Trigo sin paja
El término de un año como final de un ciclo, nos entrega una lista de personajes ganadores. Habría que colocar entre los ganadores a un biólogo inglés muerto hace 126 años, Charles Darwin, padre de la teoría evolucionista de la selección natural de las especies. Fue uno de los pensadores más revolucionarios de todos los tiempos, que, aún muerto, sigue venciendo a sus críticos. De entre las persuasiones laicas que nos heredó el siglo XIX, destacan el psicoanálisis y la teoría de la selección natural; son las más vivas de todas en los albores del siglo XXI. Si buscásemos la idea de que las especies fueron proyectadas por un Creador sabio, sería en los cursos de religión y no en la asignatura de biología. Ningún científico serio duda que la evolución es un hecho incontrovertible, a pesar de que la religión tajantemente lo niegue.
En todas las democracias se padecen multitudes domesticadas, que a falta de convicciones, simplemente quedan reducidas a desgañitarse a corear frases preconcebidas por sus líderes para todos los eventos: “... el pueblo unido jamás será vencido”, “... sí se puede”, “duro, duro”.
Contra la cultura del “yo” debe vivir la cultura del “nosotros”; contra la cultura del no puedo, la cultura del intentar; contra la de la discriminación, la cultura de la integración; de la gula por la moderación; de la del protagonismo por la discreción; de la impaciencia por la de la perseverancia; de la perfeccionista por la de lo simple; por la del abolengo, la modestia; por la de lo lógico, la de la intuición, y por la del lucro, la generosidad.
La corrupción ya no es monopolio de 70 años del mismo partido en el poder. Ahora es un vicio compartido por todos los partidos políticos.
Palabras del poeta: “... y cuando pensé que nuestro amor se había acabado, removí las brasas... y me quemé las manos”.
Las pasiones más felices son las que siempre se postergan, las que conservan toda la vida la ilusión de su eventual consumación; consumación que desde siempre ha sido el destino trivial de todos los romances y encuentros amorosos. Por eso Shakespeare, a la intensa pasión de Romeo y Julieta, la congeló oportunamente con la muerte para preservarla al margen del destino y fin de las pasiones comunes.
La inmensidad de la creación en la que alentamos y vivimos, no la advertimos nunca por estar inmersos en lo nuestro, en lo circunstancial. Si viéramos los seres y las cosas con el recogimiento con que se mira lo sagrado, nuestra existencia tendría insospechadas dimensiones interiores y expectativas que no se alcanzan a advertir en los estrechos límites de lo cotidiano.
FLAVIO ROMERO DE VELASCO / Licenciado en Derecho y en Filosofía y Letras.
Correo electrónico: r_develasco22@hotmail.com