Suplementos

Conociendo a san Pablo desde su vida

Los problemas

Así pues, se hospedaron en casa de Lidia, de día trabajaban y al caer la tarde se reunían con las personas que allí acudían a escuchar la Palabra en nombre del Señor Jesús.
     En esta ciudad había una “pitonisa”, o sea una muchacha adivinadora.     Decían que estaba poseída por un espíritu.
     Y sucedió que cuando vio a Pablo y a Silas, se puso a gritar:
– “¡Estos hombres son siervos de Dios y anuncian el camino de la salvación!”.
     Silas dijo a Pablo:
     –¿Ves? El Espíritu sopla donde Dios quiera y se vale hasta de sus mismos enemigos para su gloria.
     – No obstante --dijo Pablo--, esto no me gusta…
     Y temiendo que eso pudiera impedir la difusión del Evangelio, exigió salir al espíritu que se apoderaba de ella, diciéndole:
     – “¡En nombre de Jesucristo, te mando que salgas de ella!”.
     Y el mal espíritu salió… pero los dueños de la muchacha, que era esclava, vivían de las ganancias de la adivina y ahora tendrían pérdidas.
     Por lo tanto, acusaron a Pablo y a Silas como judíos que predicaban una nueva religión y de haber perjudicado a su esclava.
     Los soldados arrestaron a Pablo y a Silas y los metieron a la cárcel encadenados, después de azotarlos.
     – Ve nomás, Silas, nosotros, azotados y perseguidos por llevar la palabra del Señor Jesús…
     – Nosotros, que somos  ciudadanos romanos…
     – Después de todo, es una gloria ser dignos de sufrir por Él.
     – Bendito sea el Padre de nuestro Señor, por su misericordia.
     – Acuérdate de lo que Jesús ha dicho: cuando los lleven a los tribunales, alégrense y gócense. Porque sus nombres están escritos en el cielo.
     – Pablo, hermano ¿por qué no cantamos el cántico de la alegría?
     – Sí, sí ¡qué buena idea! Cantemos…
     “Cantemos todos a la bondad de Dios:
     El será siempre para nosotros el Dios bueno.
     Alabemos al Señor, el Dios de los dioses.
     El será siempre para nosotros el Dios bueno.
     Cantemos todos a la bondad de Dios”.
     Otros hombres que estaban también prisioneros allí, los miraban extrañados:
     – ¿Cómo es que cantan estando en situación tan lamentable: prisioneros, encadenados y sangrantes, porque los han azotado como a los peores criminales?
     – No se asombren, nuestro Dios nos da fuerza para sufrir todo esto y nos conserva la alegría en el corazón a pesar de estos dolores…
     De pronto se siente una sacudida violenta, la tierra tiembla...
     – Es un terremoto…
     Los otros prisioneros gritan espantados, las puertas se abren y las luces de las antorchas se apagan.
     – No se alarmen, estén tranquilos.
     – Hermano, la tierra se abre…
     – Mis cadenas se han roto y han caído… ¿también  las tuyas?
     – No temas, Silas, es el ángel del Señor que nos visita.
     El carcelero, que vive en el piso superior, al darse cuenta de lo que sucede, baja inmediatamente gritando horrorizado:
– ¡Los prisioneros se han escapado! ¡estoy perdido! ¡no me queda más remedio que matarme!
     Pablo, serena y decididamente, se adelanta diciéndole:
     – No te hagas daño, aquí estamos todos.
     – ¡Cómo! Las puertas se han abierto, las cadenas se han roto y ustedes no se han escapado.
     – No tengas miedo, estamos aquí.
     El carcelero reconoce entonces que la esclava tenía razón cuando decía: “estos hombres son siervos de Dios” y añadía “ellos enseñan el Camino de la Salvación”. Entonces, conmovido, dice a Pablo:
     – ¿Qué debo hacer para salvarme?
     – Cree en el señor Jesús y te salvarás tú y tu familia.
     – ¿Yo y mi familia? Vamos allá… arriba.
     Al entrar Pablo en la casa del carcelero, encontró a toda la familia reunida y todos asustados por el terremoto.
     Pablo, con una exquisita dulzura, los tranquilizó y los bendijo diciéndoles:
     – “El Señor les ha elegido para hacerlos pasar de las tinieblas a la luz”.
Entonces empezó a hablarles de Jesús.
     – Él era Dios y ha venido a salvarnos con su muerte, y los que son bautizados en su nombre reciben la vida eterna.
     Aquellas palabras resonaban en forma tan extraordinaria, que embelesaba a todos; no obstante, la mujer del carcelero se percató de las heridas.
     –Pero… mira nada más, estás cubierto de sangre; permíteme que te lave con agua tibia…
     – Bendita seas por tu bondad…
     – Además deben tener hambre, desde ayer no han comido nada.
     Mientras el carcelero y su esposa atienden a los heridos y les preparan algo de comida, Pablo habla:
     – El Señor nos ha rescatado con su sangre… Jesús dijo: “El discípulo no es más que su Maestro; si me han perseguido a mí, también los perseguirán a ustedes”.
– Pero esto es muy injusto…
– Cuando el Señor me llamó, me dijo que iba a sufrir mucho, y su palabra se cumple.
     Ya casi al amanecer el carcelero dijo:
     – Tus heridas han sido ya lavadas, aquí está el agua, ¿quieres bautizarnos?
     – Si de verdad tienen fe, todo es posible.
     Uno por uno se ponen de rodillas y Pablo los bautiza; ellos no caben en sí de alegría.
     Las horas pasan, aquello era casi una fiesta…
     No se daban cuenta de que el tiempo había pasado, cuando en eso llega un enviado de las autoridades con el siguiente mensaje:
     – Los jueces ordenan que pongas a los presos en libertad... déjalos ir y que vayan discretamente en paz y en silencio.
     Cuando el carcelero comunicó esto a Pablo, él no estuvo de acuerdo.
     – ¡Cómo! Nos han golpeado, azotado, aun siendo ciudadanos romanos! ¿y ahora nos hacen salir a escondidas?
     – ¡No! De ninguna manera, así nomás no.
     – ¿Qué dices?
     – Que les digan a los jueces que vengan ellos en persona a ponernos en libertad, y que nos den una disculpa pública.
     Ya liberados, fueron a despedirse de Lidia y de la comunidad, que con lágrimas y oraciones los acompañaron cuando partieron para Tesalónica.

