La migración es un fenómeno casi genético. Pueblos enteros llegan a migrar y a cambio crear nuevas regiones de reto y oportunidad. Estados Unidos es el ejemplo más reciente, y en el Cono Sur se da también, en Argentina y Chile principalmente, sin ser exclusivo. Nuestro territorio fue objetivo de pueblos nómadas que posteriormente se asentaron en zonas hospitalarias dando origen a tribus posteriormente conquistadas y en cierto modo convencidas de bondades coloniales, precursoras de la nacionalidad.
De emigrantes
La globalización tiene la virtud de romper con lo que muchos llaman atavismos regionales, y quizá estemos cercanos a la denominada Aldea Global. Es un hecho incuestionable, la migración es promovida por el intercambio de información y propiciada por los transportes. Empresarios prósperos, estudiantes destacados, delincuentes o hasta miserables tienen el denominador común de buscar en el aliento de otras tierras lo que en la propia no encontraron.
En ese mosaico de migrantes, los empresarios tienen hoy la justificación de evadir riesgos, consecuencia de su capacidad económica que los convierte en objetivos de la delincuencia y prefieren poner espacio de por medio en pos de tranquilidad. Quienes tienen juventud y la capacidad intelectual ven en el extranjero mejores oportunidades para su desarrollo y no dudan en usar juventud y talento en la aventura. Los delincuentes no reparan en la posibilidad de crearse una personalidad respetable bajo una nueva identidad que les abra diferentes opciones a sus descendientes. Y quienes poco o nada tienen por perder, excepto la vida que poco les vale aunque sea su principal activo, son los miserables que agobiados por la incertidumbre, arriesgan todo por casi nada.
Es cruel reconocerlo por ser tierra bondadosa la que nos ha tocado el privilegio de ocupar como mexicanos, a partir del clima natural y las riquezas cuya cuantía rebasa por mucho la de otras latitudes. Sin embargo, quizá esa misma prodigalidad nos impide ver 10 mil kilómetros de litoral, flora y fauna variada, cultura milenaria y tanto más que nos hace indiferentes y ajenos a carencias de otros con menos privilegios en el mundo.
Complicidades, simulación, corrupción son taras coadyuvantes al populismo clientelar, usufructuario de la ignorancia, que periódicamente aparece a lo largo de la historia sin cuajar el liderazgo que muchos han deseado y pocos han podido construir. Ahora mismo nos devora la ignorancia, preludio de la delincuencia, convertida ésta en el flagelo de la paz con libertad y armonía que dan vida y razón a la sociedad.
Dilapidamos con desenfado los bienes y se aproxima el desencuentro que da forma al desorden y quién sabe cuánto más. Las instituciones están debilitadas y los gérmenes de la inquietud externa penetran en nuestra población; población que integramos: Gobierno, población e instituciones para dirigirnos hacia el desarrollo teórico.
Dios nos guarde de la discordia.
CARLOS CORTÉS VÁZQUEZ / Consultor en comunicación.
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