Tiempo del campo


El impacto que tendrá en México la revaloración de los alimentos, especialmente los granos, como los combustibles, será mucho mayor de lo que muchos esperan. Vale la pena repasar tres aspectos que explican esta realidad: En primer lugar porque no se trata de un fenómeno transitorio, sino de un cambio estructural de la economía global; esto significa que las medidas para enfrentar el desafío deben enfocarse desde una visión estratégica de largo plazo. Es muy poco probable que los precios del maíz o del petróleo vuelvan a los niveles de hace dos o tres años, porque existe una creciente demanda y la oferta es cada vez más limitada. Las medidas que hemos conocido hasta ahora por parte de las autoridades están enfocadas al corto plazo, son medidas un tanto populistas que nada tienen que ver con un enfoque estructural, por lo que son simplemente acciones reactivas, y por tanto llenas de fragilidad.

En segundo lugar, el comportamiento errático de los precios al alza será una constante mientras no se reconvierta la demanda de alimentos de los países emergentes como India y China, y se reestructure la economía para usar nuevas formas de energía de forma masiva. Esto implica un cambio en la forma de vida en las sociedades más industrializadas, sobre todo en los Estados Unidos, en donde se aproxima una verdadera revolución en la forma de consumo de energía y alimentación que seguramente veremos evolucionar en los próximos años. Aquí se elude el tema de ajustar los precios de los combustibles, lo que nos aleja de los fundamentos de lo que será esta revolución; la decisión de colocarnos en el frente o al final puede ser catastrófica para la economía, puesto que podemos convertirnos en consumidores de tecnologías sucias.

Finalmente, el tercer aspecto relevante es el componente social que supone que amplias capas de la población en México tendrán más dificultad para alimentarse, debido al incremento en los precios, con las consecuencias políticas que esto implica; en este sentido parecen estar encaminados todos los esfuerzos en nuestro país, en donde las medidas tomadas que combinan subsidios con control de precios temporal, son verdaderos parches que tienen intención de efecto inmediato más que soluciones de fondo.

La respuesta al reto estructural al que nos enfrentamos es una política nueva, integral, para el campo mexicano que tiene décadas en el abandono, porque no se le considera estratégico en el desarrollo nacional. Es el momento de trabajar con los productores con un horizonte de largo aliento, porque ahora la energía y los alimentos han combinado su camino de desarrollo y requieren que las sociedades coloquen a la producción agropecuaria en un papel protagónico. Nuestro campo refleja un contraste inaceptable entre productividad en el Norte y miseria en el Sur, entre uso de tecnología y producción rudimentaria, entre acceso a insumos y abandono general.

México importa una gran cantidad de alimentos: leche, somos el principal importador en el mundo, y sin embrago, ahora tenemos exceso de producción en Los Altos de Jalisco, que no puede procesarse; importamos maíz, casi toda la soya que consumimos, y si bien exportamos hortalizas y otros productos, carecemos de una estrategia de desarrollo agropecuario. Es la hora del campo y las autoridades deben responder aquí y ahora.

LUIS SALOMÓN / Doctor en Derecho.
Correo electrónico: lsalomon@iberlinks.com.mx
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