El abstencionismo es, debe ser, una preocupación y ocupación permanente de los organismos electorales y de los partidos políticos. El hecho de que los ciudadanos acudan a las casillas y crucen las boletas por los candidatos de su preferencia es un momento crucial en todo régimen democrático; tiene que ver con legitimidad y gobernabilidad, nada menos.
La participación ciudadana no termina ahí, pero sin el ejercicio de ese derecho, sin el cumplimiento de esa obligación, se originan fallas que dan lugar a conflictos que ponen en jaque a los sistemas de gobierno.
Los mexicanos hemos pasado por diferentes etapas con respecto a ir a votar o no, y mayores o menores niveles de votación se han atribuido a la apatía, el autoritarismo, irregularidades en los procesos, miedo, confianza y desconfianza, premio y castigo, el clima…
La afluencia de electores a las urnas es impredecible elección tras elección. Los índices de votación, en contraste con los del abstencionismo, son indicadores que se prestan a diversas interpretaciones, los eruditos se enfrascan en discusiones sesudas e interminables pero nada, hasta el momento, nos puede garantizar que los ciudadanos que conforman las listas nominales saldrán a votar en masa.
En julio de 2000, un Instituto Federal Electoral confiable y la perspectiva de que un candidato distinto al oficial ganara las elecciones, influyeron en que más ciudadanos de los que se esperaban acudieran a las urnas.
A diferencia del miedo en 1994, en 2000 la esperanza movió a las masas.
A ocho años de entonces y después de atestiguar la actuación y conducta de la clase política; después también del traumático proceso del año 2006 cuyas repercusiones no cesan, lo que prevalece ahora, con miras a las elecciones de 2009, aun cuando se trata de elecciones intermedias locales y federales, son dudas.
Mucha gente no sabe qué hacer, duda de la utilidad de su voto, desconfía de candidatos y partidos; ha sido testigo de cómo el poder transforma, para mal, a quienes lo detentan, y del cinismo y la desfachatez con que se toman decisiones contrarias a la voluntad de la mayoría; ha sido ignorada, desdeñada, ninguneada, burlada, engañada y entonces se pregunta, y con justa razón “¿qué es mejor? ¿votar o no votar?”.
Es difícil, pero la respuesta está en cada uno de los electores y nos toca desde ya, tomar decisiones al respecto, actuar. No podemos ni debemos perderles pisada a los que pretenden brincar de un puesto a otro. El poder, nosotros, como electores, lo damos y lo quitamos. El tiempo pasa volando y la disyuntiva estará frente a nosotros, ojalá no antes de que nos demos cuenta.
LAURA CASTRO GOLARTE / Periodista.
Correo electrónico: lauracastro05@gmail.com
La participación ciudadana no termina ahí, pero sin el ejercicio de ese derecho, sin el cumplimiento de esa obligación, se originan fallas que dan lugar a conflictos que ponen en jaque a los sistemas de gobierno.
Los mexicanos hemos pasado por diferentes etapas con respecto a ir a votar o no, y mayores o menores niveles de votación se han atribuido a la apatía, el autoritarismo, irregularidades en los procesos, miedo, confianza y desconfianza, premio y castigo, el clima…
La afluencia de electores a las urnas es impredecible elección tras elección. Los índices de votación, en contraste con los del abstencionismo, son indicadores que se prestan a diversas interpretaciones, los eruditos se enfrascan en discusiones sesudas e interminables pero nada, hasta el momento, nos puede garantizar que los ciudadanos que conforman las listas nominales saldrán a votar en masa.
En julio de 2000, un Instituto Federal Electoral confiable y la perspectiva de que un candidato distinto al oficial ganara las elecciones, influyeron en que más ciudadanos de los que se esperaban acudieran a las urnas.
A diferencia del miedo en 1994, en 2000 la esperanza movió a las masas.
A ocho años de entonces y después de atestiguar la actuación y conducta de la clase política; después también del traumático proceso del año 2006 cuyas repercusiones no cesan, lo que prevalece ahora, con miras a las elecciones de 2009, aun cuando se trata de elecciones intermedias locales y federales, son dudas.
Mucha gente no sabe qué hacer, duda de la utilidad de su voto, desconfía de candidatos y partidos; ha sido testigo de cómo el poder transforma, para mal, a quienes lo detentan, y del cinismo y la desfachatez con que se toman decisiones contrarias a la voluntad de la mayoría; ha sido ignorada, desdeñada, ninguneada, burlada, engañada y entonces se pregunta, y con justa razón “¿qué es mejor? ¿votar o no votar?”.
Es difícil, pero la respuesta está en cada uno de los electores y nos toca desde ya, tomar decisiones al respecto, actuar. No podemos ni debemos perderles pisada a los que pretenden brincar de un puesto a otro. El poder, nosotros, como electores, lo damos y lo quitamos. El tiempo pasa volando y la disyuntiva estará frente a nosotros, ojalá no antes de que nos demos cuenta.
LAURA CASTRO GOLARTE / Periodista.
Correo electrónico: lauracastro05@gmail.com