Suplementos
“... Simón, hijo de Juan, me amas?”
Con tres confesiones de que amaba a su maestro más que a todo lo demás, quedaron cerradas para siempre las tres horribles negaciones de Simón Pedro
GUADALAJARA, JALISCO (14/ABR/2013).- El evangelista Juan, testigo y parte del hecho del milagro, narra con tu estilo vivo y directo lo acontecido esa mañana, allí donde los apóstoles trabajaban para ganar el pan de cada día.
Simón Pedro los invito: “Voy a pescar”. Con él se fueron Santiago, Juan, Tomás, Bernabé y otros dos. Una mala noche, idas y vueltas, las redes por aquí y por allá… y nada. No es que hubieran olvidado el oficio, sino, sencillamente, que para ellos nada había caído.
Esa inútil velada, esos afanes infructuosos, estaban dispuestos como un anuncio, una advertencia, de que en su vida de apóstoles no confiarán en sus fuerzas, sino que en todo —y siempre— esperaran el auxilio de Dios.
Y así fue. Cuando el sol ya tendía sus primeros rayos sobre las ondas del lago, en la orilla se dejó ver la figura de Cristo resucitado.
De pronto, sólo vieron a un hombre, pero no lo reconocieron. Él les dijo: “Echen la red a la derecha de la barca.” Así lo hicieron, y al momento ya no podían recoger la red por tanto pescado que contenía.
Los 153 pescados, y grandes, fue el premio a su pronta obediencia.
En los más de 20 siglos del caminar del pueblo de Dios, la iglesia, los cristianos han experimentado profundas crisis, a veces personales y a veces colectivas. Las crisis, o tempestades del alma, son vientos huracanados que sacuden las almas y muchas veces hasta echan abajo arboles robustos, que crujen y ruedan por el suelo.
Nuestras crisis son el resultado de la flaqueza humana, de la pérdida de los valores morales y la complacencia con los intereses del mundo, del demonio y de la carne. El alma engañada, había creído encontrar la dicha en todo lo que le rodeaba. Fue engaño fatal.
Pedro, escogido para la alta misión de ser la cabeza del reino que dejaba Cristo en la tierra fue un hombre débil, cobarde y pagó con una triple negación a su maestro, digna de su falsa seguridad y su orgullo: “Aunque todos te abandonarán, yo no…”.
Después de almorzar, le preguntó Jesús a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Él le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta a mis corderos”. Por segunda vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Él le contestó: “Sí señor, tú sabes que te quiero” Jesús le dijo: “Pastorea mis ovejas”. Por tercera vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Pedro se entristeció de que Jesús, por tercera vez le hubiera preguntado si lo quería y le contestó: “señor, tú lo sabes todo, tú bien sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas”.
Así, con tres confesiones de Simón Pedro, de que amaba a su maestro más que a los demás, quedaron cerradas y para siempre las tres horribles negaciones fruto de su cobardía.
José Rosario Ramírez M.
Involucrar al señor
Es usual que cuando se analiza, se discierne y/o se habla del ser humano con fines científicos, sociales, culturales, económicos, o con cualquier otro fin, suela hacerse distinguiendo, separando o desmenuzando, obviamente de forma virtual, sus dimensiones, como son la física o material, la sicológica y la espiritual. Sin embargo, la realidad es que el ser humano es un ente integral, formado por dichas dimensiones y para efectos prácticos, deberá verse y tomarse en cuenta siempre como tal.
Muchos caen en el error de creer y afirmarlo que, por ejemplo en ámbitos en los que la dimensión espiritual importa mucho, como el de la empresa y el de la política. “Dios no tiene nada que ver”, y, por lo tanto no hay que involucrarlo, y así es común conocer empresarios ‘muy cristianos’ y muy piadosos, que no toman en cuenta al Señor en el manejo, administración y relaciones humanas de sus empresas, y lo hacen de acuerdo a sus criterios personales o de acuerdo con las teorías que están en boga, y terminan por tener una empresa amorfa, que tal vez cumpla sus objetivos de obtener utilidades y otros más, descuidando otros más importantes, como el que ella sea humanizadora, que respete y promueva la dignidad humana entre sus miembros, etcétera”.
