En 1987, Michael Jackson sacó su célebre disco “Bad”, un año después los electores mexicanos acudimos a una cita política que cambió al país “for good”. Dos décadas han pasado, en ellas, Jacko “botó” su salud mental y física, mientras que nosotros los ciudadanos seguimos “votando” para la construcción democrática del país.
Aún los que este domingo 5 de julio anularon su voto, de acuerdo a lo que se ha explicado, partirían de la idea de que con esa forma de sufragio estuvieron manifestando un repudio para los partidos políticos existentes, pero no para la configuración de la democracia como espacio de convivencia nacional.
Es claro que el movimiento anulista es lo más destacado de esta campaña intermedia, por cuanto pone el dedo en la llaga de si en los últimos 20 años hemos logrado una verdadera democracia representativa, si los ciudadanos piensan o no que sus inquietudes son reflejadas en el juego político dentro del Poder Legislativo.
En el verano de 1988, la pregunta era otra más simple, ¿se contaban o no los votos? La respuesta fue un movimiento de presión social muy vigoroso que devino en reformas al sistema y de manera destacada la puesta en marcha del Instituto Federal Electoral (IFE).
Eventualmente el sistema se robusteció con el Tribunal Federal Electoral y los cuerpos estatales espejo de ambos.
Este fin de semana la gente se acercó de nuevo a las urnas. Muchos llegaron confundidos. La encuesta publicada al límite legal permitido por el periódico El Universal señaló que el número de indecisos cuatro días antes de la elección fue a la alza en lugar de disminuir. Es decir, las campañas partidistas, ninguna de ellas, convenció a los electores que no son su voto duro de que vale la pena su oferta política.
Más indecisos significa que la batalla del 5 de julio fue un enfrentamiento entre militantes movilizados, más que entre ciudadanos convencidos.
Para esos efectos el Partido Revolucionario Institucional (PRI) se pinta solo y afianzó a nivel de calle el triunfo que tal vez no fue tan categórico como hubiera deseado la dirigencia, pero sí tan contundente como el de las elecciones presidenciales de 1988, en las que Carlos Salinas de Gortari no pudo presumir los números apabullantes de sus predecesores, se impuso claramente con su 50 más uno.
En esta ocasión, y tras casi 12 años de haber perdido el control de la Cámara de Diputados, el PRI se perfila para recuperar la mayoría absoluta, pues mantiene la ventaja sobre sus contrincantes en 182 distritos y se proyecta para sumar 77 legisladores de representación proporcional para llegar a 259, ¡ocho más del nivel que requiere para ser la principal fuerza en San Lázaro!
Acción Nacional retrocedió, pero no tanto como el Partido de la Revolución Democrática (PRD), que habiendo sido segunda fuerza política durante los últimos tres años, nunca se sintió o se vivió como esto.
Los problemas de identidad, como lo demuestra fehacientemente la vida de Michael Jackson, acaban por ser funestos.
Para el PRD la búsqueda de una identidad de izquierda, “responsable” como dicen los chuchos, o “revolucionaria” como sostienen los lopezobradoristas, seguirá siendo un largo y tortuoso camino.
El pasado 6 de julio se presenció dentro del perredismo como una cita anunciada con sus propios fantasmas, son o no son. Mientras Jesús Ortega, el dirigente nacional del PRD, pedía la expulsión de todos aquellos que apoyaron otros proyectos y candidatos —haciendo alusión a López Obrador—, Dolores Padierna y Ricardo Ruiz, consejeros políticos nacionales del partido, exigieron que fuera el dirigente del Sol Azteca quien renunciara voluntariamente por la derrota que sufrió el revolucionario democrático. Dentro del partido la crisis se profundizó y la división interna también.
¿Pero qué decir del Partido Acción Nacional (PAN)? Siguió por la errónea vía de presumir al Presidente Calderón como figura central de su oferta política, cuando en el país no hay reelección y la debacle hondureña demuestra que intentar cambiar una Constitución para lograrla puede ser fatal. Frente a la estrepitosa derrota de Acción Nacional, su dirigente decidió renunciar. Germán Martínez aceptó todos y cada uno de los resultados electorales que el blanquiazul obtuvo. Fue “botado”.
Lo bueno de las elecciones es que terminan en su etapa más intensa a la que desde luego sigue la latente, aquélla que da para irse preparando para actuar o atestiguar el próximo episodio.
Para algunos éstas fueron, como quedó claro ya con el movimiento “anulista”, de construir el poder político partidista. Les quedan tres años enteros para lograrlo.
Para otros, principalmente para los que obtuvieron el domingo pasado un puesto de elección popular, inició la carrera hacia el siguiente peldaño de su carrera dentro o fuera del poder.
Para todos lo que resta es no olvidar qué tan frágil acaba siendo la vida, cómo se puede pasar con un latido de corazón de menos de ser el rey a ser nada. Podemos prepararnos para la gran gira, la gran elección, para que los espectadores o los ciudadanos nos refrenden su “voto” de aprecio y como es posible acabar “botado”, pero lo único que nadie, nadie puede eludir, el hecho de que polvo somos y en polvo nos convertiremos.
