“¿Y la universidad, ´apá...?”

ENTRE VERAS Y BROMAS                

El más reciente episodio de la guerra verbal de las últimas semanas en torno a la defensa de los espacios de poder en la Universidad de Guadalajara, tuvo un desenlace anticlimático...

Es común que así suceda: que los espectadores que se reúnen en donde un conflicto que pasa de las acusaciones a los revires —todo, aún, en el terreno, relativamente incruento, de las palabras— y amenaza con degenerar en rompimientos e incluso en episodios de violencia física, resulten defraudados. (Como en la lucha libre, la mejor respuesta para los morbosos que vociferan “¡Quiero ver sangre!”, es el consejo clásico: “¡Vete al Rastro!”).

—II—

La guerra de desplegados, con las correspondientes réplicas, sacó a la luz rencores que los actores de la pugna tenían almacenados en el pecho.

También sirvieron los dimes y diretes que se volvieron cotidianos de un tiempo a esta parte, para hacer explícito lo que era tácito. Desde el momento en que la ropa sucia de la Universidad dejó de lavarse en casa —como ordena el decoro... y como aconseja la estrategia política— y pasó a lavarse en las fuentes públicas y a tenderse en las bancas de la plaza, se dijeron, a gritos, para que todo el vecindario se enterara, cosas que se sabían, sí..., pero que, por un especie de pacto social, todo mundo prefería callar. Una vez que se sucedieron las situaciones que alborotaron al avispero, ocurrió lo que consta en actas: que, en la cada vez más ríspida guerra de diatribas, con recriminaciones de todos los calibres, como diría Martí, “pocos salieron ilesos”.

—III—

Ayer, se supone, cuando se contaban las horas para que estallara, finalmente se desactivó la bomba...

Al margen de que se asienten los polvos que levantó este remolino verbal, lo más saludable sería que el mismo entusiasmo que tuvieron las legiones de “abajofirmantes” que desfilaron en los medios los protagonistas de la llamada “guerra de desplegados”, se canalice en lo sucesivo para que la Universidad de Guadalajara dé de qué hablar más por su calidad académica —se supone que esa es su función específica— que por el ardor con que las facciones en pugna defendieron sus cotos de poder. Amén.

JAIME GARCÍA ELÍAS / Periodista y conductor radiofónico.
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