En Tesalónica
 
     Allí fueron hospedados por un hombre llamado Jasón, que era jefe de la Sinagoga.
     Por tres sábados consecutivos Pablo discutió con los judíos, hasta que al final ellos, airados, pusieron en su contra toda la ciudad.
     Sabían dónde buscarlo, llegaron a la casa de Jasón, pero como en ese momento no estaba allí, no lo encontraron porque Pablo estaba en otro lugar.
     Los esbirros (soldados) preguntaron a Jasón:
     – ¿Dónde está Pablo?
     – No lo sé.
     – Ah, ¿no lo sabes? Lo dirás ante los tribunales…
     Y se lo llevaron.
     El juez que lo interrogó quedó asombrado ante su respuesta:
     – No, no son costumbres judías las que Pablo predica. Antes bien, dice que ahora somos libres de la ley, que ahora ha llegado a todos la Salvación.
     El juez le dijo:
     – Amigo Jasón, paga una fianza para salvar las apariencias, después vendrás a hablarme de eso…
     Cuando Pablo llegó a la casa y se dio cuenta de la agitación, preguntó:
     – ¿Qué ha pasado?  
     – Se llevaron a Jasón, pero en realidad a quien venían a buscar era a ti. Tienes que escapar…
     – ¿Y por qué?
     – Porque éstos no se van a quedar tranquilos. Así que inmediatamente prepararemos unos camellos para que salgan ustedes de esta ciudad…
     – No, no, en camellos no, llamaríamos la atención. Vamos a pie.
     En la noche, con la mayor discreción, los hermanos hicieron salir a Pablo y a Silas hacia Berea.

En Berea

     Los judíos de Berea se pusieron muy contentos, porque muchos ya creían en Jesucristo y teniendo a Pablo con ellos podían aprender más y aclarar todas sus dudas.
     Las palabras de Pablo fluían como agua de manantial:
     – Hermanos, manténganse firmes en lo que han aprendido. Que el Señor guíe vuestros corazones hacia el amor de Dios y la tenacidad de Cristo.
     – Pero hay tanta polémica…
     – Ustedes, hermanos, no se cansen de hacer el bien… oren también por nosotros y que la bendición de Cristo Jesús el Mesías esté siempre con ustedes.  

Pablo sale hacia Atenas

     Cuando los judíos de Tesalónica se enteraron dónde estaba Pablo, fueron hasta Berea para alborotar la gente.
     Una vez más, Pablo tuvo que salir huyendo de allí por mar para evitar más problemas.
     Silas y Timoteo permanecieron en Berea, pero antes de partir Pablo les dijo:
     – Tal vez esto sea lo más pertinente, porque, déjenme decirles, desde hace tiempo tengo el deseo de ir a Atenas; allí puede ser un buen lugar para la predicación.
     Les mandaré noticias… Me voy y allá les espero…

Continuará…

María Belén Sánchez Bustos fsp

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