Suplementos
Creo en Dios todopoderoso, creador del Cielo y de la Tierra
El discípulo no ha de ser el inventor de un camino privado y exclusivo, sino un seguidor de la fe auténtica
Después de los 40 días de ayuno en el desierto y de la humillante escena de las tres tentaciones, en este segundo domingo de Cuaresma el señor Jesús aparece en la cumbre de un monte, lleno de gloria. “Su rostro se transfiguró y sus vestiduras se hicieron blancas y resplandecientes.”
Alta es la cumbre de la santidad; escarpada la senda para alcanzar esa altura; áspero y difícil el camino de cada día.
Santo Tomás de Aquino escribió así sobre este tema: “Jesús nos enseña con esto que a todos cuantos desean contemplar a Dios, les es necesario no dejarse llevar por los bajos placeres, sino elevarse sin cesar, por medio del amor, hacia los bienes celestiales.”
El discípulo no ha de ser el inventor de un camino privado y exclusivo, como han surgido “cristianismos” en los últimos años —a la medida y al gusto de los pseudoinspirados— pulverizando así el cristianismo en sectas y semientas, con fragmentos de Evangelio a su conveniencia y con el menor número de exigencias.
El reino —único redil con un único pastor, que es Cristo— ha luchado, en el paso de los siglos, para conservar la misma dirección, desde los tiempos apostólicos hasta este turbulento siglo XXI.
La profesión de fe del cristiano del siglo XXI es la misma —ni una palabra más, ni una palabra menos— que la del Concilio de Nicea, del año 321, y el Concilio de Constantinopla, del año 381. “Esta síntesis de la fe no ha sido hecha según las opiniones humanas, sino que de toda la escritura ha sido recogido lo que hay en ella más importante, para dar en su integridad la única enseñanza de la fe”.
Así asentó san Cirilo de Jerusalén, en el siglo V: “Creo en Dios todopoderoso, creador del Cielo y de la Tierra. Creo en Jesucristo, su único hijo, señor nuestro, que fue concebido por obra del Espíritu Santo”. Así, domingo a domingo, el pueblo cristiano —de pie y en voz alta— profesa su fe, siempre inalterable. Es el símbolo de la fe, es el signo de identificación y de comunión de los creyentes.
La Cruz ha sido siempre un escándalo para los hombres. Habrían de pasar muchos acontecimientos trascendentales —el mayor de todos, la muerte y resurrección de su maestro— para que empezaran a entender que seguir a Cristo tiene como condición llevar cada uno, en la espalda, su propia Cruz.
El misterio de la cruz es la verdadera sabiduría, es el camino cierto de la santidad, de la bienaventuranza eterna,
Quien ha escuchado la palabra de Cristo y ha decidido seguirle, en centrar también la gracia.
El cristiano vive en estado de espera, ciudadano del cielo, y no puede eludir las pruebas de la Cruz de su propio estado y condición. Gira únicamente en dirección de la Cruz de Cristo.
Para el cristiano, la aceptación de la Cruz, es la verdadera vida del alma, y consiste en unirse con sus propios sufrimientos a los sufrimientos de cristo; así, lo pequeño, lo insignificante, adquiere valor infinito en cuanto forma parte de la Cruz de Cristo.
José Rosario Ramírez M.
Anticipando el cielo
Una de las más grandes esperanzas, y uno de los más firmes consuelos del cristiano es el cielo que Dios ha prometido para los que creen en su Hijo Jesús. La maravilla de las buenas noticias es descubrir que la obra de Cristo en la cruz no nos devolverá al huerto del Edén, sino que nos abrirá las puertas del cielo para estar con Dios por toda la eternidad.
Saber que hay un cielo en nuestro futuro nos puede alentar para seguir firmes en nuestra carrera de la fe, al mismo tiempo que nos puede motivar para buscar que otros, que amamos, tengan esa misma seguridad. No hemos visto el cielo, pero a través de los ojos de la fe, podemos anticipar que ese maravilloso lugar existe, y nos está esperando.
Aunque la mayoría de los creyentes en Jesús no hemos visto el cielo, la Biblia nos abre pequeñas “ventanas” por donde podemos atisbar, y entender un poco de lo que sucede ahí. En cierto momento del ministerio de Jesús, el Señor subió a un monte, en donde se transfiguró delante de sus discípulos, siendo acompañado por Moisés y Elías. Incluso los discípulos presentes pudieron escuchar parte de la conversación entre los tres personajes ¿Qué nos muestra esta manifestación? Muchas cosas, por ejemplo, que no hay diferencia entre la cronología o edad de los que están en el cielo, y que fácilmente pueden reconocerse, a pesar de haber vivido en otros tiempos.
También podemos ver que no hay diferencia entre quien murió (Moisés) al igual que los demás mortales, y quien no murió (Elías) sino que fue llevado directamente a la presencia de Dios. En medio de ellos, Jesucristo se manifiesta como el centro de todo, y quien, en el cielo, recibirá toda la doración de los que estemos ahí.
Angel Flores Rivero
Una oración
Señor mío Jesucristo, hoy quiero decirte con fuerza que te amo, que quiero estar contigo y ser de los tuyos, porque no quiero que a la hora definitiva, Tú me desconozcas o que pases a mi lado y me ignores. No quiero que me reproches que fue muy poco el tiempo que dediqué a tus cosas, y que desperdicié mi amor en lo que no era ni importante ni valioso. Señor Jesús, ten misericordia de mí, cuando te olvido, cuando me alejo de tu grupo, ayúdame a volver. Señor Jesús quiero estar contigo para llegar al Padre, siempre a tu lado y siempre fiel.