ROSSANA FUENTES BERAIN / Profesora e investigadora de la Universidad de Guadalajara.
Aún los que este domingo 5 de julio anularon su voto, de acuerdo a lo que se ha explicado, partirían de la idea de que con esa forma de sufragio estuvieron manifestando un repudio para los partidos políticos existentes, pero no para la configuración de la democracia como espacio de convivencia nacional.
Es claro que el movimiento anulista es lo más destacado de esta campaña intermedia, por cuanto pone el dedo en la llaga de si en los últimos 20 años hemos logrado una verdadera democracia representativa, si los ciudadanos piensan o no que sus inquietudes son reflejadas en el juego político dentro del Poder Legislativo.
En el verano de 1988, la pregunta era otra más simple, ¿se contaban o no los votos? La respuesta fue un movimiento de presión social muy vigoroso que devino en reformas al sistema y de manera destacada la puesta en marcha del Instituto Federal Electoral (IFE).
Eventualmente el sistema se robusteció con el Tribunal Federal Electoral y los cuerpos estatales espejo de ambos.
Este fin de semana la gente se acercó de nuevo a las urnas. Muchos llegaron confundidos. La encuesta publicada al límite legal permitido por el periódico El Universal señaló que el número de indecisos cuatro días antes de la elección fue a la alza en lugar de disminuir. Es decir, las campañas partidistas, ninguna de ellas, convenció a los electores que no son su voto duro de que vale la pena su oferta política.
Más indecisos significa que la batalla del 5 de julio fue un enfrentamiento entre militantes movilizados, más que entre ciudadanos convencidos.
Para esos efectos el Partido Revolucionario Institucional (PRI) se pinta solo y afianzó a nivel de calle el triunfo que tal vez no fue tan categórico como hubiera deseado la dirigencia, pero sí tan contundente como el de las elecciones presidenciales de 1988, en las que Carlos Salinas de Gortari no pudo presumir los números apabullantes de sus predecesores, se impuso claramente con su 50 más uno.
En esta ocasión, y tras casi 12 años de haber perdido el control de la Cámara de Diputados, el PRI se perfila para recuperar la mayoría absoluta, pues mantiene la ventaja sobre sus contrincantes en 182 distritos y se proyecta para sumar 77 legisladores de representación proporcional para llegar a 259, ¡ocho más del nivel que requiere para ser la principal fuerza en San Lázaro!
Acción Nacional retrocedió, pero no tanto como el Partido de la Revolución Democrática (PRD), que habiendo sido segunda fuerza política durante los últimos tres años, nunca se sintió o se vivió como esto.
Los problemas de identidad, como lo demuestra fehacientemente la vida de Michael Jackson, acaban por ser funestos.
Para el PRD la búsqueda de una identidad de izquierda, “responsable” como dicen los chuchos, o “revolucionaria” como sostienen los lopezobradoristas, seguirá siendo un largo y tortuoso camino.
El pasado 6 de julio se presenció dentro del perredismo como una cita anunciada con sus propios fantasmas, son o no son. Mientras Jesús Ortega, el dirigente nacional del PRD, pedía la expulsión de todos aquellos que apoyaron otros proyectos y candidatos —haciendo alusión a López Obrador—, Dolores Padierna y Ricardo Ruiz, consejeros políticos nacionales del partido, exigieron que fuera el dirigente del Sol Azteca quien renunciara voluntariamente por la derrota que sufrió el revolucionario democrático. Dentro del partido la crisis se profundizó y la división interna también.
¿Pero qué decir del Partido Acción Nacional (PAN)? Siguió por la errónea vía de presumir al Presidente Calderón como figura central de su oferta política, cuando en el país no hay reelección y la debacle hondureña demuestra que intentar cambiar una Constitución para lograrla puede ser fatal. Frente a la estrepitosa derrota de Acción Nacional, su dirigente decidió renunciar. Germán Martínez aceptó todos y cada uno de los resultados electorales que el blanquiazul obtuvo. Fue “botado”.
Lo bueno de las elecciones es que terminan en su etapa más intensa a la que desde luego sigue la latente, aquélla que da para irse preparando para actuar o atestiguar el próximo episodio.
Para algunos éstas fueron, como quedó claro ya con el movimiento “anulista”, de construir el poder político partidista. Les quedan tres años enteros para lograrlo.
Para otros, principalmente para los que obtuvieron el domingo pasado un puesto de elección popular, inició la carrera hacia el siguiente peldaño de su carrera dentro o fuera del poder.
Para todos lo que resta es no olvidar qué tan frágil acaba siendo la vida, cómo se puede pasar con un latido de corazón de menos de ser el rey a ser nada. Podemos prepararnos para la gran gira, la gran elección, para que los espectadores o los ciudadanos nos refrenden su “voto” de aprecio y como es posible acabar “botado”, pero lo único que nadie, nadie puede eludir, el hecho de que polvo somos y en polvo nos convertiremos.
ROSSANA FUENTES BERAIN / Profesora e investigadora de la Universidad de Guadalajara.