Yo (también) acuso


Tal como lo hizo Emilio Zola en 1898 a favor del capitán Dreyfus en una carta abierta dirigida al presidente de Francia, M. Félix Faure que fue publicada en “L’Aurore”, ahora yo (también) acuso al gobernador del Estado de México por despreciar una obra de arte como las Torres de Satélite y faltarle al respeto a la población que circula por esos rumbos, a los que no les permitirá más disfrutarlas con el paso del segundo piso, así como al INBA, por no poder hacer una declaratoria provisional de las Torres como Monumento Nacional, con lo que se impediría la construcción, todo por ahorrarse 300 millones de pesos, conscientes de que no hay (mayor) problema si deprimen esa parte del paso para demostrar así su respeto a la gente para que disfrute del arte público monumental que bien se lo merece.

Pero no van a respetar la pureza de esa perspectiva y sólo van a seguir oscureciendo el entorno urbano que cada vez se parece más a la ciudad Gótica del “Caballero de la noche”. No se dan cuenta que, paradójicamente, si respetaran y cuidaran de esta obra de arte, ganarían puntos, pues la gente reconocería esa escala de valores y su respeto por las obras de arte —una actitud heroica por estas latitudes— y reconocerían el derecho que tenemos de disfrutar de una escultura monumental representativa del arte moderno mexicano.

Técnicamente, aunque no sin dificultades, se puede deprimir —como le dicen a los pasos subterráneos— en esa sección del segundo piso. De no hacerlo, prohibirían la visibilidad y el encanto de estas esculturas que son parte del acervo de la arquitectura emocional, diseñada por el único Premio Pritzker mexicano, el arquitecto Luis Barragán, en colaboración con Mathias Goeritz, en esa obra que ha sido un símbolo para el proyecto de Mario Pani, cuando ejemplificó en 1957, la modernidad urbana con la primera ciudad satélite del Distrito Federal.

La política irreverente de un gobernador que prohibirá a la gente que disfrute de una obra arte, con la desidia del INBA, demuestran esa actitud irreverente y poco civilizada, así como, la ausencia de esa visión que les permita evaluar lo que ganarían si, en lugar de evitar que se disfrute más de esta obra de arte, defendieran su valor y el propósito original y limpiaran el espacio de las cochinadas visuales que dañan a la obra hoy en día para que la gente lo disfrute como originalmente fue planeado, en lugar de inhibir y evitar que se produzca una emoción estética por unos cuantos segundos, mientras se pasa por ese rumbo. Si los deseos y suspiros del alma que se producen cuando vemos las torres esbeltas y delicadas, valieran un peso por cada esperanza que nos ofrecen, pronto se pagaría la diferencia para poder seguir disfrutando de ese arte que expresa emociones que trascienden a esos que desprecian la poesía en la vida y el instante fugaz, pero esperanzador, de las obras de arte.

MARTÍN CASILLAS DE ALBA / Escritor y cronista.
Correo electrónico: malba99@yahoo.com
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