MBS, fsp
Alta es la cumbre de la santidad; escarpada la senda para alcanzar esa altura; áspero y difícil el camino de cada día.
Santo Tomás de Aquino escribió así sobre este tema: “Jesús nos enseña con esto que a todos cuantos desean contemplar a Dios, les es necesario no dejarse llevar por los bajos placeres, sino elevarse sin cesar, por medio del amor, hacia los bienes celestiales.”
El discípulo no ha de ser el inventor de un camino privado y exclusivo, como han surgido “cristianismos” en los últimos años —a la medida y al gusto de los pseudoinspirados— pulverizando así el cristianismo en sectas y semientas, con fragmentos de Evangelio a su conveniencia y con el menor número de exigencias.
El reino —único redil con un único pastor, que es Cristo— ha luchado, en el paso de los siglos, para conservar la misma dirección, desde los tiempos apostólicos hasta este turbulento siglo XXI.
La profesión de fe del cristiano del siglo XXI es la misma —ni una palabra más, ni una palabra menos— que la del Concilio de Nicea, del año 321, y el Concilio de Constantinopla, del año 381. “Esta síntesis de la fe no ha sido hecha según las opiniones humanas, sino que de toda la escritura ha sido recogido lo que hay en ella más importante, para dar en su integridad la única enseñanza de la fe”.
Así asentó san Cirilo de Jerusalén, en el siglo V: “Creo en Dios todopoderoso, creador del Cielo y de la Tierra. Creo en Jesucristo, su único hijo, señor nuestro, que fue concebido por obra del Espíritu Santo”. Así, domingo a domingo, el pueblo cristiano —de pie y en voz alta— profesa su fe, siempre inalterable. Es el símbolo de la fe, es el signo de identificación y de comunión de los creyentes.
La Cruz ha sido siempre un escándalo para los hombres. Habrían de pasar muchos acontecimientos trascendentales —el mayor de todos, la muerte y resurrección de su maestro— para que empezaran a entender que seguir a Cristo tiene como condición llevar cada uno, en la espalda, su propia Cruz.
El misterio de la cruz es la verdadera sabiduría, es el camino cierto de la santidad, de la bienaventuranza eterna,
Quien ha escuchado la palabra de Cristo y ha decidido seguirle, en centrar también la gracia.
El cristiano vive en estado de espera, ciudadano del cielo, y no puede eludir las pruebas de la Cruz de su propio estado y condición. Gira únicamente en dirección de la Cruz de Cristo.
Para el cristiano, la aceptación de la Cruz, es la verdadera vida del alma, y consiste en unirse con sus propios sufrimientos a los sufrimientos de cristo; así, lo pequeño, lo insignificante, adquiere valor infinito en cuanto forma parte de la Cruz de Cristo.
José Rosario Ramírez M.
Anticipando el cielo
Una de las más grandes esperanzas, y uno de los más firmes consuelos del cristiano es el cielo que Dios ha prometido para los que creen en su Hijo Jesús. La maravilla de las buenas noticias es descubrir que la obra de Cristo en la cruz no nos devolverá al huerto del Edén, sino que nos abrirá las puertas del cielo para estar con Dios por toda la eternidad.
Saber que hay un cielo en nuestro futuro nos puede alentar para seguir firmes en nuestra carrera de la fe, al mismo tiempo que nos puede motivar para buscar que otros, que amamos, tengan esa misma seguridad. No hemos visto el cielo, pero a través de los ojos de la fe, podemos anticipar que ese maravilloso lugar existe, y nos está esperando.
Aunque la mayoría de los creyentes en Jesús no hemos visto el cielo, la Biblia nos abre pequeñas “ventanas” por donde podemos atisbar, y entender un poco de lo que sucede ahí. En cierto momento del ministerio de Jesús, el Señor subió a un monte, en donde se transfiguró delante de sus discípulos, siendo acompañado por Moisés y Elías. Incluso los discípulos presentes pudieron escuchar parte de la conversación entre los tres personajes ¿Qué nos muestra esta manifestación? Muchas cosas, por ejemplo, que no hay diferencia entre la cronología o edad de los que están en el cielo, y que fácilmente pueden reconocerse, a pesar de haber vivido en otros tiempos.
También podemos ver que no hay diferencia entre quien murió (Moisés) al igual que los demás mortales, y quien no murió (Elías) sino que fue llevado directamente a la presencia de Dios. En medio de ellos, Jesucristo se manifiesta como el centro de todo, y quien, en el cielo, recibirá toda la doración de los que estemos ahí.
Angel Flores Rivero
Una oración
Señor mío Jesucristo, hoy quiero decirte con fuerza que te amo, que quiero estar contigo y ser de los tuyos, porque no quiero que a la hora definitiva, Tú me desconozcas o que pases a mi lado y me ignores. No quiero que me reproches que fue muy poco el tiempo que dediqué a tus cosas, y que desperdicié mi amor en lo que no era ni importante ni valioso. Señor Jesús, ten misericordia de mí, cuando te olvido, cuando me alejo de tu grupo, ayúdame a volver. Señor Jesús quiero estar contigo para llegar al Padre, siempre a tu lado y siempre fiel.
MBS, fsp