los hombres. Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para Él todos viven.