Trigo sin paja Mientras el presidente Bush, enredado en los vericuetos del fracaso, ganaba enemigos y perdía simpatías y credibilidad, China se adelantaba a la posición de éxito que hoy resulta evidente. China se abrió al mundo, pero se cerró a la democracia, creando un modelo de desarrollo rápido que podemos llamar “capitalismo arbitrario”. El autoritarismo chino se engalanó con las Olimpiadas venciendo cotidianamente a los Estados Unidos, proponiendo tácitamente al mundo una vía veloz, eficaz y tentadora hacia el desarrollo: el avance capitalista sin las molestias de la democracia, y la rapidez de la expansión sin las demoras de la libertad. ¿A cuántos países en desarrollo no les resulta tentadora —irresistible— esta fórmula? Surge entonces —no lo deseo, pero lo temo— la tentación totalitaria. ¿Acaso la historia reciente no tiene algunos ejemplos?
No es ocioso imaginar que el Señor haya tenido pena por Adán y Eva. ¡Cuán rigurosamente los había castigado! Cierto es que lo desobedecieron. Pero ¿acaso lo hicieron por maldad? Todo les tocó estrenar, hasta el pecado. Pero por otra parte ¿no había puesto el mismo Dios aquel funesto árbol del Bien y del Mal? Si creó la ocasión, ¿era de extrañar que el hombre y la mujer hubiesen caído en la tentación?
La Iglesia Católica inventó el infierno y también al diablo. Pero el Antiguo Testamento no hace mención de la perpetua e incandescente parrilla, ni aparece en sus páginas el monstruo que huele a azufre y usa tridente. La Iglesia desde siempre se ha preguntado ¿qué será de la recompensa sin el castigo? ¿Qué será de la obediencia sin el miedo? ¿Qué será de Dios sin el diablo? ¿Qué será del bien sin el mal? La Iglesia ha comprobado que la amenaza del infierno es más eficaz que la promesa del Cielo, y desde entonces sus doctores y santos padres nos aterrorizan anunciándonos el suplicio del fuego eterno en los abismos de Luzbel. En el año 2007, el Papa Benedicto XVI lo confirmó: “Hay infierno, y es eterno...” (O le consta, o es vidente).
Lo hemos constatado por su nivel cultural, por su frivolidad, su ignorancia, por su prepotencia. La mayoría de los ricos, de los pudientes, de los potentados, no son más que pobres con dinero.
Forman legión los escépticos y desesperanzados que poco o nada esperan de la vida, que a nadie aman y que no dejan que alguien les ame. Por su egoísmo viven solos rumiando su amargura, y mueren solos también, porque la soledad es el único fruto que el árbol del egoísmo da. Cuando emprenden el viaje ineludible, sus tumbas grises cubiertas de polvo evidencian abandono y olvido. La muerte es aún más triste cuando aquel que murió no tuvo vida.
La fe no necesita razones, se tropieza con ellas.
Muchos personajes de nuestro medio político tuvieron que ser extraídos del formol y orearlos, para después de las truculencias de sus partidos, ser presentados como candidatos.
FLAVIO ROMERO DE VELASCO
Licenciado en Derecho y en Filosofía y Letras.
Correo electrónico: r_develasco22@hotmail.com
No es ocioso imaginar que el Señor haya tenido pena por Adán y Eva. ¡Cuán rigurosamente los había castigado! Cierto es que lo desobedecieron. Pero ¿acaso lo hicieron por maldad? Todo les tocó estrenar, hasta el pecado. Pero por otra parte ¿no había puesto el mismo Dios aquel funesto árbol del Bien y del Mal? Si creó la ocasión, ¿era de extrañar que el hombre y la mujer hubiesen caído en la tentación?
La Iglesia Católica inventó el infierno y también al diablo. Pero el Antiguo Testamento no hace mención de la perpetua e incandescente parrilla, ni aparece en sus páginas el monstruo que huele a azufre y usa tridente. La Iglesia desde siempre se ha preguntado ¿qué será de la recompensa sin el castigo? ¿Qué será de la obediencia sin el miedo? ¿Qué será de Dios sin el diablo? ¿Qué será del bien sin el mal? La Iglesia ha comprobado que la amenaza del infierno es más eficaz que la promesa del Cielo, y desde entonces sus doctores y santos padres nos aterrorizan anunciándonos el suplicio del fuego eterno en los abismos de Luzbel. En el año 2007, el Papa Benedicto XVI lo confirmó: “Hay infierno, y es eterno...” (O le consta, o es vidente).
Lo hemos constatado por su nivel cultural, por su frivolidad, su ignorancia, por su prepotencia. La mayoría de los ricos, de los pudientes, de los potentados, no son más que pobres con dinero.
Forman legión los escépticos y desesperanzados que poco o nada esperan de la vida, que a nadie aman y que no dejan que alguien les ame. Por su egoísmo viven solos rumiando su amargura, y mueren solos también, porque la soledad es el único fruto que el árbol del egoísmo da. Cuando emprenden el viaje ineludible, sus tumbas grises cubiertas de polvo evidencian abandono y olvido. La muerte es aún más triste cuando aquel que murió no tuvo vida.
La fe no necesita razones, se tropieza con ellas.
Muchos personajes de nuestro medio político tuvieron que ser extraídos del formol y orearlos, para después de las truculencias de sus partidos, ser presentados como candidatos.
FLAVIO ROMERO DE VELASCO
Licenciado en Derecho y en Filosofía y Letras.
Correo electrónico: r_develasco22@hotmail.com