Trigo sin paja
La “Cristiada” fue una guerra como todas las guerras: implacable, feroz; fue una contienda entre dos fanatismos irreconciliables: el clerical y el anticlerical; ninguno pedía ni daba cuartel. Después de años, el Episcopado y el enviado del Vaticano firmaron con el presidente Portes Gil una paz inestable, prendida con alfileres, por la pasión de los vencidos y el empecinamiento de los vencedores. De los rescoldos de la lucha quedaron brasas prendidas. Hubo dos cristiadas: la primera tuvo una dirección definida con los generales Gorostieta y Degollado que comandaron los ejércitos regionales del Norte y del Sur. La llamada “segunda cristiada” fue un levantamiento organizado por partidas de cristeros que no aceptaron los acuerdos entre la Iglesia y el Gobierno, y que no eran sino simples bandoleros, delincuentes del orden común, escapados de las prisiones de Jalisco, Guanajuato, Aguascalientes, Zacatecas y Durango, que al grito de “Viva Cristo Rey”, asaltaban, violaban, secuestraban y robaban. Los hacendados fina
nciaron a estos supuestos cristeros para que combatieran a los agraristas, y de paso a la educación laica, desorejando a cientos de maestros rurales. En esta guerra civil, ambas partes cometieron innúmeros excesos, dado que en la furia y el odio no hubo lugar para la compasión o para la mesura. Ojalá que en la proyectada Iglesia de los Mártires no se le vaya a rendir culto a uno que otro desorejador de maestros.
A sus veintitantos años, los vigilantes de la moral pública, los Oficiales de la Noche, aprehendieron a Leonardo en el taller del maestro Verrocchio y lo arrojaron a una celda. Dos meses estuvo allí aterrorizado por la amenaza de la hoguera. La homosexualidad se pagaba con fuego, y una denuncia anónima lo había acusado de cometer sodomía en la persona de Jacopo Saltrelli. Por falta de pruebas fue absuelto y volvió a la vida a pintar sus obras maestras, casi todas inconclusas, que en la historia del arte inauguraron el esfumado y el claroscuro. Escribió fábulas, leyendas y recetas de cocina; dibujó a la perfección el cuerpo humano, estudiando anatomía en los cadáveres; confirmó que el mundo giraba; inventó el helicóptero, el avión, la bicicleta, el submarino, el paracaídas, la ametralladora, la granada, el mortero, el tanque, la grúa móvil, la excavadora flotante, la máquina de hacer espaguetis, el rallador de pan... y los domingos compraba pájaros en el mercado y les abría las jaulas. Quienes lo conocieron di
jeron que jamás abrazó a una mujer, pero de su prodigiosa mano nació el retrato más famoso de todos los tiempos. Y fue un retrato de mujer, la esposa de Francesco del Giocondo.
Mi biblioteca es el templo donde leo y oigo música para recobrar mi orden interno, mi sintaxis personal. En ella entiendo y comprendo que toda la belleza del mundo está en las correspondencias del ser consigo mismo y con todo lo demás. En ella guardo los libros que he acumulado a lo largo de muchos años, y que hoy releo con la misma unción con la que un avaro cuenta su oro.
FLAVIO ROMERO DE VELASCO / Licenciado en Derecho y en Filosofía y Letras.
Correo electrónico: r_develasco22@hotmail.com
La “Cristiada” fue una guerra como todas las guerras: implacable, feroz; fue una contienda entre dos fanatismos irreconciliables: el clerical y el anticlerical; ninguno pedía ni daba cuartel. Después de años, el Episcopado y el enviado del Vaticano firmaron con el presidente Portes Gil una paz inestable, prendida con alfileres, por la pasión de los vencidos y el empecinamiento de los vencedores. De los rescoldos de la lucha quedaron brasas prendidas. Hubo dos cristiadas: la primera tuvo una dirección definida con los generales Gorostieta y Degollado que comandaron los ejércitos regionales del Norte y del Sur. La llamada “segunda cristiada” fue un levantamiento organizado por partidas de cristeros que no aceptaron los acuerdos entre la Iglesia y el Gobierno, y que no eran sino simples bandoleros, delincuentes del orden común, escapados de las prisiones de Jalisco, Guanajuato, Aguascalientes, Zacatecas y Durango, que al grito de “Viva Cristo Rey”, asaltaban, violaban, secuestraban y robaban. Los hacendados fina
nciaron a estos supuestos cristeros para que combatieran a los agraristas, y de paso a la educación laica, desorejando a cientos de maestros rurales. En esta guerra civil, ambas partes cometieron innúmeros excesos, dado que en la furia y el odio no hubo lugar para la compasión o para la mesura. Ojalá que en la proyectada Iglesia de los Mártires no se le vaya a rendir culto a uno que otro desorejador de maestros.
A sus veintitantos años, los vigilantes de la moral pública, los Oficiales de la Noche, aprehendieron a Leonardo en el taller del maestro Verrocchio y lo arrojaron a una celda. Dos meses estuvo allí aterrorizado por la amenaza de la hoguera. La homosexualidad se pagaba con fuego, y una denuncia anónima lo había acusado de cometer sodomía en la persona de Jacopo Saltrelli. Por falta de pruebas fue absuelto y volvió a la vida a pintar sus obras maestras, casi todas inconclusas, que en la historia del arte inauguraron el esfumado y el claroscuro. Escribió fábulas, leyendas y recetas de cocina; dibujó a la perfección el cuerpo humano, estudiando anatomía en los cadáveres; confirmó que el mundo giraba; inventó el helicóptero, el avión, la bicicleta, el submarino, el paracaídas, la ametralladora, la granada, el mortero, el tanque, la grúa móvil, la excavadora flotante, la máquina de hacer espaguetis, el rallador de pan... y los domingos compraba pájaros en el mercado y les abría las jaulas. Quienes lo conocieron di
jeron que jamás abrazó a una mujer, pero de su prodigiosa mano nació el retrato más famoso de todos los tiempos. Y fue un retrato de mujer, la esposa de Francesco del Giocondo.
Mi biblioteca es el templo donde leo y oigo música para recobrar mi orden interno, mi sintaxis personal. En ella entiendo y comprendo que toda la belleza del mundo está en las correspondencias del ser consigo mismo y con todo lo demás. En ella guardo los libros que he acumulado a lo largo de muchos años, y que hoy releo con la misma unción con la que un avaro cuenta su oro.
FLAVIO ROMERO DE VELASCO / Licenciado en Derecho y en Filosofía y Letras.
Correo electrónico: r_develasco22@hotmail.com