Me sorprendió tristemente la noticia que leí el 24 de julio en la prensa.
“Nunca han leído un libro, uno de cada ocho mexicanos”.
No lo podía creer. Sé que se lee poco, por lo que tanto se repite, porque conozco a gente que no compra el periódico más que para envolver, que no sabe del libro más famoso, y si algo oye hablar de él, es como si le hablaran de la Luna, todavía lejana.
Nuestro actual Presidente ha tomado muy en serio la tarea de la lectura, le aplaudo y le deseo que triunfe en esta lucha, no sé si en las escuelas hacen leer en voz alta a los alumnos todos los días y explicar de qué se trata lo leído, es un buen ejercicio que hacíamos en mi colegio.
Verdaderamente hay libros aburridos, pero también los hay divertidísimos, y si un niño listo da con uno de ellos, seguro que se aficionará a leer, pero si no ve leer al papá y a la mamá, no le nacerán deseos de imitarlos en este bello y luminoso ejercicio.
Mi padre siempre estaba leyendo. El periódico lo recorría de pe a pa y además tenía algún libro en su mesilla de noche, y mi madre, si tenía tiempo, leía y en una libreta escribía alguna poesía que encontraba y le gustaba. Luego me la recitaba a mí.
Un año los Reyes Magos dejaron sobre mis zapatos “Las Mil y Una Noches”, “Los Viajes de Gulliver” y un montoncillo de cuentos de Calleja.
Pensando, pensando, me digo que fueron los mejores regalos de mi vida, sobre todo “Las Mil y Una Noches”. No quería llegar a última página y leía despacio. Desde entonces, como mi padre, tengo sobre mi mesa de noche uno o dos libros.
A veces sale en la prensa la cantidad de lectura que le corresponde a cada mexicano al año. ¡Qué barbaridad! No sé si hago bien o mal, pues yo leo más de 12 libros al año, y así mis hijas y mis mejores amigas. Siento como si con mi diaria lectura quitara libros a los que sólo leen medio.
Tales individuos se conforman con la televisión, fácil entretenimiento, cuya suma da menos de cero. Es el escaparate de la vulgaridad. Menos mal que muchos programas son en inglés y esos televidentes leerán los letreros de la traducción. La m con la a: ma. Practican si no se cuela alguna falta de ortografía o sintaxis. Y el lector se arriesga a mezclar su idioma con los vocablos de los artistas, creando un enredo que sólo él y los suyos entienden.
Hay libros para todos los gustos. La gente entra a las librerías para ver. ¿Qué ven si no compran ni leen? Hay librerías que cierran porque pierden en ese negocio. Sí, los libros están caros, muy caros, pero esos que entran en la cuenta del medio libro al año no los leen ni regalados.
Un día me encontré a un conocido que me dijo: “Acabo de leer su libro y me ha gustado mucho”.
Y yo pensé: “¡Qué bien, un comprador”. Pero él aclaró: “Me lo prestó doña Eufrosina”. “¡Oh! —dijo mi silencioso pensamiento—, yo se lo regalé a doña Eufrosina”. No importa, la historia del escritor es interesante. La historia del lector que sólo lee medio libro al año no es historia. En los países adelantados ¡cuánto leerán sus habitantes para estar a la cabeza del mundo!
GABRIEL PAZ / Escritora.
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