Y, ¡qué decir en el campo de la política! Para acabar pronto, la corrupción e impunidad que privan en nuestro país y en la mayoría de países en el mundo, se dan precisamente porque prácticamente —y lo hacen individuos que fueron bautizados y cristianos “no practicantes”— se ha expulsado a Dios y a sus mandamientos del ámbito político. Y no soóo eso, sino que se promulgan y promueven, muchas veces con engaños, acciones y leyes que contravienen descaradamente sus enseñanzas; por ejemplo: Él nos dice: “No codiciarás los bienes ajenos”, “no robarás”, y cada día aumentan los desfalcos, las malversaciones, los fraudes, etcétera, que afectan al erario público y quebrantan la salud de las finanzas, por lo que los gobiernos tienen que recurrir al endeudamiento para subsanarla, y la deuda y sus servicios se dispararan afectando primordialmente a la población más desprotegida y aumentan el desempleo, la pobreza, el hambre, etcétera.
De igual manera sucede desde el punto de vista, digamos, positivo, ya que en general no se tiene la fe y la confianza suficiente para involucrar al Señor en dichos ámbitos y otros más, pidiéndole su luz y su sabiduría para el manejo de sus empresas o para la toma de decisiones y la administración de las finanzas públicas, así como su ayuda en situaciones especiales de gran importancia.
El Evangelio de hoy narra un evento en el cual, clara y contundentemente nos enseña que, si hacemos partícipe al Señor en nuestro trabajo, empresa, y en todos los aspectos de nuestra vida, Él, junto con nuestro esfuerzo y trabajo, hará que todo sea productivo a cual más.
Francisco Javier Cruz Luna
Una oración
Dios todo poderoso y eterno que nos alegras con la victoria de tu santo mártir presbítero San David Uribe Velasco. Él anheló ser ungido con su sangre en defensa de la fe y de las almas redimidas por tu amor. Concédenos por su intercesión, vencer las dificultades que nos impiden caminar hacia Ti y cumplir fielmente tu divina voluntad. Por Jesucristo Nuestro Señor, Amén.
María Belén Sánchez, fsp
Simón Pedro los invito: “Voy a pescar”. Con él se fueron Santiago, Juan, Tomás, Bernabé y otros dos. Una mala noche, idas y vueltas, las redes por aquí y por allá… y nada. No es que hubieran olvidado el oficio, sino, sencillamente, que para ellos nada había caído.
Esa inútil velada, esos afanes infructuosos, estaban dispuestos como un anuncio, una advertencia, de que en su vida de apóstoles no confiarán en sus fuerzas, sino que en todo —y siempre— esperaran el auxilio de Dios.
Y así fue. Cuando el sol ya tendía sus primeros rayos sobre las ondas del lago, en la orilla se dejó ver la figura de Cristo resucitado.
De pronto, sólo vieron a un hombre, pero no lo reconocieron. Él les dijo: “Echen la red a la derecha de la barca.” Así lo hicieron, y al momento ya no podían recoger la red por tanto pescado que contenía.
Los 153 pescados, y grandes, fue el premio a su pronta obediencia.
En los más de 20 siglos del caminar del pueblo de Dios, la iglesia, los cristianos han experimentado profundas crisis, a veces personales y a veces colectivas. Las crisis, o tempestades del alma, son vientos huracanados que sacuden las almas y muchas veces hasta echan abajo arboles robustos, que crujen y ruedan por el suelo.
Nuestras crisis son el resultado de la flaqueza humana, de la pérdida de los valores morales y la complacencia con los intereses del mundo, del demonio y de la carne. El alma engañada, había creído encontrar la dicha en todo lo que le rodeaba. Fue engaño fatal.
Pedro, escogido para la alta misión de ser la cabeza del reino que dejaba Cristo en la tierra fue un hombre débil, cobarde y pagó con una triple negación a su maestro, digna de su falsa seguridad y su orgullo: “Aunque todos te abandonarán, yo no…”.
