Los debates en el Senado de la República acerca de la reforma petrolera —que no es reforma energética— son juegos de poder político entre los partidos, sin convicción y con mucha conveniencia protagónica. Su visión es clara y específica hacia las elecciones intermedias de 500 diputados en 2009.
Arrebatos sin arbitrio
Protagonismo y uno que otro golpe bajo abre el espectáculo como el dado a Santiago Creel, por merecido y tardío que parezca, no justifican el deprimente espectáculo y para complementarlo aflora la incompetencia por parte del gabinete presidencial que no acierta a privilegiar los energéticos, los cultivos transgénicos o la inflación de manera que pueda plantearse solución a problemas que nos alcanzan inexorablemente.
La pasarela es interminable con expresiones que rayan en lo ridículo, soslayando la importancia de quedarnos sin petróleo en siete años, con la misma o mayor indiferencia que ya nos convirtió en importadores de gasolina por este año subsidiada; lo que significa su potencial aumento de precio para el año próximo. Esto es: inflación.
En cuanto al déficit en producción de alimentos, concretamente en granos básicos como maíz y frijol, el panorama es aún más agobiante y sensible para los sectores de población con menor poder adquisitivo. Esto es claro y contundente por el rezago en infraestructura y la ineficiencia diplomática para negociar cultivos como el tomate.
Ríos de tinta, toneladas de papel, miles de horas en el espacio electrónico se han gastado, que no invertido, en la estéril discusión hacia el vacío de violar o valorar la importancia de actualizar con modificaciones a la Constitución General de la República que dentro de nueve años cumplirá su primer centenario.
La confusión creada reproduce circunstancias similares con el Centenario de la Revolución y Bicentenario de la Independencia. Liberales y conservadores, izquierdistas y derechistas alimentan inquietudes parlamentarias desgastantes, sobre todo del tiempo aprovechado por otras naciones para extraer el petróleo, conducirlo y procesar los energéticos que después compramos para el consumo nuestro de cada día.
La miopía y simultánea ambición reflejan la inconsistencia del sistema político y sus actores en quienes aún no penetra el concepto de costo y tiempo acelerado con que se vive en el nuevo milenio. Ironía es la palabra ininteligible para los legisladores, 500 hombres y mujeres aturdidos por el mismo ruido de hace 100 y 200 años, quienes no comprenden la gravedad de las circunstancias donde se conjuga el verbo “perder” en todos tiempos y formas. Igual que entonces, con el rezago como mal menor conducente a la intolerancia de estómagos vacíos. Por ahora sólo son productos y servicios objetivos de inflación, pero la desesperación es mala consejera.
Dios nos guarde de la discordia.
CARLOS CORTÉS VÁZQUEZ / Consultor en comunicación.
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