Me gusta recordar la boda de Rosalía y José, porque fue una fiesta estupenda y porque luego me pierdo en los vericuetos inesperados que fueron sus vidas.
En aquellos días los jóvenes eran muy gentiles con las señoritas y no se tomaban libertades. Algunas parejas al principio usaban el “usted”, y el “tú” llegaba pasada la semana, con el primer beso.
José acabó la carrera de medicina y Rosalía se hacía toda su ropa porque le gustaba coser, tenía buen gusto y se hacía unos vestidos primorosos. Aquellos dos eran de ver, guapos. Y el día de su boda parecían muñecos de pastel.
Fueron felices. Él empezó a adquirir fama de buen galeno y, en el centro más elegante de la ciudad, abrió un consultorio y empleó a una enfermera feucha, Telésfora; y a una recepcionista-secretaria guapísima, aunque con faltas de ortografía y cierta ignorancia de la aritmética, se llamaba Bubú, nombre moderno.
Rosalía y José continuaban como en la luna de miel. Habían tenido dos hijos: niña Rosa y niño Pepe. Estudiosos. Él sobre todo, que se pasaba las noches mirando las estrellas como si llevara la contabilidad estelar y temiera que le faltara algún cuerpo celeste. Se fabricó un telescopio especial con el que captaba el rumbo de las luces que habían perdido las estrellas apagadas y que llegaban a la Tierra. Su afán era aprovechar esa luz como energía limpia que paraba en nuestro planeta y limpiar todo el aire de contaminación. Por este arduo camino tuvo la suerte de inventar y aplicar infinidad de cosas limpias y prácticas y su nombre empezó a conocerse en todo el mundo: el sabio Pepe López. Además se hizo rico.
Rosa estudiaba gastronomía, era muy golosa, pero delgada y la mejor vestida de la Universidad, porque su madre le hacía bellísimos vestidos.
Los vecinos de enfrente se mudaron y aparecieron unos inquilinos nuevos y acaudalados: papá, mamá y un hijo, Luis, guapo muchacho que reprobaba cada curso dos o tres materias. Quería ser arquitecto de catedrales modernas. Un día Rosa y Luis se encontraron. “Buenos días”... “Buenos”. Y así empezó una amistad y luego un noviazgo.
El sabio Pepe López tenía registradas cada día en sus archivos más estrellas. Algunas noches salía con sus amigos y regresaba tarde. “Es natural en un muchacho”, se decía la madre.
Rosa, una noche no fue a dormir a la casa, sino a un hotelito con el vecino Luis. “No es normal en una señorita decente”, pensó doña Rosalía, y le armó una bronca que perjudicó las relaciones entre madre e hija.
Por aquel entonces Bubú se sintió mal en su cuchitril de recepcionista.
- Me duele el estómago, doctor José López.
- A ver. Te examinaré.
Estaba delante, como siempre en las consultas, la enfermera Telésfora. Y el doctor le pidió que se saliera, que no la necesitaba. Y esto era porque al ver semidesnuda a Bubú el médico sintió algo inesperado en su hombría que le obligó a palpar el estómago, intestinos y mucho más de Bubú. Estaba estupenda.
—Tómate estas pastillas y mañana te reconoceré de nuevo —y le entregó unas cajitas de muestras, de ésas que regalan a los doctores los agentes de los laboratorios.
La familia Rosalía-José cambió. La mamá estaba muchas noches sola: el marido con la recepcionista; la hija con el vecino y el hijo con las estrellas y los amigos.
Grande fue el día del mes de mayo, florido y luminoso, en el que recibieron una carta de Estocolmo. A los señores del Premio Nobel les sobraba dinero y habían ideado el de Astronomía del Futuro. Y el ganador era el sabio Pepe López. Grandes alharacas en el mundo.
Al poco rato llegó Rosa con una recién nacida en brazos.
- Te la regalo, mamá. Es mía y de Luis. Pero él se ha ido lejos, creo que a Tumbuzto o algo parecido y algún día volverá.
Casi al mismo tiempo doña Rosalía se enteró de que su marido había cerrado el consultorio y con Bubú y un niñito de ambos se habían ido a uno de esos nuevos países asiáticos cuyo nombre es impronunciable y yo no hallo en el atlas de mi colegio.
—¡Oh! —exclamó doña Rosalía a punto de sufrir un desmayo. Pero su hijo, el Premio Nobel, le anunció rápidamente:
—Mamá, y voy a casarme.
—Preséntame a la novia, pidió doña Rosalía reponiéndose.
—Es novio, mamá.
No sabía doña Rosalía en qué mundo estaba. En éste. Reaccionó.
Pidió prestado al hijo el dinero del Premio Nobel y abrió una casa de modas que se hizo famosa. Le dio un nombre italiano o algo así, “Rossilopín”. Ganó millones. Hasta las diputadas de Andorra le encargan vestidos.
Recuerdo la boda de Rosalía y José y voy a parar a los millones de Rosalía hechos con la casa famosa “Rossilopín”.
GABRIEL PAZ / Escritora.