Después de almorzar, le preguntó Jesús a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Él le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta a mis corderos”. Por segunda vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Él le contestó: “Sí señor, tú sabes que te quiero” Jesús le dijo: “Pastorea mis ovejas”. Por tercera vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Pedro se entristeció de que Jesús, por tercera vez le hubiera preguntado si lo quería y le contestó: “señor, tú lo sabes todo, tú bien sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas”.
Así, con tres confesiones de Simón Pedro, de que amaba a su maestro más que a los demás, quedaron cerradas y para siempre las tres horribles negaciones fruto de su cobardía.
José Rosario Ramírez M.
Involucrar al señor
Es usual que cuando se analiza, se discierne y/o se habla del ser humano con fines científicos, sociales, culturales, económicos, o con cualquier otro fin, suela hacerse distinguiendo, separando o desmenuzando, obviamente de forma virtual, sus dimensiones, como son la física o material, la sicológica y la espiritual. Sin embargo, la realidad es que el ser humano es un ente integral, formado por dichas dimensiones y para efectos prácticos, deberá verse y tomarse en cuenta siempre como tal.
Muchos caen en el error de creer y afirmarlo que, por ejemplo en ámbitos en los que la dimensión espiritual importa mucho, como el de la empresa y el de la política. “Dios no tiene nada que ver”, y, por lo tanto no hay que involucrarlo, y así es común conocer empresarios ‘muy cristianos’ y muy piadosos, que no toman en cuenta al Señor en el manejo, administración y relaciones humanas de sus empresas, y lo hacen de acuerdo a sus criterios personales o de acuerdo con las teorías que están en boga, y terminan por tener una empresa amorfa, que tal vez cumpla sus objetivos de obtener utilidades y otros más, descuidando otros más importantes, como el que ella sea humanizadora, que respete y promueva la dignidad humana entre sus miembros, etcétera”.
Y, ¡qué decir en el campo de la política! Para acabar pronto, la corrupción e impunidad que privan en nuestro país y en la mayoría de países en el mundo, se dan precisamente porque prácticamente —y lo hacen individuos que fueron bautizados y cristianos “no practicantes”— se ha expulsado a Dios y a sus mandamientos del ámbito político. Y no soóo eso, sino que se promulgan y promueven, muchas veces con engaños, acciones y leyes que contravienen descaradamente sus enseñanzas; por ejemplo: Él nos dice: “No codiciarás los bienes ajenos”, “no robarás”, y cada día aumentan los desfalcos, las malversaciones, los fraudes, etcétera, que afectan al erario público y quebrantan la salud de las finanzas, por lo que los gobiernos tienen que recurrir al endeudamiento para subsanarla, y la deuda y sus servicios se dispararan afectando primordialmente a la población más desprotegida y aumentan el desempleo, la pobreza, el hambre, etcétera.
De igual manera sucede desde el punto de vista, digamos, positivo, ya que en general no se tiene la fe y la confianza suficiente para involucrar al Señor en dichos ámbitos y otros más, pidiéndole su luz y su sabiduría para el manejo de sus empresas o para la toma de decisiones y la administración de las finanzas públicas, así como su ayuda en situaciones especiales de gran importancia.
El Evangelio de hoy narra un evento en el cual, clara y contundentemente nos enseña que, si hacemos partícipe al Señor en nuestro trabajo, empresa, y en todos los aspectos de nuestra vida, Él, junto con nuestro esfuerzo y trabajo, hará que todo sea productivo a cual más.
Francisco Javier Cruz Luna
Una oración
Dios todo poderoso y eterno que nos alegras con la victoria de tu santo mártir presbítero San David Uribe Velasco. Él anheló ser ungido con su sangre en defensa de la fe y de las almas redimidas por tu amor. Concédenos por su intercesión, vencer las dificultades que nos impiden caminar hacia Ti y cumplir fielmente tu divina voluntad. Por Jesucristo Nuestro Señor, Amén.
María Belén Sánchez, fsp